Dialogando en el Café Salambó

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miércoles, 11 de marzo de 2026

Reseña "La pistola de mi padre", de Rafael Soler

 

La pistola de mi padre

Rafael Soler

Valencia, 1ª edición, noviembre de 2024

Ediciones Contrabando

ISBN: 978-84-129136-6-8


Hace bastante tiempo, Rafael Soler me invitó a una reunión familiar, pero azares  ajenos a nuestra voluntad, con final redondo afortunadamente, torcieron el guion y hubo que aplazar la cita. Desde entonces pasaron muchas cosas: las de siempre y algunas nuevas, y mientras tanto yo, vanidoso amigo, le iba recordando que teníamos aquella cita pendiente. Tuve tiempo para conocer los entresijos de la familia a través de lo que sé de Soler, que dispara las palabras como si fueran balas. Pero también oí hablar mucho de ellos y leí lo muy bien escrito por otros sobre sus vidas. Lo que sí estaba en mis manos era intentar aislarme de ese zumbido inevitable, limitarme a lo que yo pienso de la familia y de Rafael Soler, y esperar mi turno. Repasando mis notas para el encuentro –esa notaría de lectura íntima de las cosas, las banderitas adhesivas con las que fui decorando esta historia–, entonces sí, llegó el momento. Y entré en el salón de los Cortázar para decir, si cabe, algo nuevo, o al menos, de otra forma.

Valió la pena esperar para una reunión familiar como esta: nueve horas él y yo con los Cortázar. El padre de familia, Aníbal Cortázar, al que llamaban «El Jefe», nos convocó el día que cayeron las Torre Gemelas de Nueva York, el pasado 11 de septiembre de 2011. Curtido en mil tinglados, al menos la tragedia que cambió el mundo le sirvió para volver a tenerlos a todos juntos por una vez alrededor de la mesa, con Rafael y yo como extras. Aníbal y los suyos se acordaron de lo del 23F, juntos también aquel día, al menos hasta que él salió de casa impelido por su sentido del deber, con esa gorra que tan mal le sentaba –decía su mujer– y, lo que era más preocupante, salió armado, –añadió la hija–. Siempre unidos a pesar de todo. Ya los puteó en su día «El Jefe» cuando se los llevó de Castellón a Madrid, en 1959. Rosario Trena, su esposa, no quería irse y Carlos e Isabel, imagínate, con diez y seis años respectivamente, se llevaron para siempre el salino recuerdo del mar junto al disgusto. Pues eso, allí estábamos Aníbal, Rosario, Carlos e Isabel, ya adultos, Rafael y yo, reunidos aquel 11S en torno al calor de una vida de familia llena de nudos. Y una pistola, la pistola del padre de familia. También hubo fantasmas de diverso pelaje, cosa inevitable en cualquier biografía familiar, e iban apareciendo a medida que volaban los reproches, los silencios y los secretos, la voluntad de poner el amor en orden a lo largo de las nueve horas. Son muchos, pero se llevó la palma, aunque ya de estado difunto –fantasma de verdad–, el tío Roberto, hermano de Aníbal. Fuerte, osado, impulsivo, jugador empedernido de póquer y turbio contrabandista embaucador, se había llevado al huerto a su hermano hasta en dos ocasiones, con sendos negocios que hundieron a la familia obligándola a recomenzar.


Reunidos todos con sus máscaras, tres de quita y pon y simultáneas –dice Rafa–: la que nos ponen los demás, la que creemos cada uno que nos representa y la auténtica, la máscara de lo que somos; fuimos repasando la historia reciente de España y cómo esta, irremediablemente, estuvo imbricada con la historia familiar. Guerra Civil y posguerra, Carrero Blanco por los aires, todo el mundo al suelo un 23 de febrero, la Transición y el guapo de Suárez, las elecciones generales de 1986 con Isidoro petándolo, mi Barcelona del 92 con su medalla de oro, o este día de nuestro encuentro, con dos aviones estrellándose contra los rascacielos del orden mundial. Me gustaría preguntarles qué piensan ahora, con el actual presidente de los Estados Unidos invadiendo y retando al mundo entero. Para la próxima reunión familiar.

La jornada fue discurriendo con altos y bajos entre conversaciones cruzadas, confesiones de la madre grabadas en cintas cuando nadie la escuchaba –pero que ese día pudimos oír–, lecturas del diario de Isabel y de cosas de Carlos, con sus borradores de relatos, bocetos de ideas o de sucesos familiares; y, eso sí, con la pistola en el centro de todas las cosas. En cambio «El Jefe» callado, ahí, de presencia aplastante pero silente. Todo lo que supe de él fue gracias a Rafa, o a lo que decía de él su familia, y al arma. Hubo momentos de todo: no siempre fueron trapos sucios familiares; también nos reímos con ganas y hablamos de cine, de música, ya saben, de cultura en medio de aquella barbarie de día que nos tuvo en vilo.

Si tengo que describirles a los personajes del encuentro uno a uno, mientras se vayan sucediendo sus responsabilidades en lo ocurrido, debo empezar por el padre de familia, cómo no, por Aníbal Cortázar. Por cierto, orgulloso está Rafa de la nada inocente coincidencia del apellido... un homenaje a Julio, ese monstruo de la narrativa, ese modelo de la forma de contar las cosas, como Rafa, que también tiene la suya, intransferible. Aníbal, os decía, era un pájaro. Comercial, dio mala vida a su señora a pesar del amor; fue infiel sin remedio pero de obligado arrepentimiento. Habría que decir en su descargo que nunca recordaba «te quieros» ni abrazos de su padre. Por eso él también era así, y pagaba con la misma moneda a su hijo Carlos, escritor. Siempre hubo una conversación pendiente entre padre e hijo sobre la escritura de este. No se atrevía Aníbal a decirle lo que pensaba a esas alturas, con tantas oportunidades perdidas: que la escritura es una trampa y que Carlos no hacía sino que esconderse tras ella. Mientras los escuchaba, pensé que no sabía yo cuál de los dos era más cobarde, porque había otra cosa que no se atrevía a decirle: que, en el fondo, sí le gustaba cómo escribía y que merecía mucho más éxito, pensaba el padre. Y otro secreto casi inconfesable: que guardó todos los recortes de prensa donde hablaban de su hijo. Nadie mejor que Rafa, trasunto de Carlos con carácter retroactivo, para entender el conflicto entre ellos.

Aníbal, Atila lo llamó a veces Rosario a lo largo del día cuando algo la enfadaba, había sido comercial de colchones cuando vivían en Castellón. Pero, después de trasladarse a Madrid, con cuarenta y dos años ya, montó un bar en la cava baja, «El Cafetal», a instancias de su hermano Roberto. Por cierto, tengo que decir que yo ya había leído y oído hablar a Rafa de este sitio; es más, me consta que en él se tomó el último gin-tonic que sirvió el bar antes de cerrar. Roberto huyó como buen cobarde y Aníbal, como buen comercial, remontó sus cuentas y su situación y montó una papelería –cómo no– con el apoyo y el esfuerzo de Rosario. Les fue tan bien que abrieron tres librerías más. Entonces el tío Roberto, con ese olfato lobuno capaz de oler la sobada fragancia del dinero a distancia, reapareció y pidió perdón. Y su hermano Aníbal, embriagado por la euforia de un noventa y dos por ciento de síes el día del referéndum por la Constitución, se lo concedió. Y lo perdonó. Esta vez, la turbia maquinaria del embaucador profesional que era Roberto trazó otro plan perfecto: convencerlo de crear una franquicia de papelerías, con  veinte inversionistas de los que recogió una pasta gansa y, si te he visto, no me acuerdo. Otra vez en la ruina. Nadie lo dijo en el encuentro, pero yo me permito salirme de todos los guiones para afirmar que la pistola –a la que, por si acaso, no quité el ojo durante todo el tiempo–, ella mutis entonces, de buena gana se habría encargado del tío Roberto de los cojones. Pero claro, cuando pasó aquello, la pistola estaba dentro de su funda y dormida en un cajón.

Rosario, dulce esposa y madre protectora, se pasó la vida –y la velada– haciendo de árbitro entre padre e hijos. Y a ella, sufridora profesional, como un testigo privilegiado y silencioso, ¿quién la cuidaba?, pensaba yo. Después de haberlos criado, ya adultos, sus desvelos siempre pasaron por hacer todo lo posible por conciliar a Carlos con su padre, y a Carlos con su hermana, que ya verán, no tiene pelos en la lengua; y de convencer a su Atila de que la niña necesitaba volver a casa. Pero «El Jefe» pensaba todo lo contrario: que Isabel estaba mejor en la residencia. La cruzada de Rosario era tan ardua, tan percutora pero silenciosa, que grababa sus pensamientos en cintas de casete para desahogarse; y en ellas, sin freno pero con amor, pintaba a la familia en rayos equis. Por eso se pasó el encuentro entero arbitrando la paz.

Vamos con los hijos. Carlos, por orden de llegada al mundo, el primero. Me sentí muy identificado con él, sobre todo por su manera de vivir la escritura y su cara Soler, que la tiene, y mucho. Aunque Rafa no ande buscando «la novela» como Carlos, porque Soler ya tiene ocho o nueve muy buenas donde suelen aparecer este y otros Carlos escritores buscándose en su voz. Por eso Carlos y yo lo estuvimos escuchando con respeto y admiración todo el día, Torres Gemelas al margen. Carlos era sensato, inteligente, equilibrado, puntal de la familia. Quería de verdad a su hermana, a quien sabía tratar sin que pareciera que la trataba como a una loca, como sí hacían los padres. Me enteré también ese día de que había participado en la campaña de Suárez, algo así como de asesor de imagen, para recuperar la presidencia. Hubo momentos trascendentales de descubrimientos y confesiones, de tensión palpable y alguno conciliador, como con Isabel, que luego explico. Pero los que recuerdo de Carlos con más cariño son aquellos en los que reflexionó sobre la escritura, mano a mano con Rafa, compartiendo el aspirante a Soler sus notas y borradores sobre la poesía, los premios y toda esa mentira de la dignidad, el éxito y su puta madre. O cuando recordaron aquel relato que escribió Carlitos... ¿cómo era?... ¡Ah, sí!, Trío de mirlos, en el que habló de aquellos pájaros jugadores de «El Cafetal», ese «caladero de ingenuos», como lo llamó Rafa. El trío creo que eran un jubilado de Pamplona, Rincón, joven estudiante en racha y un escritor a la caza de una historia que, me temo, era el propio Carlos, o Rafa, da igual... El caso es que el relato se había publicado en la revista de vida fugaz Literaducto, poesía y relatos de jóvenes autores con futuro. Recordaba también Carlos cómo ya entonces su padre le decía que terminara la carrera y se dejara de monsergas. Ahí no pude evitar hacer un Umbral con un paréntesis y desviar la atención.

—¿Literaducto? ¿Existió en realidad esa revista?

—Claro, Jorge, la fundé yo en 1978, con otros, por subscripción, con inéditos muy buenos, pero solo vivió tres números –respondió Rafa.

—Qué curioso... Lo decía porque yo me presento en las redes como literaturadicto, y me gusta pensar que he inventado la palabra literaturadicción... Se parece al título de vuestra revista.

—Ambas palabras son bonitas, y originales, sí.


Luego Rafa aclaró que, en su caso, lo de Literaducto, iba por otro lado: «Literaducto, primero Literatura y luego Acueducto», sentenció Soler mirando a Aníbal de reojo. Y a mí me dijo, en un despiste de los presentes, que lo de acueducto era por lo de la carrera de ingeniería. Una indirecta, como tantas entre padre e hijos.

Carlos, como queriendo salir del bucle y dejar a un lado el debate sobre su vocación, añadió un dato a la biografía de los hechos.

—Por cierto, ¿sabéis porqué cerró, afortunadamente, «El Cafetal»? Fue una semana después de que a algún nervioso se le escapara un disparo en una timba de cartas.

—Así es, ratificó el padre.

 —La suerte para todos, y sobre todo para el amigo de tío Roberto, Garrido, policía y habitual del garito, es que la mano temblorosa del aprendiz de matón desviara la trayectoria de la bala y le hiciera perder media oreja en lugar de la vida –sentenció Carlos.

Pero la mayor tensión entre ellos –Rafa y yo calladitos y con el corazón en un puño– vino cuando Carlos le hizo a su padre una pregunta una vida entera guardada en la recámara: si había disparado alguna vez en la guerra; si mató a alguien, en definitiva. La pistola, como nosotros, callada también, estuvo atenta a la reacción de Aníbal. Y este, bajando la mirada, con un hilo de voz, escondió el sí detrás de un no nada convincente, espantando los malos recuerdos a manotazos de su memoria sobre aquellos tres meses en el frente de Teruel. Suerte que Carlos no quiso ahondar, si es que convertir el secreto en un guion para un corto de diez minutos como hizo, no lo fuera.

No, no me olvidado de Isabel. Al contrario, me pasa lo mismo cuando como, que me dejo para el final lo mejor del plato. Isabel intervino, y mucho, a lo largo del día, a su manera, a veces lapidaria, a veces impulsiva, en momentos puntuales y siempre para ponerlos a todos a caldo, desde el cariño, pero siempre agraviada, rencorosa y en los márgenes de todo. Isabel lo tenía claro: Carlitos siempre fue el preferido de sus padres. Tenía celos de él. Quizás por eso –entre otras causas estructurales y biográficas, o por un error tras otro– tenía complejo de tonta ella, la más lista en realidad, y de desgraciada; eso sí, a lo mejor era muy desgraciada. En un loquero la tenían encerrada –se quejaba–, «una residencia» –puntualizó Rosario, madre que se sentía culpable–. «Ahí es donde tiene que estar» –sentenciaba el padre–. Esa fue una de las grandes luchas del matrimonio. Así como Rosario registraba sus sentimientos más profundos con la voz, Isabel tenía un diario. No lo dije por no ofender, pero lo pensé: anda, Carlitos, y Rafa –bueno, y yo el primero–, aprendamos a escribir. Gran capacidad expresiva la de Isabelita, ahí, a lo tonto, incisiva, precisa, anímicamente deslenguada y sin pelos en la lengua, poniéndolos a todos en su sitio mientras escribía escuchando a Los Shadows, ¿Os acordáis? Qué tiempos aquellos, años setenta y ochenta. Empezó a escribir así, me contaba Rafa, como para escucharse a ella misma –delirante a menudo–, como deberes terapéuticos en un primer diario que le regaló el psicólogo, al que ella bautizó como «Palanganas». «Labilidad emocional» era el diagnóstico de lo suyo. «Descontrol de los estados emocionales», le aclaraba un diccionario. Lábil diagnóstico en sí mismo cuando lo que le ocurría en realidad es que se sentía el último mono; que de nada le servía el litio frente al recuerdo de una violación en el frenopático, los intentos de suicidio, o la ventolera que le dio una vez con irse de stripper a los Estados Unidos. Pero no se fue, secuestrada por sus propias miserias y el cuidado de la familia, con el recaudo fácil de los médicos y los fármacos. Cómo sufría la pobre Isabel... viendo a esa pobre gente que se lanzaba por las ventanas de las Torres Gemelas antes de derrumbarse, derrumbados ellos. Ahí tendría razón el psicólogo «Palanganas»: que escribir la iba a salvar. Una auténtica joya sus diarios, decía Rafa, que los leyó todos. Fíjate, con cosas como estas, señalando a cada uno –incluido al violador– y amenazando con la ventana, la de su residencia, pero por otras razones, por otras quemaduras invisibles del alma: 

«La medusa de mamá al secarse las manos en el delantal, hijita, hijita. Vete a la mierda. El tiburón con bigote que todos sabemos. Vete a la mierda. El cangrejito. A la mierda el cangrejito, y ya van tres. Y como volváis con las vuestras ha dicho el pirindolas, ha dicho el pirindolas, ha dicho el pirindolas, extrema es poco. Y la ventana también, que lo sepáis.

Este es un texto de honda pureza sentimental. Diáfano.

Para que se entienda.

Soy escritora»

Toda una declaración. Pero tampoco quiero extenderme demasiado ahora, que quizás no es el sitio. Una superviviente desde el dolor. Una buena pieza Isabel, sin duda, «cuerda de atar», como Rafa se confiesa en un poema de Ácido almíbar, aquel libro que se presentó en 2014, cuando yo dejaba Madrid para volver a Barcelona. Una Isabel, a la que Carlos, con espíritu de «pobrecita, ahí te quedas abandonada», le escribió otro poema justo antes de descubrir sus diarios: un poema titulado «Oración en voz baja y en ayunas», que bien podría ser prestado de Rafa, de uno que había escrito para un amigo suyo también de frenopático. Acaso la expiación de la misma culpa, otra coincidencia, por cierto, entre Carlos y Rafa, que en Las cartas de debía (2011), con mayor profundidad que Carlos incluso, dedicó a ese amigo –que acabó muriendo– unos poemas bajo el subtítulo de «Al paciente de la 101, que nunca visité». Un amigo de Rafa del que no quiso hablarnos.

Y así podría seguir con la maraña de aristas en este universo familiar y el anfitrión Soler, sin el que yo jamás habría entrado a pan y cuchillo, en sus intimidades. Pero de la pistola apenas he dicho nada, y ahí está: valiente narradora por la gracia de su demiurgo, que no es la primera vez que, de su caladero de inéditos, se saca voces de debajo las piedras. Una pistola dolida porque, después de toda una vida –y desde el 23F–, Aníbal no había vuelto a verla y apenas le dirigió la palabra en toda la velada. No solo eso: que estuvo sin mirarla, frío y distante, sin una palabra de agradecimiento. Aun le decía a Carlos que un paño de cocina después de presentársela, un paño de cocina, y que volviera a esconderla.

Pero la pistola de «El Jefe» fue la moderadora y quien lo ordenó todo. Acostumbrada a la discreción y al silencio, ahí, guardada en su funda, me apuntaba para sacar lo mejor de mí –suponiendo que hubiera margen a la mejora–. Lo hizo con un «espérate aquí», un «corta allí», un «a ver qué hacemos ahora», para al final pergeñar un buen testimonio. Una pistola y tres momentos estelares en su vida con la familia Cortázar: como ya dije, cuando Aníbal en el frente de Teruel, cuando salió a la calle el 23F cargando con «El Jefe» para volverse a enfrentar a los mismos; y esta reunión que les vengo contando, conmigo de invitado. Solo añadiré –que para eso es también amigo mío– a uno de los secundarios recordados en esta velada. Me refiero a Paco Molina, soldado en servicio militar obligatorio en la Jefatura del Ejército mientras se perpetró la chapuza del 23F. Paco tuvo mucho que ver en aquella reunión de los Cortázar y en aquella huida hacia delante de «El Jefe», pistola en mano, para salir a defender la democracia, pobre de él. Porque el soldado Molina fue quien les filtró la información desde dentro –y de fiar– sobre los movimientos de los unos y de los otros. Suerte que, al final, la pistola entonces no tuvo que hablar. Por cierto, «El Jefe» nunca llegó a saber que el ya entonces poeta Paco Molina acabó convirtiéndose en tigre de la edición de poetas, porque con la poesía también se imparte justicia. Sí que lo sabe Rafa, por supuesto, aunque aún no esté en su catálogo, que no lo entiendo.

De la pistola –tan importante ella– hay que decir que circula por esos mundos de Dios una imagen de contrabando evocadora y rotunda, magnífica, en la que se la ve asomar desde debajo de la misma, y de cuyo cañón emerge un  tallo de rosal lleno de espinas, como lo suyo con los Cortázar y los avatares de sus vidas. Esa imagen, impresa, fue mi tarjeta de invitación a la velada.

En la reunión familiar hablamos también de otras personas, que nueve horas dan para mucho y los Cortázar tenían, lógicamente, sus satélites humanos. Personas como Esperanza, la esposa de Carlos, con quien tuvo mellizos. Se separaron en 1996 por la infidelidad de Carlos con una alumna, Vero –que de casta le viene al galgo–. Pero Esperanza, aunque Isabel  dijo que era una tonta, recompuso su vida sentimental con otra pareja después de Carlos. No me atreví a preguntarle a Isabel porqué pensaba así de Esperanza, pero intuyo que debía de ser por una suerte de no aceptación visceral de una derrota del hermano perfecto, educada ella en la evidencia de que ellos sí podían tener amantes y ellas, a mirar para otro lado. También se habló de los amigos de la infancia de Carlos e Isabel, como Amelia y Jerónimo, al que le picó un alacrán. De otros personajes aledaños a la familia como los Monterde; del cura Prieto, al que le dio un infarto en el confesionario; del padre Ripalda, que les dio catecismo a los niños en Castellón; o del hermano Fidel, maestro de Carlitos. De Julio Figueroa, ya mayores, amigo y cómplice literario de Carlos. De Cosmo, el novio argelino con quien Isabel perdió la losa de la virginidad. Hasta a Pilar se la recordó, la novia zaragozana de Aníbal. Y no tanto –más bien en despistes, idas y venidas de Rosario– salieron a relucir una prostituta sevillana, Norma, que el muy turbio del tío Roberto usaba como gancho en las timbas de «El Cafetal», o las nenas del Zambra, como Amapola, y aquellas juergas flamencas hasta las tres.

Bueno, Rafa, un millón de gracias por invitarme a formar parte de los Cortázar, pero habrá que ir terminando e irnos tú y yo, que esta familia querrá recogerse. E irnos con la metaliteratura a cuestas, y con la «metabida», que esta reunión sí que fue un metaverso de la realidad sin parangón, insólito. Algo parecido dijo nuestro amigo común Luís Landero aquel día en la SGAE, con foto de amigos. 


Ah, y dale recuerdos a Lucía. Muy lista Lucía, no vino porque sabe que Rosario nunca la consideró como merecía tu propietaria. Olvídate: tú ya tienes lo que querías. Ahí queda esa huida hacia adelante para la que te ha servido la familia Cortázar: tus propios silencios hechos realidad y gran literatura, y ese padre a gritos que no hablaba.

 

Jorge Gamero

Marzo de 2026






jueves, 5 de marzo de 2026

Ressenya de "Flota com una papallona..." Jordi Cervera


Flota com una papallona...

Jordi Cervera

Barcelona, gener de 2026

Llibres del Delicte SL

ISBN: 978-84-19415-55-4


El periodista i escriptor Jordi Cervera és un factòtum de la literatura, amb un registre ben variat que va des de la literatura infantil fins a la novel·la per a adults, passant per la juvenil, l’assaig o la poesia tant en català com en castellà. I en tots els casos guanya al lector per knockout, en el bon sentit de l’expressió, guanyant-se el seu respecte. D’aquí també que hagi recollit nombrosos premis en les diferents modalitats. 

Amb Flota com una papallona... torna a la novel·la negre amb un entramat on es barregen la boxa, les màfies russes i la corrupció policial i política, tres ingredients en principi reconeixibles, però que Jordi Cervera treu una mica dels tòpics. No farem un recordatori dels clàssics, ja els coneixem –l’autor el primer, em consta. Des d’en Cortázar fins a Aldecoa, passant per Gonzalo Suárez, Villoro, Hemingway, Oswaldo Soriano o Scott Fitzgerald: tot un corpus que ens ha il·luminat als qui estimem la literatura sobre boxa, que és com una musica que sona meravellosament bé i amb la qual el Jordi Cervera fa la seva amb tota la solvència d’un pes pesant.

L’Eduardo Romero Peñalver, «La Fletxa del Guinardó», és un boxejador pes pesant embolicat en un merder de negocis tèrbols i extorsions. Ell només voldria dedicar-se a la boxa però, per anar fent, col·labora amb el rus Kostya Gagarin, propietari de l’empresa «Dolgov net» («Deutes no» en rus), dedicada, en principi, al cobrament de morosos. Però ni els uns son tan bons ni els altres tan dolents, ni tot el contrari. l’Eduardo no sabria dir qui és pitjor, si la màfia russa o la policia de casa nostra, ja que, inesperadament, rep les pressions de l’inspector Sergio Duaso, que el vol infiltrar dins del negoci de les apostes i els combats clandestins, on hi ha molts diners en joc. L’Eduardo aviat descobreix que tots volen el mateix: controlar el negoci per gaudir dels beneficis. I ha de navegar enmig d’un dilema de difícil solució. A més, acaba de perdre un combat important amb Juanjo Morenés, «El Puma de la Meseta», i necessita guanyar-se la vida d’alguna manera. El Kostya li dona el 10% dels diners que recupera dels morosos i l’inspector Duaso li diu que pot guanyar molt més, «tanta pasta que no sabràs què fer-ne». Mentrestant, l’Eduardo vol la revenja amb Morenés i el seu entrenador, Olegario Peña, excampió d’Espanya del pes wèlter, accepta entrenar-lo novament pel campionat d’Espanya a canvi d’una sèrie de condicions, entre d’altres, que s’allunyi de les màfies. Però tot es complica tant i de tal manera entre els uns i els altres que aniran quedant cadàvers pel mig del camí. L’Eduardo, que «Està acostumat a la sang, al dolor i fins i tot podria arribar a dir que a la mort, però sempre amb honor, anant de cara i sense trampes ni artificis», haurà de donar-ho tot sobre la lona bruta de la vida.

I així anem gaudint d’uns diàlegs extraordinaris, d’un lèxic en general, i el boxístic en particular, ric i precís, i d’una història que, com dèiem abans, no es limita a surar pels tòpics del marc escollit. La boxa és una excusa, el títol i els títols dels capítols, tots son frases del boxejador més gran de tots els temps, Muhammad Ali (1942-2016), i, el personatge de l’Eduardo és el primer en trencar el típic model de boxejador. És perdedor, però també guanya, no és un intel·lectual, però tampoc no és un pallús, no té un bec d’or, però tampoc no és un bocamoll ni parla com un delinqüent o, si més no, només ho fa quan ha de fer passar por als dolents. Això sí, manté la noblesa habitual que dona el quadrilàter als patidors de la vida, i està molt per sobre de la mesquinesa dels corruptes. 

Amb una trama perfectament teixida, digne de la millor pel·lícula de Hollywood, on tot està ben lligat i és coherent, Jordi Cervera ens va empenyent cap a un final trepidant, ple de sorpreses i amb un punt d’humor molt característic seu quan es posa a ironitzar sobre política i societat, perquè sí, efectivament, els de sempre, els que remenen les cireres, també hi son a l’olla. Jordi Cervera, ens ha regalat una novel·la extraordinàriament ben escrita, això que a d’altres se’ls ha de suposar, ell ho porta de fàbrica i d’ofici després d’una carrera plena d’èxits. Flota com una papallona... és el seu llibre número cent, una xifra extraordinària per celebrar la seva bona literatura.


lunes, 1 de diciembre de 2025

Y ahora, ¿quién me pasa la pelota?


Y ahora, ¿quién me pasa la pelota? 


Mi amigo Alfonso Morillas falleció la semana pasada, el martes 25 de noviembre. Desde entonces necesitaba ponerme a escribir sobre él, a escribirle. No nos ha dejado él, nos lo ha robado el cáncer, esa enfermedad que no discrimina entre buenos y malos, ese cáncer sin corazón. Unos días antes el mensaje de los médicos era trágico: según las últimas pruebas, le quedaban días, acaso semanas de vida. Duro, muy duro, un diagnóstico lapidario. Sesenta años, los que cumplió el 21 de julio, es muy poca vida para nadie y menos aún para alguien tan valioso como Alfonso. Si entonces me quedé en shock, estos días ya no he dejado de pensar en otra cosa. Tan en shock como me quedé cuando fui a verlo el pasado 12 de julio y pude comprobar su deterioro físico y anímico en apenas un año. No pretendo caer en un ternurismo evidente, solo pretendo decir la verdad. Ni escribir un perfil de Alfonso ni un texto de estilo académico sobre su figura. Tampoco le hace falta a Alfonso, basta haberlo seguido para saber de sus logros y capacidades. Esto es solo el impulso de poner por escrito los recuerdos y el sentir de un amigo que llora su ausencia, como un merecido homenaje.



Nos conocimos en el Institut Francesc Macià de Cornellà el año 1979 cuando empezamos el primer curso de BUP. Él venía del barri Centre y yo del barri Pedró. Coincidimos en el 1º 5º donde rápidamente se ganó mi admiración por su calidad futbolística y su personalidad magnética. Empezamos a compartir aficiones, en aquel momento, principalmente el fútbol y la música. La literatura llegaría mucho más tarde, pero con la maravillosa virtud de unirnos nuevamente y hasta ahora. A eso me referiré más adelante. Yo envidiaba sanamente y admiraba su condición de jugador de nuestra UD Cornellà. Recuerdo muchos detalles de aquella pasión compartida. Una vez nos enfrentamos con ellos el juvenil de la UD Gavarra, otro equipo de barrio de nuestra ciudad en el que jugaba yo entonces, en un partido de copa local de Cornellà o algo así. El caso es que a falta de diez minutos nosotros íbamos ganando cero a tres, con uno de los goles mío y, en esos últimos diez minutos ellos fueron capaces de remontar y hacernos cuatro. Increíble pero cierto. Nunca me sentí peor ni una derrota me había dolido más hasta entonces. Lo comentamos en el instituto como una batallita más del fútbol y con rivalidad sana porque Alfonso era un ejemplo de deportividad. Con esos precedentes, con mis ganas de prosperar en el fútbol y el prestigio y el orgullo de jugar en el primer equipo del Cornellà, cuando el club me fichó por mi condición de goleador fue un momento de máxima felicidad para mí; iba a jugar además con mi admirado y querido compañero de instituto Alfonso Morillas. Solo jugué con la UD Cornellà un año, que no fue mi mejor año precisamente, pero esa es otra historia que ahora no vienen a cuento. Solo añadiré que él siempre fue un gran compañero, dentro y fuera del terreno de juego, como en el instituto, y que del guante que habitada en su bota derecha nació el centro de mi primer gol en mi debut y en nuestro campo, momento que inmortalicé en un relato de un libro, el primero que coordinamos juntos para la Agrupació de Veterans de la UD Cornellà.


En segundo de BUP volvimos a coincidir en el mismo grupo, pero en tercero y en COU nos separamos como compañeros de clase, él, orientado a los itinerarios de ciencias y yo, a los de letras. No obstante seguimos compartiendo muchas cosas, y hubiéramos compartido muchas más seguramente, de haber vivido en el mismo barrio. Tengo muchos recuerdos especiales, como cuando me habló con pasión de la banda inglesa de rock, Supertramp, y me acompañó a una tienda de discos de la rambla de Cornellà para comprar su sexto álbum, “Breakfast in America”. Aquel vinilo dio tantas vueltas en mi tocadiscos como los balones que hicimos rodar aquella época. O cuando nos escapábamos algún sábado en autobús al parque Cervantes de Barcelona. Allí pasábamos el rato dando toques y pases a un balón sobre la hierba natural que aún apenas habíamos pisado como jugadores en campos de fútbol. Para mí era un honor, porque me sentía muy lejos de su calidad técnica, compartir con él aquellos momentos, y lo vivía como un privilegio, como un regalo. 


Después del año en la UD Cornellà vino la mili y a la vuelta, estuvimos a punto de coincidir de nuevo, esta vez en el Levante Las Planas CF, pero la decisión de un entrenador y de una junta directiva lo impidieron.Yo había jugado en ese club el año anterior, había terminado como máximo goleador y el equipo a dos puntos del ascenso a pesar de lo cual no me renovaron cuando a él, junto a otros excompañeros de la UD Cornellà, el club los fichaba para la siguiente temporada y, nobleza obliga, hay que decir que el equipo encadenó dos ascensos seguidos y a punto estuvo de conseguir uno más que los hubiera situado en la tercera división nacional de entonces. Pero esa es otra historia que recogí también en otro libro, en “La alineación y otros relatos esféricos”, Stonberg Editorial, Barcelona 2024, que Alfonso me presentó hace apenas un año y medio. 

Después de ese reencuentro futbolístico frustrado se produjo un gran paréntesis en nuestra relación, desde el año 1985 hasta el año olímpico. Eso no quiere decir que durante ese paréntesis no supiéramos el uno del otro; no. Seguimos en contacto o en encuentros esporádicos que tuvieran que ver con el fútbol, o a través de amigos comunes, como mi primo Pedro Gamero –otro crack humano y como jugador, que también nos dejó hace tres años, cuyo abrazo está esperando a Alfonso en el cielo. 


Volvimos a retomar nuestra amistad después de que yo abriese con mi hermana Inma en 1992 un bar musical al que llamamos “Piano Bar Punto y Aparte”.  Me pasó con él y con otros viejos amigos que, de repente, la coartada del bar nos reunía para pasar buenos ratos juntos. Un buen servicio, música en vivo, karaoke y la amistad, garantizaban el éxito del reencuentro. Venía solo o con su novia, o con mi primo Pedro u otros amigos y nos pusimos al día después del primer paréntesis en nuestra relación. Y cómo no, volvimos al balón. Esta vez, como propietario del bar, yo me convertí inesperadamente en sponsor y él, era un fichaje de lujo. Y jugamos un par de campeonatos de fútbol sala en el Club de Tenis Forn de Sant Joan Despí donde competían otros grandes equipos de fútbol sala. El primer año fuimos subcampeones y el segundo, sinceramente, no me acuerdo. 

El fútbol en este caso, como suele ocurrir en el contexto del fútbol humilde, nos servía para tomar algo antes y, sobre todo, después de los partidos. Y cantábamos canciones de karaoke en mi Piano Bar. Recuerdo a Alfonso y a mi primo Pedro cantar a dúo una y otra vez la canción “Entre dos tierras”, imitando a Enrique Bunbury de la banda de rock “Héroes del silencio”.  Después de cinco años inolvidables, hacia finales del 1997, mi hermana y yo decidimos dejar el bar musical y lo cedimos en alquiler durante unos años. Digamos que eso significó el paréntesis más largo en nuestra relación, hasta el año 2015.  Cada uno llevó su vida, seguíamos teniendo referencias el uno del otro a través de los muchos amigos comunes, sí, pero Alfonso ya se había ido a vivir a El Vendrell, y yo estuve viviendo y trabajando en Madrid desde el 2009 al 2014, de manera que la distancia y las obligaciones de cada uno, ambos ya padres además, no ayudaban a que nos viéramos más a menudo.

            Y de repente, irrumpió la literatura para unirnos de nuevo. Fue en el año 2015 cuando descubrirnos mutuamente que ambos éramos dos “literaturadictos” como me gusta decir a mí. Además, en su caso lo descubrí como un experto en literatura futbolística. Las cosas se habían ordenado de manera felizmente natural en una suerte de azar inteligente. Ambos habíamos sido dos buenos estudiantes y lectores, sí, pero no solíamos hablar de libros en nuestra juventud. También habíamos sido jugadores, él excelente, yo del montón y, de repente, literatura y fútbol se unían en un matrimonio justo y necesario. La excusa fue que yo había publicado mi segundo libro de relatos “Las tres caras de la moneda”, Editorial Gramática Parda, Sevilla 2013. Alfonso se puso en contacto conmigo porque a raíz de un encuentro con excompañeros del Levante Las Planas CF, supo a través de mi primo Pedro que yo había publicado ese libro y que ese libro incluía el relato futbolístico “La alineación”. 


A partir de ahí Alfonso puso en marcha su enorme habilidad de investigador para rastrear primero en Facebook y después en la Biblioteca Marta Mata de Cornellà, donde localizó un ejemplar de mi libro. Y me hizo un gran regalo: una extraordinaria reseña del relato y del libro en su blog.

Descubrí su magnífico Futbol Club de Lectura https://futbolclubdelectura.com en el que Alfonso desplegaba su pasión por la literatura futbolística con un sinfín de reseñas y recomendaciones de libros. Empezamos a compartir referencias, lecturas y experiencias y me rendí ante su sabiduría. Si yo descubría un artículo, un relato, una entrevista o lo que fuera sobre el tema, corría a compartirlo con él. Pero él ya lo conocía... y no solo eso, me aportaba además todo lujo de detalles sobre el contexto y me recomendaba nuevos libros que tuvieran alguna relación con el asunto. Llegué a la conclusión, y me ratifico de nuevo en que, si bien no conozco a todos los expertos sobre literatura futbolística que pueda haber en este país, Alfonso Morillas sin duda ha sido uno de ellos. Y me pregunto: y ahora, ¿quién me pasa la pelota?

            El regalo de esa reseña provocó un nuevo regalo tan inesperado como el primero. De repente, me hizo saber que otro enfermo de la causa, el periodista y profesor de literatura David García Cames me había incluido en su extraordinaria tesis doctoral “La jugada de todos los tiempos. Fútbol, mito y literatura”, Prensas de la Universidad de Zaragoza, Zaragoza 2018. Dentro de un subcapítulo dedicado a la narrativa futbolística del momento, citaba mi relato “La alineación” entre los de otros autores españoles. Entonces no supe los detalles, pero me confirma David estos días que, efectivamente, él supo de mi relato gracias al blog de Alfonso, que le fue muy útil para su tesis y añade, literalmente: «su trabajo resultó fundamental para todos los que llegamos después». Es de justicia recordarlo ahora y poner en valor el mérito del trabajo que hizo Alfonso, por más que él, siempre tan humilde, nunca alardeara de ello. 

            ¿Se puede ser más generoso?

            Desde entonces, y hasta este trágico final, este partido perdido por penalti injusto en el tiempo de descuento y sin VAR que lo pueda revisar, Alfonso y yo hemos estado compartiendo pasión por la literatura en general y la futbolística en particular de la que yo solo he sido lector y él, un experto.

            También volvimos a compartir balón y terreno de juego porque, a raíz del reencuentro gracias a la literatura que acabo de contar, lo animé a que se sumase a la Agrupació de Veterans de la UD Cornellà donde yo ya llevaba algunos años. Un fichaje extraordinario para nuestra tercera y última etapa como compañeros de vestuario. Con los veteranos estuvimos jugando, de manera esporádica, desde el año 2016. 



Para la Agrupació coordinamos juntos la edición de dos libros de recuerdos en forma de relato, el ya citado antes, “Recuerdos con historia”, Ediciones Gráficas Rey S.L., Cornellà 2018 y, posteriormente, “Recuerdos con historia 2”, Ediciones Gráficas Rey S.L., Cornellà 2023. Qué fácil fue trabajar con él en esos dos libros... Fue cumplidor y preciso, ordenado, hábil en la interpretación y revisión de los textos y dialogante, proponiendo ideas sin intentar imponerlas nunca, negociando los detalles y respetando siempre mi opinión y la de los compañeros de la Agrupación que nos encargaron el trabajo. Y claro está, presentamos juntos ambos libros haciendo un juego, nunca mejor dicho, futbolístico, como si fuera un partido de fútbol el primer libro, y al estilo de una entrevista cruzada entre un periodista y un entrenador con el segundo.

Pero vuelvo atrás en el tiempo para citar otros momentos cruciales en nuestra amistad “futbolibresca”, como diría él. En septiembre de 2018 perdimos a nuestra maestra común, a nuestra exprofesora de ciencias sociales, Carmen Dulanto, quien había sido nuestra tutora en primero de BUP. Ambos habíamos tenido una relación especial con ella y teníamos un recuerdo inmejorable de su maestría, de tantos valores como nos inculcó en los años del instituto y posteriores. Tuve el honor de coordinar un libro de recuerdos de exalumnos y excompañeros de profesión de Carmen, junto a los amigos Cristina Serna, exalumna también de Carmen, y Jaume Codina exprofesor del INS Francesc Macià, “La Dulanto. Textos para recordar a la profesora Carmen Dulanto”, Ediciones Gráficas Rey S.L., Cornellà, 2019. Cuando le pedí a Alfonso que participara en el libro, no dudó un segundo y aportó un texto muy emotivo. En su recuerdo cuenta una anécdota personal deliciosa y como, a raíz del sorteo de un simple lápiz, Alfonso había sido capaz de comprender el mensaje oculto en la sabiduría de nuestra querida profesora Carmen: no bastaba con desear las cosas, había que creer en ellas, quererlas, y trabajar por conseguirlas. Presentamos el libro en el instituto, en una sala de profesores rebosante de amigos y emoción, más o menos al cumplirse un año de su muerte. Un recuerdo imborrable que iría consolidando nuestra complicidad como amigos, excompañeros de instituto y enamorados de la docencia.

            El mismo año 2019, debutaba el escritor dormido que Alfonso llevaba dentro desde siempre, haciendo así justicia consigo mismo y con su trabajo como lector, bibliotecario, animador a la lectura y bloguero. 

Y más regalos de Alfonso, primero cuando me pidió que leyera y le comentara el original, y después cuando le presenté, primero en la Biblioteca Marta Mata, en su barrio de siempre, y después en el FNAC de Cornellà su primer libro “La hermandad de los balones desaparecidos”, Libros Indie, Torrelavega, Cantabria 2019. Quedaba claro que el “virus” de la escritura le había atacado y así se lo dije, y que no existía vacuna contra él. 




Solo pasaron dos años más para publicar su segundo libro “Futbolsilibros. Una intriga bolsilibresca”, Libros Indie, Torrelavega, Cantabria 2021, en el que crea un trasunto de él mismo, René Morillas, para adentrarse, en clave de género policíaco, en otra de sus pasiones: la literatura Pulp y las novelas de quiosco. Además de su condición de escritor, Alfonso tenía siempre el entusiasmo y la capacidad infatigable para organizar cualquier evento o contenido que tuviera que ver con su pasión. Recuerdo por ejemplo cuando en julio del 2017, con motivo del treinta y cinco aniversario de uno de los partidos míticos de la historia del fútbol, el Brasil-Italia del Mundial de España de 1982, organizó el visionado y tertulia sobre el partido, en la Biblioteca Marta de Cornellà.

Había participado también en la promoción y dinamización lectora en algunos colegios, de la célebre colección de libros “Los futbolísimos” de la Editorial SM. Montaba paradas en Sant Jordi en Barcelona para promocionar la literatura sobre fútbol a la que invitaba cada año a diferentes autores, como por ejemplo a Julián Cerón Madrigal, amigo común desde entonces, un prestigioso doctor en Bioquímica enamorado del fútbol y la literatura.

En los últimos dos años había empezado otro proyecto, el “Espacio Kalima” creo que lo llamaban, porque consistía en reunir en el Bar Kalima de Coma-ruga a amigos y lectores entorno diferentes temas, aunque no necesariamente relacionados con el fútbol. También se presentaban libros y se mantenían tertulias sobre alguno en concreto, trayendo a autores de prestigio como por ejemplo a Gabi Martínez el año pasado, con motivo de la publicación de su libro “Delta”, Editorial Seix Barral, Barcelona 2023.

            Y como no hay dos sin tres, Alfonso publicó su tercer libro, “Una sorprendente incógnita”, Stonberg Editorial, Barcelona 2025, con un epílogo del filólogo y periodista Joaquim Noguero. 


Volvía al género policíaco con su personaje René Morillas y a los bolsilibros, esta vez para homenajear a los portadistas de la literatura de quiosco. Este libro no se llegó a presentar. Porque otro bicho, no el de la literatura sino el maléfico, negro e injusto del cáncer, se interpuso en nuestro camino.

            Íbamos a coincidir firmando juntos, por primera vez en un Sant Jordi y compartiendo editor este año 2025, él con ese último libro y yo, con mi “La alineación y otros relatos esféricos” que Alfonso me había presentado en Cornellà el 6 de abril del año anterior. Llamé a nuestro editor, Jordi Castelló. Yo tenía asignada otra hora,  pero le pedí la misma hora que tenía Alfonso en la franja de firmas de autores, por la tarde, para darle una sorpresa. Y de repente la sorpresa me la llevé yo: el mazazo de la cancelación por prescripción médica y la vertiginosa decadencia de su salud hasta el final, en apenas ocho meses. Un partido amañado... La vida, como el fútbol, es así... así de imprevisible y azarosa, así de cruel a veces, cuando apenas un milímetro más aquí o allá, decide si el balón sale rebotado o entra en la portería. 

            En este tiempo desde el diagnóstico del cáncer, Alfonso ha evitado siempre provocar la conmiseración. Decía la verdad, pero sin detalles, sin profundizar. ¿Para qué? Ha sido un señor, como lo fue en el terreno de juego, en todo momento. Cuando le preguntaba por su estado, por las pruebas y los análisis, respondía vagamente, cambiaba de tema o hablaba de sus nuevos proyectos. Como dije al principio, el pasado doce de julio fui a verlo a su casa. Esa visita fue una bofetada emocional para mí e imagino que también para él, porque su deterioro físico era evidente, aunque poco después tuvo una esperanzadora mejoría. Estuvimos charlando un buen rato los dos con su mujer, Toñi y, a pesar de todo, guardaré siempre un buen recuerdo de aquel día. Yo me resistía a que fuera una despedida, como lo ha sido desgraciadamente, y lo animé a seguir investigando sobre el tema al que había dedicado los últimos años. Tenía yo un as en la maga, una motivación extra. Le traje un libro con gran ilusión, sabiendo que le iba a encantar, un libro rescatado del bookcrossing en una cabina telefónica de Oslo reconvertida en librería pública. Se trataba de un bolsilibro de un western en noruego, editado en 1970, lo que confirmaba sus sospechas de que el género, importado de los EEUU a partir de los años cincuenta, no solo había calado en España sino también en otros países europeos. Y se animó a tirar del hilo. Le preocupaba no haber podido promocionar el libro “Una sorprendente incógnita”, más por la editorial que por él mismo. Yo le decía, sabiendo de la bonhomía del editor, que no se preocupara, que ya lo haría una vez recuperado. Le preocupaba también el silencio en las redes, obligado por las circunstancias de su convalecencia y la enfermedad y con los amigos y entonces, el pasado 14 de agosto subió un vídeo en sus redes. En el vídeo explicaba por encima su situación y presentaba brevemente el libro animando a la gente a comprarlo. Por cierto, ahí sigue para los que aún no lo tengan https://www.stonbergeditorial.com/product-page/una-sorprendente-incógnita-alfonso-morillas  

Para todos los que desconocían la situación de Alfonso, el vídeo fue un duro golpe, pero por encima de todo, por parte de Alfonso fue un nuevo gesto de generosidad, de humildad y valentía. Me consta que muchos amigos lo llamaron por teléfono o le escribieron. Con algunos de ellos yo mismo intercambié llamadas aquellos días.

            Alfonso Morillas fue el mismo en la vida, en el terreno de juego y en su literatura. Ingenioso, elegante, práctico, preciso, amigo. Ha sido una suerte haberlo acompañado durante cuarenta y cinco años, recibiendo pases, creando jugadas que nos han reportado grandes momentos vitales, literarios pero ahora, su hueco es irremplazable. Mi primo Pedro lo habrá abrazado en el paraíso de los buenos, y seguirán hablando de fútbol, de música y de libros. 



Mientras tanto aquí abajo nos quedará el recuerdo, su legado, la pérdida y la nostalgia irreparables. Su mujer, Toñi, ha sido otro ejemplo de entereza y saber estar a la altura del amor y su hijo, Biel, muy joven aún pero ya un hombre, no podrá tener mejor ejemplo de vida para siempre que el de su padre. Para ellos, para la madre y sus hermanos va también mi más sentido abrazo.


Alfonso Morillas Romero era Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Barcelona, Máster en Formación del Profesorado de Educación Secundaria, Bachillerato y FP por la UNIR, Máster en Edición por la UOC, creador del blog Futbol Club de Lectura https://futbolclubdelectura.com y trabajó los últimos diecisiete años en la Biblioteca Pública Terra Baixa del Vendrell.