Silvia Rins
Madrid, 1ª edición del 6 de enero de 2026
Colección Mayor, número 26
Editorial Los Papeles de Brighton
ISBN: 978-84-127018-9-0
Yo no conocía a Silvia Rins, aunque tenemos un buen número de amigos en común. Nuestros nombres solo nos resultaban familiares por esa razón hasta que, finalmente, nos pusimos cara y versos en la Biblioteca de Can Baró de Corbera, con motivo del «V Micro Obert de Poesia» del pasado mes de marzo. Tampoco la había leído hasta entonces.
A raíz de ese encuentro me sugirió la presentación de este libro en el mismo escenario, y lo hizo de una manera honesta, valiente, directa y quizás, aunque segura de sí misma, asumiendo riesgos al mismo tiempo con estas palabras aproximadamente: «si el libro no te gusta, olvídate que te lo he pedido».
Después de aquello, también asistí a una presentación que ella le hizo al gran escritor argentino Antonio Tello, uno de los amigos comunes a los que me refería al principio. Le presentó un libro luminoso: Roma 2023 d.C., Barcelona 2026, In-Verso Ediciones de Poesía. Entonces también pude comprobar su manera de leer, interpretar y analizar poesía, con profundidad y gran bagaje cultural. Porque, ya sabemos que no siempre la altura del lector y el autor coinciden.Ahora ya, parte de lo que sé de Silvia, y lo que realmente más me interesa como lector está aquí, en este primer libro suyo que he leído y releído con deleite: Follar por amor, amar por placer.
Lo he dicho y escrito hasta la saciedad: que le tengo un gran respeto al género. Por eso, escribir sobre poesía y presentar un libro de poemas me parece más complicado que hacerlo sobre una novela o que sobre un ensayo. Porque en poesía parece que todo valga, que cualquier juicio esté parapetado tras la consabida subjetividad y la libertad interpretativa de un verso. Pero ni es así ni yo nunca he reseñado un poemario que no me hubiera removido principalmente las emociones, pero también la inteligencia. Me he abonado siempre a aquello de Ramón Irigoyen, de su poema Arte poética, donde escribió:
Un poema si no es una pedrada
–y en la sien–
es un fiambre de palabra muertas [...]
Cuando leí estos versos por primera vez entendí, y decidí, que era esto lo que me acercaba o me separaba de la poesía. Desde entonces es así como la leo: si no hay un poema, una estrofa o incluso un verso suelto que me zarandee por dentro; no me interesa. Así, mi manera de acercarme a la poesía es absolutamente visceral y de sensaciones. Más allá de disertaciones académicas, que si han de tener lugar vendrán solas, lo que aporto es mi diálogo íntimo de lectura con el verso y el poeta, sencillamente.
Y bien, hasta aquí hemos llegado. Primero le presenté el poemario el pasado mes de junio y ahora, escribo esta pequeña reseña que también quiere ser una crónica de lo ocurrido.
Abrió el encuentro Montse Isern, incombustible y habitual maestra de ceremonias de gran parte de los actos culturales que se celebran en la Biblioteca de Can Baró de Corbera. Hechas las presentaciones, la también poeta Amàlia Sanchís, introdujo una semblanza de Silvia y una breve descripción del poemario. A continuación, yo estructuré mi presentación en una visión general del libro y la lectura y comentario de seis poemas, uno por cada parte en las que está organizado el libro y cada bloque fue trufado con preguntas que Silvia fue respondiendo al hilo del guion propuesto, preguntas y respuestas que también voy a incorporar a este texto para enriquecerlo y dotarlo de transparencia.
Sobre el título, Follar por amor, amar por placer...
El título, un verso de un poema del libro, es una paradoja en toda regla y, por supuesto, una provocación como primer contenido del poemario. Es una paradoja además de gran exactitud y que, si bien de entrada nos puede parecer un guiño lúdico-erótico, que también, no podría ser más reflexivo y más preciso. Porque follar por amor que, según la moral occidental influida por la monogamia y las raíces judeocristianas sería lo ideal, a su vez es un placer. Y amar por placer, por amor al arte, que también es, más que un ideal una regla natural del juego, es otro placer. Así, el título nos sirve en bandeja un silogismo que ahonda también en el inconsciente del asunto: si follar por amor es amar por placer; follar es un placer. Otra cosa es que follar e incluso amar, a veces también duele y se aleja del goce (obviamente no me refiero a un dolor físico, que podría). Me parece oportuno añadir a la música o el ruido de las palabras, leídas en silencio o en voz alta, que creo que no existe una palabra soez si está bien usada, si está justificado su uso, desde la provocación, por ejemplo, o la invitación a ver las diferentes caras de una moneda, tres exactamente.
La cubierta, junto al título, nos ofrece una imagen: Circe ofreciendo la copa a Ulises, una copa que contiene una pócima que lo convertiría en cerdo y le permitiría, con su embrujo, tenerlo bajo su control de hechicera.
Por cierto, cuando abres el libro, sobre la breve bio hay una fotografía de Silvia Rins sonriente, mirando fijamente a la cámara y sosteniendo una copa de vino, como Circe, también en la mano derecha. ¿La mano que escribe los versos? La que mueve los hilos de la seducción, poética en este caso. Sin duda, una nueva seducción, tan vecina de la provocación y, a veces, la misma cosa.
Sobre todos estos vericuetos, todavía sin quitarle la portada, cual vestido al cuerpo del libro, hice mi primera interpelación a Silvia.
Jorge Gamero: Silvia, explícanos un poco la intencionalidad que hay detrás del título y de la imagen de la portada. No sé hasta qué punto estarás de acuerdo conmigo en su vocación provocadora...
Silvia Rins: La pintura de la cubierta, Circe ofreciendo la copa a Ulises, de John William Waterhouse, es la cara que yo había imaginado para el libro. Se la sugerí el editor y a él también le pareció muy apropiada. Circe es un mito femenino erótico y transgresor que aparece en más de un poema. Respecto al título, se trata del endecasílabo con el que se cierra un breve poema, "Aniversario". Este verso provocador sintetizaba para mí el tema del libro, y su tono paródico e irreverente, dando la vuelta a una frase hecha que no solemos cuestionarnos. Me decanté por él con dudas, porque temía que pudiera dar una idea equivocada del poemario. Al final fui valiente, ya que se trata de un libro valiente.
Doy fe de esa valentía, desde la «erección» del título hasta las tripas de cada poema y cada verso, planeando por este libro erótico-filosófico-amoroso. En la poesía de Silvia he encontrado una transgresión constante de lo previsible, una «con-fusión» deliberada de los roles y las etiquetas, de los afectos, del amor y el sexo entre seres humanos independientemente del género que los defina convencionalmente. Pero desde una voz fundamentalmente femenina. Una voz al mismo tiempo irreverente y juguetona que a ratos te acaricia o te clava las uñas, que a ratos te relaja o te provoca descargas eléctricas como pequeños orgasmos, intelectuales y sensoriales. El erotismo y la sensualidad que envuelven al poema, a menudo lo hacen desde la vulgaridad e incluso la suciedad de la realidad cotidiana, no desde la idealización del locus amoenus como subterfugio y lugar común. El sexo se plantea como un modus vivendi, como un respirar, como el sensor de estar vivo. Hay momentos en los que un verso, o una palabra sola, aislada, te acarician como una pluma sobre la piel y, de repente, sin previo aviso, en otros momentos subsiguientes, te pellizcan, te arañan hasta hacerte sangrar mezclando placer y dolor en un rictus de rendición absoluta.
A nivel formal, entre otras cosas, me gusta que un libro te obligue a visitar el diccionario y este lo ha hecho en alguna ocasión. Unas veces por pura ignorancia o falta de memoria mías, otras por el contexto de tela de araña que Silvia teje sobre el lector. Porque no solo se da la paradoja en el título, en muchos poemas también juega con ella, con el equívoco y la antítesis donde cada verso es un «capotazo» de la poeta hasta robarte la voluntad y rendirte a su seducción intelectual. En algún sitio que Silvia, como experta en Borges debe de saber cuál es, el ciego más lúcido e irreverente de la literatura dejó escrito algo así: «la sensibilidad es la forma más refinada de la inteligencia». Silvia Rins combina ambas cosas en su poética.
Vamos a verlo.
Sobre Safe Word
Vivo sin vivir en mí,
y de tal manera espero,
que muero porque no muero.
Teresa de Ávila
Usted me enloquece.
Fernando Arrabal
«Dependiente afectivo. Efectiva independiente. Y muero porque no muero en esta cárcel de amor. En esta casa sosegada de algolagnia. En esta cámara de gas o de jazmines. Qué conmiseración me inspiran esos jóvenes modernitos, tan razonables como políticamente correctos, con sus polvos asertivos y asépticos. Esos machos alfa que se vanaglorian de sus conquistas y nunca han llevado argolla en el cuello, mordaza en la boca, esposas en las manos. Esos señoros divorciados, seguros de sí mismos, que jamás han sido penetrados con un arnés, vírgenes del principio deleitoso de la total y divina rendición. Y de tal manera espero, en mi silenciosa morada, tu llegada. Veinticuatro horas. Sin vivir en mí. Siete días a la semana. Dependiente de tus besos y de tus esputos. ¡Oh, cauterio suave! Dependiente de la pendiente de tu aliento. ¡Oh, gozo balbuciente! Dependiente de tu piel. De tus fluidos. De tu esencia. ¡Oh, llaga regalada en prisión dichosa! Poséeme ya en mi umbrosa mazmorra de amor. Afectiva efectiva. Y muero porque. Independientemente de. Dependiente de. De. De. De. De. De. De. He olvidado la palabra. Vivo.»
El poema es una enigmática ironía sostenida desde la idea de una dualidad: la de Santa Teresa de Jesús, mujer sumisa entregada a merced de la lujuria sensorial físico-espiritual hacia el Dios hombre, desde su poema Vivo sin vivir en mí; y la de la propia voz femenina, menospreciando la misma figura del macho penetrador y activo, aunque dependiente de la pasividad femenina que, cómo a Arrabal, lo convierte en esclavo. Una batalla secular y paródica, unas veces coartada de las mujeres y casi siempre, escudo teatral de los hombres. ¿Yugo masculino o hilos de títere en manos femeninas?
JG: Esta dualidad, ¿es complementaria? ¿Se necesitan mutuamente ambos perfiles, incluso desde su propia inconsciencia de serlo?
SR: Últimamente se habla mucho de los roles de género, pero no tanto de los sexuales. La tradición nos ha legado la imagen de una femineidad pasiva y sumisa, y de una masculinidad activa y dominante. En mi opinión, siempre que haya consentimiento y disfrute, ambos papeles son respetables, intercambiables y complementarios, independientemente del género. En todo caso, la pérdida de control no se debe vivir como amenaza, sino como una experiencia placentera.
Sobre La voz a ti no debida
«La voz a ti no debida Lee mis poemas
no es la del rayo de luna cuando estoy triste.
de Bécquer. La de la musa Me abraza a la hora
de Catulo o de Safo. de la siesta.
La de la etérea Dulcinea Baja a tirar la basura.
o la frágil Ofelia. Me persigue
No es la voz honesta de Beatriz como una monja traviesa.
o la prudente de Laura. Me ignora
Ni posee la crueldad como sátiro ausente.
de Dolores Armijo Me acaricia la espalda.
o de Teresa Mancha. Me da un orgasmo,
No es la voz vanidosa tibio e intenso,
y fatídica de Lord Douglas. Cuando ya no lo espero.
La del amor secreto Te miro y no te oigo.
de Juan Ramón Jiménez, Te atiendo y no te veo.
Kahlo o Rodoreda. La voz que no se articula.
Las de los pronombres ¿Para qué?
altos de Salinas Se diluye en la transparencia
o las visiones de Dickinson. del día a día.
Tampoco está en los cuerpos Brilla como una moneda
ardorosos de Whitman de cobre sobre la arena.
ni en las putas de Bukowski, Tú Prodigio, tú Belleza,
ni en los versos sublimes de Shelley. tú Rutina.» [3]
La voz a ti debida,
la voz que te debo,
es la que no se prodiga.
Baja a comprar
el pan del desayuno.
Me cuece el atún al punto.
Me regala un libro
por sorpresa.
Otra provocación, con el adverbio negando la deuda de la palabra del poeta del amor de la generación del 27, Pedro Salinas. Es una negación respetuosa, no crítica, una negación que aprovecha el tópico para vehicular una denuncia implícita.
Pero Silvia ya lo ha hecho antes esto de responder a los grandes poetas del amor, poniendo en entredicho la tradición para dar un salto hacia adelante. En la página 21 titula así un poema: Me gustas cuando hablas, convirtiendo al amado o la amada en un ser activo y no la amante pasiva de Neruda en su célebre Me gustas cuando callas.
El poema de Rins es una evidente alusión a Pedro Salinas en La voz a ti debida (1933), primer libro de la trilogía amorosa junto a Razón de amor (1936) y Largo lamento (1938) donde manifiesta, como ya hizo Garcilaso de la Vega en la Égloga III, que el verso y la poesía están al servicio del amor por la amada.
“Y aun no se me figura que me toca
aqueste oficio solamente en vida,
mas con la lengua muerta y fría en la boca
pienso mover la voz a ti debida;
libre mi alma de su estrecha roca,
por el Estigio lago conducida,
celebrando t’irá, y aquel sonido
hará parar las aguas del olvido.”
Silvia Rins, más que negar, juega con la tradición ancestral, clásica y ya superada del sujeto amoroso como un elemento pasivo. Con ironía y cierta acidez hace su lista de amadas, y algún amado, hasta 18 exactamente, a los que libera del yugo institucional y poético. Y, de repente, hacia la mitad del poema, el punto de inflexión con el verso de Salinas a partir del cual reivindica la fuerza del amor desde lo cotidiano y la sencillez del gesto más minúsculo y mundano, como bajar a comprar el pan, pero también desde el más intenso e íntimo, como regalarse un orgasmo inesperado. Ver y vivir el amor desde un lugar donde no hay deudas sublimes o deíficas y un final, lapidario: Tú Prodigio, tú Belleza, tú Rutina, escritas las tres palabras en mayúscula para subrayarlas.
JG: Suponiendo que mi interpretación es correcta, Silvia, ¿dirías que este poema y tu poesía en general son deliberadamente feministas? ¿O consideras que sería una catalogación reduccionista?
SR: Diría que es feminista, sin más. No de una forma deliberada. Lo que sí busco deliberadamente es la autenticidad, desde la perspectiva de una mujer y marcando distancia con la tradición amorosa canónica que instauraron hombres poetas: la belleza de la amada no se ve cuando calla, por ejemplo, sino cuando te encandila con sus palabras; o el amor de verdad no se encuentra en ideales inalcanzables sino en la suma de los pequeños detalles de la vida en común. Bajar del pedestal el sentimiento amoroso y arraigarlo a lo cotidiano.
Ser feminista, y decir no serlo de una forma deliberada, es ya, en sí mismo, un apriorismo transversal y sintomático de la autenticidad de la poeta. Una manera de ser y de estar en el mundo, con y sin poesía. Touché, Silvia.
Sobre Posesión
«Posesión
No hay peor lujuria que pensar
Wislawa Szymborska
Como Odiseo en las sábanas de Circe.
Como Safo masturbando a una amazona.
Como Cleopatra lamiendo a Marco Antonio.
Como Arturo copulando con Ginebra.
Como Jesús en brazos de la Magdalena.
Como Petrarca vislumbrando a Laura.
Como Don Quijote soñando a Dulcinea.
Como Sor Juana Inés sucumbiendo a las musas.
Como Justine azotando al marqués de Sade.
Como Wilde entre las nalgas de Lord Douglas.
Como Simone con el anillo de Algren.
Como Bukowski bajo la lluvia de Linda.
Como Yoko blandiendo el pene de Lennon.
Como Borges de la mano de María.
Como Rosalía subida a su moto,
así me siento yo cuando friegas los platos,
te asalto por detrás y, al rozarte los pechos,
te escurres sigilosa como una anguila.
El único instante en que puedes ser mía.»
Este es otro ejemplo de placer y de sensualidad desde la tradición y el minimalismo vital, en este caso, para romper con la utopía de la posesión del ser amado. La voz que pone el dedo en la llaga, la de Silvia Rins en nombre del mundo, vive la lujuria y la sensualidad desde lo más prosaico, como puede ser abordar por la espalda al sujeto deseado en el momento de lavar los platos pero, ni en ese momento, como ya les ocurriera a los ilustres amantes de la historia a los que cita, nadie se apodera de nadie, es solo un momento robado donde la propiedad del otro, es una ilusión, una mentira del pensamiento como apunta el maravilloso verso de Szymborska que Silvia utiliza como cita introductoria.
JG: ¿Crees realmente, como sugiere el verso de Szymborska, que el mejor sexo es el que imaginamos, o, dicho de otra manera, que existen fantasías irresolubles? Y, de ser así, ¿tenemos la literatura para satisfacerlas?
SR: Creo que el sexo imaginado puede ser en ocasiones -no digo siempre- más excitante, o incluso más satisfactorio que el físico. Precisamente porque hay fantasías irrealizables, o directamente, imposibles de llevarse a cabo. La literatura es un terreno fecundo para materializarlas y ponerlas al alcance de los demás. El poema, además, explora la idea de que el concepto de poseer físicamente al otro -al igual que el de comprenderlo- es ya de por sí una ilusión mental.
Siguiendo con la tradición, hay que recordar que la poesía erótica y el erotismo en general son tan recurrentes como orillados por la censura oficial o cultural a lo largo de toda la historia de la literatura. Desde el Kama Sutra en el siglo III, hasta las contemporáneas Anaïs Nin, con sus relatos eróticos reunidos en Pájaros de fuego publicados a título póstumo en 1979 –yo los leí en una sentada de guagua en 1985–, con las Pizarnik, Clara Janés o Ana Rossetti, pasando por Las mil y una noches, algunas albas y pastorelas trovadorescas, o los capítulos amorosos del Tirant lo Blanch. Sé que me dejo muchas otras referencias, a Bukowski, por ejemplo, pero para el caso no importa, podemos incluir ahora a Silvia Rins como un posible final del arco bibliográfico, pero con una gran diferencia: Silvia no ha escrito un libro solo para exaltar el placer sino para señalar la labilidad y la sordidez del deseo. No se detiene, aunque lo ilustre en muchos versos, en la belleza del sexo, sino que va más allá y carga contra su uso cuando genera etiquetas, castra o excluye, cuando pretende determinar la dimensión moral discriminatoria de la sociedad. En definitiva, que Silvia parte de la convicción de que el sexo y el amor son un espacio de libertad innegociable, lo demás es tópico o anomalía.
Sobre Los silenciosos
«Los silenciosos
El mal es aparente, el bien es misterioso.
Simone Weil
Somos los silenciosos. Los que viven sin hacer ruido. Los que no van a discotecas ni a manifestaciones, pero en el recogimiento de sus casas bailan con desenfreno y escriben panfletos contra las injusticias que no leerá nadie. Los que de vez en cuando desaparecen del mundo sin lanzar un mensaje en una botella. Los que rehúyen las tertulias y los debates porque prefieren no llevar la contraria en voz alta. Los que asienten en silencio. Los que ven el fútbol sin volumen, los que escuchan música con auriculares, los que nunca olvidan cerrar las ventanas. Los que caminan de puntillas por la noche y jamás dan portazos por la mañana. Los que prefieren que en su jardín proliferen las malas hierbas antes que comprarse un cortacésped. Los que se callan simplemente por motivos éticos, con el noble propósito de amortiguar la contaminación acústica. Los que, amordazando sus egos, evitan las ensordecedoras polémicas de Twitter. Los que en vez de salir de fiesta hasta la madrugada, prefieren quedarse dándose un orgasmo sordo en la intimidad. Los mudos. Los que creen que no tienen nada que decir. Los que no tienen nada que decir. Los que prefieren callar por imprudencia. Los que racionan las palabras saboreando sus extraños sabores cuando las pronuncian: belleza, estúpido, tropezón. Los que respetamos la libertad de quienes amamos. Y nos acostumbramos, en silencio, al dolor de no ser completos ni suficientes: el andrógino ancestral de Platón. A desconfiar del exceso de palabras y los daños colaterales. Sin quejarnos. Quizás no se nos oye, no. Pero existimos, sí. Nos sostenemos con nuestro par de frágiles piernas, nuestro abdomen desgajado, nuestros cerebros escindidos. Apenas un leve suspiro. Solo somos seres que amamos. Solo somos seres. Solo somos. Solo. Los silenciosos. Los que prefieren escuchar. Los que saben en silencio.»
Decía yo al principio que mi forma de leer y comentar poesía es teniendo un diálogo íntimo de lectura con el verso y el poeta y aquí tenemos un ejemplo muy claro. Este poema, este texto escrito en prosa poética, quizás para atenuar o acentuar su profundidad, queriendo hacer ambas cosas, es sencillamente magistral, mi predilecto del libro. Cuando lo terminé lo releí y ahora, he vuelto a leerlo y releerlo, identificándome y alejándome, llorándolo y sonriéndolo. Tras la primera lectura anoté en los márgenes del libro, allí donde anotamos nuestra verdad: ¡Excelente! ¿Quiénes son los silenciosos? ¿Los poetas? ¿Gente inadaptada, superdotada y fracasada, hipersensible? ¿Gente extraña? ¿Todos ellos y todo al mismo tiempo?
Este poema, que curiosamente se distancia un poco de la temática general, justifica un libro extraordinario y, por supuesto, esta reseña prescindible. Los silenciosos es toda una declaración humanista de intenciones, un estriptis del alma que nos interpela y nos señala, a los unos y a los otros, por descarte, poniendo las cosas de la vida en su sitio. Es un ejemplo además de lo que la propia Silvia decía más arriba en una de sus respuestas: un poema valiente, para «un libro valiente».
JG: Doy por hecho, Silvia, que tú eres una de ellos pero, dime quienes serían los otros, los ruidosos o antagonistas.
SR: En efecto, yo pertenezco a la tribu de los silenciosos. Diría que somos unos cuantos, pero al ser tan discretos, parece que seamos menos. Aparentemente, «los ruidosos» son los que más se dejan ver: se quejan, protestan, se reafirman, se exhiben... Pero en el contexto del poema son, sobre todo, quienes priorizan hablar a escuchar. Quienes siempre quieren tener razón y decir la última palabra.
Sobre Haiku
«Haiku
Mortal belleza eternidad reclama.
Dámaso Alonso
Solo recuerdo
Que te he querido mucho.
No sé quién eres.»
La primera razón que me llevó a escoger este haikú, lógicamente el poema más breve del libro fue, en ese diálogo ya mencionado; una rememoración. Me recordó uno de los mejores finales de novela que he leído jamás, una novela que tradujo del griego mi amiga Cristina Serna:
«(...)
Puede parecer que divago, pero me he pasado toda una vida intentando precisar “el sentido de las cosas” y, si acaso he olvidado muchas cosas –y es muy probable que así sea-, recuerdo, sin embargo, el amor. Eso sí que lo recuerdo…
Atenas, mayo de 1987.»
A veces en la máxima brevedad, como es el caso, se dice casi todo... El sentimiento amoroso como una elipsis infinita, el amor como utopía, el amor soñado, el que se siente incluso al margen del sujeto amado, «No sé quién eres» dice... Quizás porque el amado se convierte en un desconocido cuando la idealización llega al extremo de amar al amor más que al amante. Aquello de Luis Cernuda:
«XII
No es el amor quien muere,
Somos nosotros mismos.» (...)
JG: ¿A dónde van a parar los amores ya olvidados? ¿Dónde están sus huellas?
SR: Me gusta imaginar que nuestra conciencia es capaz de registrarlo todo y archivarlo en algún lugar de nuestra memoria. O incluso fuera, en una "nube", usando el símil informático. El poema juega con esa paradoja. ¿Podrían sobrevivir nuestras emociones, más allá de la existencia de quien las vivió?
Sobre Silabario
«Silabario
Cuida este amor. Abyecto. Bárbaro. Con tus propias manos. Cuántico, ditirámbico. No lo dejes caer. A este amor fofo, estocástico. A este amor gañán, hacendoso. Cuida de este amor insípido. No lo dejes caer. Jamás. Protege este amor lampiño, kilométrico. Llano maravilloso. Con tu vida. Llama menguante. Nunca. Si es necesario con tu vida. Onerosa. Queda. Lo pierdas. Aliméntalo. Risible. Acarícialo, acicálalo. Soso. Con tu propia sangre. Terrible. Con tus propias manos. Véngalo. A este amor único, xilofónico, yámbico. Zigzagueante. Cázalo al vuelo. Zulo. Si sales no podrás respirar. Incluso si está hecho añicos, recógelo. Azul, azucarado. Con tus manos. Aunque te cortes. Aunque te duela. Cielo. Porque si no cuidas este amor ni siquiera las palabras. Únicamente te quedarán tus propias manos. Vacías.»
Cuando le comenté a Silvia los poemas que quería destacar y leer en la presentación, Silabario estaba entre mi selección. Ella pensaba hacer lo propio pero, finalmente, me cedió el honor de la lectura indicándome que ella se sumaría al comentario a través de mi pregunta. Dentro del libro, a modo de coda o cierre, constituye el único poema del sexto apartado en que se organiza el conjunto, como para darle mayor relevancia, destacándolo con su exclusividad. Y no es baladí. Recurrimos de nuevo al diccionario. Según el de la RAE, un silabario es un «Libro pequeño o cartel con sílabas sueltas y palabras divididas en sílabas, que sirve para enseñar a leer.» y entre los sinónimos, aporta «abecedario» y «cartilla». Siguiendo esta idea, veo la intención en este poema de sentenciar, de ser un cierre con esta especie de manual de instrucciones y advertencias. Destacan la adjetivación, rotunda e irónica una vez más, los verbos en modo imperativo y algunas frases deliberadamente elípticas o inacabadas como, en un par de ocasiones, «No lo dejes caer» o «Porque si no cuidas este amor ni siquiera las palabras», para que los lectores las terminemos al criterio de nuestra mochila vital. ¿En la tentación?, diría yo. Y ¿Te servirán? ¿Te quedarán?, las palabras...
JG: Silvia, solo me queda, para rematar este texto y mi presentación que querrá ser una reseña más adelante, que cierres con una provocación más, o con un susurro de palabras, una caricia poética o incluso con un final feliz.
SR: «Silabario» es el final feliz de este libro. Un abecedario afectivo donde se muestran, sin ánimo de agotarlas, las diferentes caras del amor. Hay un juego verbal manifiesto, en su ritmo enumerativo y elíptico, a la par que un elogio de lo imperfecto. El amor, solo perdura con nuestra atención y cuidado. Y, finalmente, la imagen de las manos vacías. Si no amamos, las palabras pierden su sentido. Amar es un acto –conformado por pequeños e innumerables actos– persistente y tangible.
Para terminar, querría comentar una feliz coincidencia justo cuando estos días se habla tanto de la película La Odisea, dirigida por Christopher Nolan y recién estrenada. No cabe duda de que cuando Silvia Rins escribió este libro de poemas, aún no sabíamos que Nolan iba a perpetrar este guion original y regalarnos esta puesta en escena que, como suele ocurrirle al matrimonio cine y literatura, sirve para acercarnos a lo auténtico. Si un espectador, solo uno, soñador soy, va a leer La Odisea gracias a haber visto la película, bienvenida sea a pesar de todo porque, ya se sabe que, para el gran público, la literatura solo es bella cuando te la cuentan con imágenes y te ahorran el esfuerzo de la lectura. No es el lugar de entrar al análisis cinematográfico, quedémonos en la evidencia, también para mí, de que la película es una joya visual sobre una adaptación pobre del texto de Homero. Algunos puristas han hablado incluso de adaptación vergonzosa por simple y excesivamente libre. Quizás no haya para tanto, yo al menos lo perdono, valoro la recuperación de los grandes momentos del poema épico, y la idea fundamental del viaje con todos los peligros, de la errancia que planteará tantos conflictos humanos al héroe. Poco más y ahí es nada. No lo queramos todo en tres horas que pasan volando frente a la seducción de la pantalla.
Lo que sí es cierto es que la Circe y el Odiseo de Silvia Rins son distintos a los de Nolan y aquí está el riesgo y logro de la autora, aunque no hubiera sobrado hacerle un hueco a la ninfa Calipso, que también tendría un papel en los muchos hilos de este libro. La Circe y el Odiseo de Rins, en el poema En los brazos de Circe especialmente, una vez más rompen con el tópico literario, aprovechando el marco necesario para el salto mortal, convirtiéndose ella en guía y mentora:
«(…) En el pasado ya te hablaron de sus hechicerías y subterfugios: la copa con éxtasis dionisíaco que embriaga el espíritu y el báculo que retiene los huesos en su lecho; de zalamerías más irresistibles que los cantos de las sirenas y el ojo de los cíclopes. ¡Cómo me gusta engañarte, gazmoño aventurero! (…)»
y convirtiendo a Odiseo en un vanidoso que solo se quiere a sí mismo y solo busca la vanidad del héroe, al más puro estilo campeador castellano:
«(…) La naturaleza de Circe es compasiva por definición. Te otorga lo que tu hambre desmesurada implora. Eres libre, siempre lo has sido. Admite, cabrón desagradecido, que ella únicamente alimentó el deseo y tú añadiste la concupiscencia. (…) Fue tu salvadora hasta que la abandonaste y cronistas tan ruines como tú escribieron la historia de su lujuria, no la de tu traición. (…) mientras te abrazas con todas tus fuerzas a la cintura de la diosa pródiga. Un cerdo de su propiedad exclusiva. No quieres volver a por Penélope. Ítaca ya no es tu hogar. (…)»
En cualquier caso, la libertad también es el territorio natural de la literatura y Silvia Rins se la toma muy en serio y con todas las consecuencias. Así lo ha hecho con este poliédrico Follar por amor, amar por placer. Yo lo recomiendo desde la necesidad del placer poético y el enriquecedor revisionismo de la tradición.
Lavs Deo.
Jorge Gamero
Pallejà, agosto de 2026
[1] IRIGOYEN, Ramón, Cielos e inviernos, Madrid, 1979, Editorial Hiperión
[2] RINS, Silvia, Follar por amor, amar por placer, página 24. Madrid, 2026, Los Papeles de Brighton
[3] Ibidem, páginas 32 y 33
[4] CIFO GONZÁLEZ, Manuel, Poesía de Garcilaso de la Vega, página 158, Madrid, 1998, Editorial Santillana S.A.[5] RINS, Silvia, Follar por amor, amar por placer, página 54. Madrid, 2026, Los Papeles de Brighton
[6] Ibidem, páginas 66 y 67[7] Ibidem, página 82
[8] XANTHOULIS, Giannis, El licor muerto, página 191, Barcelona, 1ª edición de marzo de 1993, Editorial Seix Barral S.A.
[9] CERNUDA, Luis, poema perteneciente al libro Donde habite el olvido, recogido en la antología La realidad y el deseo (1924-1962), página 111, Madrid, 2013, Ediciones Vitrubio






