Dialogando en el Café Salambó

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martes, 12 de julio de 2016

Dos perlas de Juan José Millás

Últimamente he estado revisitando a Millás y entre las muchas perlas, pequeñas joyas dentro de sus maravillosos articuentos, rescato estas dos, ambas dentro del mismo texto, "La contrición me mata".
Comparto la reflexión, muy personal, que se esconde como uno de sus fantasmas detrás de ellas:

(...) Y no hay nada que canse tanto como no escribir. Si pasas muchas horas no escribiendo, luego tampoco puedes escribir porque estás hecho polvo. (...)


(...) Por lo general, los críticos sólo ven lo que escribes y te juzgan por ello; si vieran lo que no escribes, tendrían mejor opinión de ti: lo que no escribes es genial. (...)

Y aunque ambas puedan parecer contradictorias entre sí, en el fondo se retroalimentan, y forman parte de la misma idea: el estigma inagotable de crear una obra eternamente inacabada.

miércoles, 6 de julio de 2016

Reseña en la Revista de Letras digital.

http://revistadeletras.net/rodriguez-hidalgo-la-ultima-vuelta-del-perro/

domingo, 3 de julio de 2016

Maravilloso elogio de la literatura de Enrique Vila-Matas.


Este fragmento de Marienbad eléctrico, no les digo las páginas para que tropiecen con ellas y disfruten del recorrido, es una declaración de principios, y de amor. Todo está en la literatura, la vida es literatura, y los que tenemos su virus en las venas no necesitamos vacuna. Tan solo encerrarnos en ella e intentar la ímproba hazaña de hacer oídos sordos al ruido, un ruido que es todo lo demás, lo que nos despista de ese diálogo íntimo con la palabra. Leer y dialogar en otros autores y personajes, leer nuestra lectura, leernos a nosotros mismos y a veces, incluso escribir, escribirlo y escribirnos. Una enfermedad placentera.


Una habitación cerrada es posiblemente, como dice un amigo, el precio que hay que pagar para llegar a ver la luminosidad. Y ha sido mi lugar preferido para encontrar mi vida dentro de los textos que leía. Y así, por ejemplo, hay una escena de Tolstói que he interiorizado y en la que me veo a mí mismo leyendo: es aquella en la que un personaje está en un tren y tiene un libro en sus manos, y una luz en la cabina ilumina su lectura. Para mí, ésta es una imagen de felicidad, y seguramente sólo la literatura puede darla. Pues hay que saber que la literatura permite pensar lo que existe, pero también lo que se anuncia y todavía no es. Y también pensar, por ejemplo, que el mundo es un texto, una gran ficción que DGF lee con pasión todos los días.
            El mundo es un pasaje, y éste es nuestra vida; está en los libros. Sólo vivimos realmente a medida que leemos nuestra historia, trascendiéndola. Porque sólo la literatura es verdaderamente transcendente, nos descubre que los signos sobre una tabla de arcilla, los signos de una pluma o de un lápiz puedan crear una persona (un Quijote, un Gregor Samsa, una Beatrice, un Jakob von Gunten, un Falstaff, una Ana Karenina) cuya sustancia excede en su realidad, en su longevidad personificada, la vida misma.
            No hay enigma más grande que éste: el del cuarto único. En ese gabinete, por paradójico que parezca, todos acabamos pareciéndonos a Robinson Crusoe. Las olas alrededor, el agua infinita como el aire, el calor de la jungla detrás: «Estoy aislado de la humanidad, soy un solitario, alguien desterrado de la sociedad»


Uno está en ello desde siempre, llevo toda mi vida llegando de pasear por el parque de lo cotidiano, y al entrar en mí mismo, me sorprendo leyendo de espaldas, en un sofá orejero, como una continuidad irrenunciable. De alguna otra manera intenté decirlo otras veces. Por ejemplo, en mi último libro de relatos Las tres caras de la moneda, en el siguiente fragmento:

            Al principio el hombre creó la palabra. Ese mágico sortilegio lo convirtió en su esclavo. Sin ella no había realidad. Después vino la literatura para explicar, entender y reinventar el mundo. Finalmente, estamos los que ya no conocemos otra forma de ser, los que, si no hubiera libros, no sabríamos a dónde mirar.


          Recordarlo ya no es siquiera una vanidad, es un grito desesperado, un nuevo mensaje dentro de una botella lanzada en la inmensidad del mar. Y una reflexión más, en pleno asma literario.