El palacio vacío
Raúl Nieto de la Torre
Valencia, 1ª edición, mayo de 2026
Ediciones Contrabando
ISBN: 979-13-991726-3-8
El palacio vacío es la primera novela del poeta Raúl Nieto de la Torre y es fácil hacer un juego con los adjetivos opuestos, porque no hay un solo hueco, un solo vacío de tensión lingüística, porque la novela está llena de literatura. Siempre lo tuve claro y podría poner muchos ejemplos: cuando un buen poeta se pone a narrar, o, para ser más exactos, a escribir una novela, porque la poesía también narra, entonces tenemos una certeza, una especie de aval de calidad garantizada. Es casi un silogismo: si la poesía es la palabra exacta, esa expresión esencial aplicada a la narrativa, esa ecuación, nos lleva a una novela también poética, exacta y esencial. Así sucede en esta obra poliédrica, formada por un excelente manejo de la elipsis, por un lenguaje preciso, por contar solo lo necesario e interpelar así al lector para que no tenga otro remedio que dejarse atrapar por la historia. Y todo eso lo consigue Raúl, dando la razón a otra convicción muy antigua: que el argumento a menudo es lo de menos, que lo primordial en literatura es la manera de contarlo. Con todo esto, desde la manera concreta de contar de Raúl, luego ya veremos la intencionalidad, lo que pretende comunicar el autor o, cuando menos, o también, lo que ha interpretado este lector que les escribe, estamos ante un extraordinario estreno.
El argumento no es otro que el de un empleado a punto de jubilarse, Teófilo Castro Martínez, Teo, narrador único en primera persona, que le cuenta a su substituto los entresijos de la empresa Icaria Solutions, dedicada a la logística, la administración y la entrega de paquetería –yo la imagino como un trasunto de Amazon–, pero que, en realidad, lo que procura es el control personal de sus empleados y, en una expansión posterior, el control de grandes masas de gente a nivel mundial. Los intereses de la empresa, en lo que sería un clásico del espíritu original del capitalismo, chocan con la libertad individual de sus trabajadores. Estos no pueden tener una vida personal e íntima, unas relaciones y unos sentimientos que los desvíe del control y el cumplimiento perfecto de sus funciones, pero Teo, que se rebelará al principio contra el sistema, sucumbirá finalmente al mismo, cosa de la que se arrepiente profundamente y así se lo cuenta a su futuro substituto a lo largo del día de formación que ocupa el arco temporal de la novela. Teo le cuenta a su reemplazo su delito: enamorarse de la empleada A37, Adriana, y, siendo él Encargado de Control e Incentivos (ECI), poner así en riesgo sus empleos y sus vidas. De eso, el día de la formación de Teo al substituto, ya han pasado trece años. Adriana y su hija Carlota –fruto de un primer marido–, ya quedaron atrás en la vida de Teo, como un recuerdo de su debilidad, pero también de su fortaleza inducida, rompiendo con ellas de la forma más macabra e irracional posible: matando a golpes y ante sus propios ojos a Nemo, el perrito de ambas, justo el día que Adriana y Carlota le habían montado una fiesta sorpresa por su cincuenta y dos cumpleaños. Una historia truculenta, un arrebato inconsciente, la cobardía desde la crueldad, la rabia contra uno mismo desde la impotencia. Aceptar en silencio la alienación. En realidad, el cometido de Teo era el de elaborar un informe para la empresa sobre su substituto. La empresa, y el mismo Teo, confían en su capacidad. Pero Teo, en cambio, aprovecha para darle al candidato una cantidad y una calidad de información que él no recibió tantos años atrás.
Una de las principales enseñanzas de Teo a su pupilo es que aprenda a «hacer tiempo», un eufemismo de perderlo haciendo ver a los demás que estás trabajando en muchas cosas para, en realidad, no hacer el trabajo de los demás y que los demás no solo no se den cuenta, sino que crean que siempre estás hasta arriba de ocupaciones. Todo un arte. Por cierto, ¿no han conocido ustedes a ningún jefe así de capacitado? Yo sí, muchos.
Pero el interlocutor de Teo en El palacio vacío es un personaje sin nombre, deliberadamente anónimo, un personaje joven de unos treinta y cinco años que no dice una palabra en toda la novela, pero que no hace falta porque todo lo que sabemos de él es a través de las palabras de Teo ¿Por qué? Porque dicho interlocutor podría también ser yo mismo, o el propio Raúl Nieto, o el narrador único de su novela, Teo, o incluso, por supuesto, cualquiera de ustedes, lectoras y lectores. Porque todos estamos concernidos en el mensaje subliminal. Ustedes sabrán… Yo, como Teo y Raúl Nieto, también aviso.
Y ahí está la cuestión, en ser o no ser… y perdón por la boutade. En no acabar como Ícaro, abrasado por la vanidad. Aprovechar ese día de tutoría impagable y traspaso de información que Teo le regala al nuevo, su historia de amor y su conflicto humano, para que su substituto no caiga en sus mismos errores. Dejarse llevar por la plácida realidad, con lo fácil que es que te quiten el ego y los afanes, no tener que pensar, orillar el lastre de los sentimientos, con lo que agotan… Abandonarse al algoritmo ordenador. Porque, efectivamente, como ocurre en cualquier sistema capitalista y dictatorial, la alienación es la clave del éxito del empresario tirano. Dice Teo:
«El mayor éxito de la compañía es haber conseguido que los trabajadores, ante las dificultades que se les van presentando, achaquen sus fracasos a su propia falta de capacidad y no se organicen entre ellos para protestar contra el Comité de Dirección. ¿Recuerdas que solo tienen acceso a una inicial del nombre de sus compañeros? Te dije que era para evitar rencillas personales, sí, pero también eso ayuda a separarlos, a que cada uno se ocupe solo de sí mismo. ¿Quién sentiría pena de un simple H39 o de un P76?»[i]
En esa línea de control de las personas por parte de la compañía, los jefazos viven lejos y se pasan poco por la empresa y, si lo hacen, no avisan. Si fallece un empleado o familiar, envían coronas a los velatorios, o regalos en las bodas, envían incluso acompañantes de carne y hueso para hacerles pensar que les importan. Según Teo, «Una genialidad de la psicología empresarial»[ii]
Los jefazos son los fundadores de la empresa Alexander Donovan, máximo accionista, y el ideólogo principal José Luís Kargol. Y el responsable técnico, Diego Salvatierra, un fijo de lealtad perruna desde hace más de veinte años, tiene una estrategia más de control: inaugurar cada temporada con una barbacoa en su casa de Torrelodones junto a Marta, su encantadora esposa. Pero esa barbacoa, a la que acude toda la cúpula de la empresa, no es más que otra forma de chantaje emocional para hacerte creer que eres de los suyos, alguien importante. En una de ellas, Richard Donovan, alias Ricky, hijo de Alexander, a quien Teo conoce desde que el heredero era un niño, le hace una revelación inquietante. Habla Teo:
«Yo me había apartado unos metros del grupo y, apoyado en la pared, observaba el agua del estanque. Ricky se acercó sin hacer ruido y me dijo algo por la espalda que no entendí bien. Giré la cara con extrañeza:
—El pato nos vigila, ¿es eso lo que estás pensando?
—Me ha dicho Diego que ha habido robos en la urbanización.
Soltó una risa nerviosa y estridente que a mí me pareció exagerada. (…)»[iii]
El pato es de plástico, está colocado sobre una piedra del estanque de la casa y esconde una cámara que los observa. Era una novedad de la última barbacoa. En esa conversación Ricky le cuenta que la empresa, en plena expansión, está a punto de cerrar un acuerdo con la tercera empresa de seguridad más importante de Asia, que quieren incorporar sus sistemas de inteligencia a nivel masivo, que les interesa el control de grandes grupos de población… Y con ello, el control de sus vidas, de sus imágenes y de sus historias lanzadas al limbo de las redes y la nube.
Con todo este escenario, que es un complot silencioso y bien urdido por quienes manejan los hilos, Teo, que ya lo ha perdido todo, el amor, la dignidad y por supuesto, la libertad, no se resiste a llegar al fondo de la cuestión y dejar de traspasarle sus descubrimientos al substituto, convirtiéndolo, de alguna manera, en cómplice. Primero descubre en los archivos de la compañía que, efectivamente, la empresa tiene en su poder archivos con documentos y fotos personales, muchas, manipuladas. La empresa las utiliza al más puro estilo extorsionista de cine negro, para disuadir a los empleados de atreverse a tener una vida personal feliz. Con él lo hicieron antes de romper con Adriana y matar al perrito Nemo enviándole una imagen de Carlota, sin manos, intentando tocar la guitarra con sus muñones, una imagen espeluznante que correspondía a una pesadilla que él mismo había tenido antes de la ruptura y el asesinato de Nemo. Eso significaba que el sistema podía incluso meterse dentro de la mente de sus trabajadores. Teo no puede ir a las autoridades, no puede denunciarlo, no tiene pruebas concluyentes, nadie le creería y le costaría un dinero que no tiene. Por eso, lo segundo que piensa es en contactar con José Luís Kargol, el verdadero ser pensante del sistema. Nadie sabe dónde se encuentra; de hecho, circulan muchas leyendas acerca de su paradero, pero, finalmente, la pericia de Teo lo lleva a dar con su ubicación. Teo lo tiene claro, cuando esté frente a él, solo le hará dos preguntas:
(…) «¿es posible para la inteligencia del sistema R&P acceder a los pensamientos de sus usuarios? Y, de ser así, ¿qué probabilidad hay de que esa inteligencia no solo extraiga, sino que introduzca ideas y pensamientos dañinos en ellos?»[iv] (…)
Porque Teo necesita esas respuestas para redimirse, para expiar su culpa por la ruptura con Adriana, de su abandono a ella y a Carlota y por el asesinato del perrito Nemo. Teo necesita saber que es inocente, en definitiva. Y entonces Raúl Nieto siembra una duda razonable en el lector y le sirve así una profunda reflexión ética. Kargol, primero le desvela el quid de la cuestión del sistema:
«—El sistema, Teo, se creó con el objetivo de doblegar la voluntad humana. No era el único, pero sí el principal objetivo. A la manera de ciertas religiones o formaciones políticas que a lo largo de la historia han impuesto a sus subordinados disciplinas férreas, sin base racional alguna. La psicología social ya demostró dos cosas en su día: la necesidad del ser humano de pertenencia a un grupo y la posibilidad real de poner en duda hasta lo más evidente si contradice la opinión mayoritaria del grupo.»[v]
Y después Kargol le responde negativamente a la principal duda de Teo. El sistema no es un alien que ha usurpado su voluntad:
«—Ya te lo he dicho. Olvídalo, Teo, no es posible ni leer ni manipular el pensamiento de nadie con el nivel actual de desarrollo tecnológico.»[vi]
Luego, suponiendo que eso sea cierto, y no una defensa de Kargol hacia la creación de su «monstruo», llegaríamos a la conclusión de que el individuo seguiría siendo más perverso que cualquier sistema de inteligencia no humano y Teo habría actuado llevado por un estado de enajenación transitoria puntual cuando mata al perro para matar así, a su vez, su vida amorosa y no seguir siendo víctima de la culpa y la presión del sistema que acaba abduciéndolo.
Lo de la «psicología social» y «la necesidad del ser humano de pertenencia a un grupo» no ha cambiado, y cobra relevancia hoy día con el auge de extremismos reclutadores, pero… llegados a este punto yo asumo el riesgo de dar por hecho, con la velocidad de crucero que ha cogido la ciencia ficción encarnada ya en la realidad, de afirmar algo que Raúl Nieto y Teo ya saben, y su substituto lo descubrirá en breve, cuando ya sea tarde: que sí; que, en breve, la inteligencia artificial habrá dejado de competir con nosotros, nos habrá superado, y sí será capaz de entrar en nuestras consciencias. Habrá creado comunidades artificiales entre sus diferentes aplicaciones e incluso nos habrá convertido en sus clientes y de esto, sutilmente, también va o lo insinúa este palacio vacío.
Llegados hasta aquí me reservo mi última asunción de riesgo refiriéndome a los personajes y, como en toda historia, necesitamos a personajes contrapuestos. Ya hemos visto a los malos o siniestros, Donovan, Ricky, Salvatierra, Fernando Smith, Kargol… y también a los buenos, a los que están al otro lado de lo oscuro, con todas las comillas necesarias para Teo y su relevo: personajes como Adriana, Carlota, doña Valeria (madre de Adriana), Luismi, compañero de trabajo de Teo en Icaria Solutions quien, por cierto, muere en extrañas circunstancias, o Paquita, la madre de Teo aquejada de Alzheimer. Pero, sobre todo, y me lo dejo para este final, tenemos a un personaje nuclear disfrazado de secundario que me ha cautivado: el padre de Teo. Me refiero a Eugenio Hipólito Castro, poeta y revisor de trenes de largo recorrido. Ojo a las perlas que nos encontramos en el capítulo 26, habla Teo, siempre él:
«¿Ya te he dicho que mi padre era poeta? Revisor de tren de largo recorrido, y poeta. (…) Mi madre lo esperaba sin quejas ni entusiasmos, pero con un sincero afecto. Creo que se querían mucho. Lo primero que hacía al entrar por la puerta era leernos los poemas que había compuesto. A mí me daba no sé qué oírle decir cosas sin sentido, tan serio, en el pasillo o en la cocina, aún con el uniforme puesto y el maletón negro al lado, inseparable como un ataúd. De los poemas que por entonces nos leyó en voz alta (…) reconocí solo uno años después, en uno de sus libros publicados»[vii] (…) En él mi padre hablaba de sí mismo, de un humilde revisor como él que andaba en dirección contraria a la del tren, (…) Ahora ya no me avergüenzan las cosas sin sentido que contaba al volver de aquellos viajes».[viii]
El padre poeta es una joya de personaje que articula silenciosamente la personalidad de Teo: de su padre son sus noches de insomnio, de su padre son los miedos y la soledad, de su padre es el amor y las contradicciones, de su padre son los chillidos de una rata atrapada en un rincón de un tren, atrapada como Teo en Icaria Solutions… Esos chillidos de la rata con la que Teo confunde a Nemo el día que lo revienta a golpes ante el estupor de Adriana, Carlota y doña Valeria. El padre poeta de Teo da sentido a su psicología y a uno de los temas transversales de la novela, sutil pero persistente como un mantra: la dualidad entre el humanismo y la belleza, entre el amor y la productividad y el materialismo «ocedeístas» de tantos palacios vacíos en la sociedad actual.
Y ya no voy a divagar más. A lo mejor hubiera sido suficiente, porque me lo iban a agradecer a toro pasado, seguro, diciéndoles que lean esta novela de Raúl Nieto de la Torre, poeta de largo recorrido, aunque no revise trenes y ahora, novelista por derecho propio.
Jorge Gamero, Pallejà, octubre de 2026
____________________________________________________________________________________
[i] NIETO DE LA TORRE, Raúl, El palacio vacío, Colección Narrativa 48, Valencia, mayo de 2026, Ediciones Contrabando, página 35
[ii] Ibidem, página 64
[iii] Ibidem, página 124
[iv] Ibidem, página 149
[v] Ibidem, página 162
[vi] Ibidem, página 168
[vii] Ibidem, página 95
[viii] Ibidem, página 97














