Otra forma de pensar y de sentir la vida.
Jeroni Miguel
Barcelona, 1ª edición, octubre de 2024
Ediciones La Llave
ISBN: 978-84-19350-37-4
Conocí al profesor Jeroni Miguel Briongos hace unos treinta años, cuando él daba clases de Lengua y Literatura en la ESO, en FP, además de francés e italiano. El Doctor en Filología Hispánica ya llevaba unos años ejerciendo primero como profesor universitario en la Universidad de Padua, Italia, y después en secundaria, en el Instituto Manolo Hugué de Caldes de Montbui. Yo precisamente acababa de dejar las aulas después de apenas cuatro años de profesión docente e iniciaba una nueva: la de comercial editorial. A ella le debo haber aprendido tanto de personas como Jeroni y durante tantos años. La amistad nos llevó un tiempo que se fue alargando y enriqueciendo, primero a través de cortas o largas conversaciones –dependía de la agenda de ambos– y más tarde, con comidas, textos y confidencias compartidas. Él estuvo cerca de la creación, gestación y nacimiento de mi primer libro de relatos. Después hubo un largo paréntesis que se inició cuando me fui a trabajar a Madrid en 2009, donde estuve hasta 2014, y que terminó en 2025, pero nos sorprendió un «y de repente» –como debe ser en cualquier buena historia–cuando un amigo común, Pedro Lara, nos volvió a poner en contacto hace apenas un año.
Este reencuentro vino acompañado del libro que voy a comentar. Su lectura ha tenido, entre otras muchas virtudes y consecuencias, la de traerme al presente el recuerdo de aquellos años. Solo alguien como él podía escribir un libro así. Jeroni era y es un experto conocedor de Cervantes y obviamente del Quijote, también un amante de la lengua y la cultura italianas, y un profesor de la vieja escuela en el buen sentido del término y con toda la modernidad y la rebeldía que implica en estos tiempos ser un profesor de los de antes. Recuerdo que para él el alumno y los valores que había que transmitirle estaban en el centro de su quehacer diario. El interés de sus alumnos, la conveniencia didáctica y el beneficio para ellos, en el más amplio sentido, alumbraban todas sus decisiones y, en nuestro caso, evaluaban de manera inapelable cualquier propuesta comercial que yo le hiciera. Eso lo supe muy pronto y tengo que decir, modestia aparte, que siempre me adapté a sus criterios. Dentro de esa dosis de teatralidad e impostura que impone la tarea comercial de prescripción, esa era la única manera de que la relación, como fue el caso, fuera enriquecedora y sólida.
Vivir el humanismo hoy. Otra forma de pensar y de sentir la vida es el reflejo de esa manera de ser y de entender la profesión docente. Una causa y una consecuencia. La sabia utopía al servicio de la realidad. Por eso, entre otras muchas razones que iré desgranando, este libro debería prescribirse en todos los centros educativos de enseñanza media en una época en que más necesarios son los valores humanistas. Un antídoto para luchar contra las influencias del materialismo más crudo y el sistema de valores actual, impuestos por el mercado, los criterios «ocedeístas» o la tiranía de la imagen, la cosificación del éxito y el secuestro del sentido común. Me viene de repente a la memoria algo que dijo una vez el polifacético crítico de televisión y escritor Bob Pop: «hacen falta más referentes y menos influencers» Pues eso, este libro podría ser un referente. Vamos a ello.
El libro se abre con un «A modo de bienvenida» que es mucho más que una captatio benevolentiae –luego lo vemos–, y sigue con un «Preámbulo» y una «Introducción» con los que logra Jeroni no solo ponernos en contexto, sino, como quien sirve un aperitivo, invitarnos a seguir con el plato principal. Imagino sin esfuerzo al profesor Jeroni cuando, por ejemplo, abordaba con sus alumnos, incluso con los de la FP de la época, inicialmente incrédulos y en guardia, la lectura de uno de los libros más inteligentes y divertidos que se hayan escrito, Don Quijote de la Mancha. Cuánta pedagogía hay en la obra y cómo supo aprovecharla el profesor en su larga trayectoria...
Y sigue, ya desde su misma estructura, como un reflejo de una buena praxis didáctica, porque plantea doce capítulos con doce temas concretos que se pueden leer en el orden que se quiera, aunque a su vez haya un hilo, lo transversal de la recuperación de los valores del humanismo para intentar sanar la sociedad actual. Son doce clases o planteamientos magistrales sobre la sociedad en crisis, la religión y el mito, el cambio climático o la amistad y el amor, entre otros. Pero además, lo magistral no radica en la complejidad del discurso, sino precisamente en todo lo contrario: en la sencillez y claridad expositivas, no exentas de rigor y precisión. Ahí vemos al buen docente, cuando combina un lenguaje ágil y directo con las citas necesarias –por ilustrativas– y las lecturas pertinentes, hasta más de cien, para quien quiera acudir a las fuentes.
Podríamos resumir diciendo que se trata de un libro con un sencillo planteamiento dentro de la complejidad de su contenido. Y cabría añadir a su carácter didáctico la sinceridad. El enfoque inicial ya lo es cuando desde la primera página nos advierte que más que brindarnos conceptos indiscutibles, él pretende invitarnos a las dudas y, por lo tanto, a pensar:
«Siempre he defendido el beneficio de la duda, y me gustaría que tú también dudaras de todo lo que leas, puesto que esta actitud nos acerca más al conocimiento y nos aleja de quienes creen hallarse en posesión de la verdad absoluta.»[1]
Empezábamos bien la lectura. Esta idea me llevó rápidamente a recordar una de las experiencias de mis tiempos de estudiante universitario que guardo con más fuerza, cuando una mañana, el filólogo, poeta y pensador Agustín García Calvo (1926-2012) vino a dictarnos una conferencia. El sabio, con su pelambrera y su barba teatrales, nada más empezar, nos advirtió con firmeza a los presentes: «quien haya venido a escuchar certezas, ya puede ir saliendo de esta aula magna...» García Calvo hizo una pausa de unos segundos, nadie se movió, obviamente, y remató la idea con una sentencia lapidaria: «Yo a lo que he venido es a llevaros a las dudas, porque solo desde la duda y el pensamiento, podremos desenmascarar la falsedad de la realidad» y siguió deleitándonos.
«Leer es intercambiar ideas y pensamientos, una forma de ser abierta a la curiosidad, al hallazgo, a la sorpresa o a la emoción. Leer es asimismo percatarse, no sin asombro, de que muchas veces son los libros los que nos leen, y no al revés. Leer es, esencialmente, vivir.»[2]
Captada la atención del lector, con la atractiva sugerencia de replantearse los valores del humanismo para ser mejores, más felices, poniendo el foco en lo emocional y lo espiritual por encima de la superficialidad de lo material, iniciamos el viaje acompañado por la reveladora didáctica del profesor Jeroni Miguel.
[1] Vivir el humanismo hoy. Otra forma de pensar y de sentir la vida, pág. 11.
[2] Ibidem, pág. 12.
El primer capítulo, Hacia un nuevo humanismo, es como el calentamiento de un buen deportista, preparando las bases de una nueva mirada que nos acercará al propósito humanista. Nos interpela hacia la autoconfianza desde la humildad, alejados de la soberbia, mala consejera, paridora de sufrimiento y violencia. Hacia la armonía con los demás también, como espacio necesario para el diálogo, la tolerancia, la amistad y el amor. La raíz de todo, la causa y la consecuencia en definitiva, será el propio ser humano pero, para llegar a este apriorismo es necesario compaginar una mirada interior con una mirada hacia los demás y entender lo obvio: que no estamos solos, que somos seres sociales. Jeroni va trufando este punto de partida con citas de grandes obras y autores, desde La Eneida de Virgilio, hasta La Ilíada de Homero, pasando por otros como Italo Calvino, Zygmunt Bauman, Friedrich Nietzsche o Francesc Torralba. Y nos lleva sutilmente por un camino que pasa por recuperar la dignidad desde el pensamiento crítico, el valor de la palabra para el diálogo lejos de la paradójica incomunicación de las redes sociales, la armonía con el entorno natural como hijos de la naturaleza y vecinos del resto de las especies –la «humanimalidad»– hasta llegar de nuevo al principio de la cuestión, lo auténticamente humano donde, la educación emocional desde la escuela y el concepto de asertividad serán piezas fundamentales para la recuperación del humanismo hoy. En palabras del propio autor:
«En tiempos difíciles como los nuestros, en ocasiones cargados de gran incertidumbre, solo nos sirve aunar esfuerzos y llevar a cabo acciones que hagan prevalecer una ética basada en principios y valores que consideramos irrenunciables, como la libertad, la justicia, el respeto, la comprensión, la tolerancia, el diálogo, la igualdad de oportunidades, etcétera; (...) Puede parecer una utopía o un sueño, pero, si no creemos en ello y no nos ponemos manos a la obra, nunca será una realidad. Solo “se hace camino al andar”, nos dejó escrito Antonio Machado (1875-1939). Esta nueva forma de caminar me hace creer que un nuevo humanismo es posible».[3]
[3] Ibidem, pág. 51.
El título del segundo capítulo, Una sociedad humanamente en crisis, es de una elocuencia reveladora. Desde aquello de Plauto (254-184 a. C.) Lupus est homo homini («El hombre es un lobo para el hombre»), hasta la conciencia ecológica del expresidente de Uruguay, José Mújica (1935-2025), pasando por Gandhi, Orwell o Yuval Noah Harari, Jeroni Miguel hace una crítica encendida y documentada sobre la violencia del hombre contra el planeta, su propia casa, y contra sí mismo, en una espiral de autodestrucción que parece ser un estigma constitutivo de la especie. No todo vale por el progreso y el enriquecimiento puramente económico, y no somos los dueños y únicos habitantes del planeta. Necesitamos una conciencia global, humanitaria y solidaria para que el planeta siga siendo habitable. Comparte el autor un rayo de optimismo, cree que aún estamos a tiempo de crear una sociedad mejor, porque muchos se han dado cuenta de que el progreso material no garantiza el bienestar personal. En el mismo capítulo, y como elemento potenciador de la deshumanización del planeta, señala cómo los trastornos de conducta y el empeoramiento general de la salud mental van en aumento, especialmente entre la juventud. Cada vez le hemos ido robando más tiempo a las relaciones humanas, y lo presencial ha perdido espacio frente a lo virtual, las horas frente a Internet y la diversidad de pantallas que pretenden organizarnos la vida. Se da la paradoja de que cuantas más herramientas para la comunicación tenemos, más incomunicados estamos, y la imagen pública que volcamos en las redes sociales no deja de ser un trasunto de nosotros mismos, la puesta en escena ideal según los patrones de éxito impuestos por las marcas y el sistema económico; un sistema que fabrica la verdad creando la mentira, las fake news que nadie audita. Esta «pandemia de la era digital», señala Jeroni Miguel, afecta también al sistema escolar y a los jóvenes especialmente. En Japón han acuñado el término hikikomori para denominar el fenómeno del aislamiento social de quienes se pasan la vida encerrados en sus habitaciones, secuestrados por las redes, los videojuegos y la televisión. Pero este fenómeno también se ha establecido en nuestro país, sobre todo desde la pandemia del covid-19, y ya existe una unidad de atención al respecto de esta patología en el Hospital de la Vall d’Hebrón de Barcelona. Trastornos de personalidad, aislamiento, sedentarismo, depresión, pornografía infantil, ciberacoso, canon inalcanzable de belleza y suicidio son las consecuencias que ya estamos sufriendo al respecto. Llegados a este punto, el autor cierra el capítulo con otro subtítulo elocuente: En busca de nuestra esencia perdida, en el que se propone algo tan necesario como evidente:
«Hemos de alcanzar una nueva conciencia que empiece por valorar todo lo bueno que aún nos queda, que respete tanto a las personas como al medio ambiente y que nos permita dejar de correr tras metas artificiales que nos prometen la felicidad a cambio de nuestra pérdida de identidad y de nuestra renuncia a los valores que nos identifican como verdaderamente humanos.» [4]
«La religión no es un asunto de Dios, sino del ser humano.» [5] Así se abre el tercer capítulo, dedicado al complejo mundo de la religión y el mito. Y me obliga a recordar aquello de Unamuno, que ha acompañado mi forma de entender la fe toda mi vida: «Creer en Dios es que querer que Dios exista». De esa necesidad surge la fe, y desde el mismo momento, como nos recuerda Jeroni, en que el Homo sapiens ya se preguntaba, alrededor de un fuego, o mirando al universo, por el origen de las cosas, por la vida y la muerte. Y de esa necesidad nace también el mito, lo ficcional, para explicarnos el mundo que nos rodea. Luego vino la apropiación de Dios, de su idea sanadora, para que obediencia, sumisión y fanatismo, consolidaran el negocio de algunos pocos. Lo dice el antropólogo y teólogo Lluís Duch (1936-2018) a quien Jeroni cita acertadamente:
«Es harto evidente que la historia religiosa de la humanidad es un inmenso cajón de sastre en el que se encuentran mezclados sin orden ni concierto lo mejor y más honorable junto a las aberraciones más espantosas, despiadadas y estremecedoras.» [6]
Jeroni Miguel, al margen de contextualizar los conceptos de la religión y el mito, fundamentales para el estudio de la humanidad, propone una renovación de la conciencia desde la recuperación de la idea del bien y del mal en el sentido más humano y no vinculado a unas creencias u otras. «La auténtica sabiduría», afirma, en una interpretación a mi modo de ver muy en consonancia con el budismo, «debería empezar por un acto de humildad, por no sentirnos el centro del universo y por reconocer los errores que hemos cometido en ese empeño pertinaz por querer indicar a nuestros semejantes el camino de la salvación.» [7]
A continuación, el capítulo cuarto, Una nueva espiritualidad, aborda la idea de que la espiritualidad no depende de seguir una religión u otra, sino de algo más profundo, atendiendo a la etimología griega de pneuma, el «aire», ese soplo o fuerza interna que nos lleva a sentir la vida, sin que esto signifique, necesariamente que religiosidad y espiritualidad se nieguen o excluyan entre sí. El decimocuarto Dalái Lama afirma:
«Para desarrollar un corazón bondadoso, un sentimiento de unión con todos los seres no es necesario practicar una religión convencional». [8]
En definitiva, Jeroni Miguel apela a la libertad del individuo al margen del entorno de las religiones, a ladear los dogmas absolutos y encontrar la bondad dentro de nosotros mismos. Algo que, a pesar de parecer una utopía y no resultar nada fácil, pasa por recuperar la confianza en nosotros, en darse cuenta de que hay otro orden espiritual fuera de las religiones convencionales, de que existen valores propiamente humanos como el altruismo, la compasión, el diálogo, la solidaridad, el respeto, la tolerancia, la libertad y, en definitiva, el amor; que son los que nos pueden llevar compensar un mundo caótico.
«Es importante que seamos flexibles y tolerantes en el modo de pensar, que huyamos de actitudes egoístas, que nos esforcemos en el diálogo creativo, que seamos respetuosos con las ideas opuestas a las nuestras, que renunciemos a comportamientos intransigentes, que ganemos en comprensión. Todo ello forma parte de la espiritualidad que se manifiesta en el ámbito de lo humano. Siempre encontraremos las grandes enseñanzas en el corazón de la experiencia vital». [9]
[4] Ibidem, pág. 78.
[5] Ibidem, pág. 81.
[6] DUCH, Lluís, La religión en el siglo XXI, Madrid, Siruela, 2012, pág. 17.
[7] Vivir el humanismo hoy. Otra forma de pensar y de sentir la vida, págs. 102-103.
[8] DALÁI LAMA, Conócete a ti mismo tal como realmente eres, Barcelona, Penguin Random House, 2014, pág.25.
[9] Vivir el humanismo hoy. Otra forma de pensar y de sentir la vida, pág. 118.
El quinto capítulo, Un planeta herido, pone la lupa sobre un tema que el autor ya avanzaba en el segundo capítulo: la situación crítica del medioambiente y nuestra relación con la naturaleza. Una relación de dependencia por nuestra parte, sin duda, en la que la tierra está siendo víctima de la prepotencia y el egocentrismo vital del ser humano. Una vez más se apoya Jeroni Miguel en diferentes sabios, en esta ocasión, de manera muy especial, en dos poetas, Walt Whitman (1819-1892) quien en su mítico libro Hojas de hierba escribe un maravilloso poema elogiando el sentido de pertenencia humano a la naturaleza:
«Creo que una hoja de hierba no es menos que el trabajo
realizado por las estrellas
y que la hormiga es igualmente perfecta, y un grano de arena [...]»[10]
El otro poeta es Joan Manuel Serrat que escribió una hermosa canción, en 1973, y que yo personalmente recuerdo como la primera canción ecologista en aquellos años en los que se empezaba a hablar de la sostenibilidad del planeta con campañas como la de «¿Nucleares? No, gracias». La canción se titula Pare (Padre), y es un llanto a la degradación del planeta. En Pare, Serrat empieza diciendo:
«Pare,
digueu-me què
li han fet al riu
que ja no canta,
rellisca com un barb
mort sota un pam
d’escuma blanca.» [11]
Y termina así:
«¡Pare,
estan matant la Terra!
Pare,
deixeu de plorar,
que ens han declarat la guerra.» [12]
Y termina, el autor, con otra mítica referencia, la del filósofo, poeta y escritor estadounidense Henry David Thoreau (1817-1862) quien, en su libro Walden, proponía el experimento de rechazar las comodidades de la civilización moderna, retirarse en plena naturaleza durante dos años y comprobar cómo se podía vivir solo de lo que esta nos ofrece.
[10] Ibidem, pág. 124.
[11] (Padre, /dígame qué/ le han hecho al río/que ya no canta,/resbala como un barbo/muerto bajo un palmo/de espuma blanca)Ibidem, pág. 130.
[12] (¡Padre,/que están matando la Tierra!/Padre,/deje de llorar,/que nos han declarado la guerra) La traducción, en ambos casos, es del propio Jeroni Miguel. Ibidem, pág. 132.
En el siguiente capítulo, Prisioneros del tiempo, Jeroni se adentra en la reflexión sobre otro de los temas universales de la vida y del pensamiento humano: el tiempo, su fugacidad, Carpe Diem, su aprovechamiento y su pérdida y, en definitiva, cómo con el devenir de los tiempos nos hemos abandonado a la velocidad insana y a la cultura de la prisa, mala consejera de la autenticidad, a los nuevos sistemas de comunicación, que han puesto en entredicho, por ejemplo, las distancias geográficas, con los que podemos hablar fácilmente estemos donde estemos. A la modernidad tecnológica se ha sumado, nos dice Jeroni, la aceleración. Y yo añadiría la inmediatez, porque esa supuesta facilidad comunicativa no entiende de pausas y demoras, exige respuesta inmediata. El control del tiempo se nos ha ido de las manos, podríamos decir. A todo ello hay que añadir la digitalización de los contenidos, que, como comentamos después de la lectura del libro Jeroni y yo, ha abordado la enseñanza reglada en los últimos quince años sin demostrar que tal cosa haya mejorado los resultados de aprendizaje; también ha sido otro factor de aceleración, dependencia del formato y, en definitiva, de pérdida de control del saber y la docencia.
Hace Jeroni también una distinción interesante entre el tiempo real, objetivo, y el tiempo subjetivo o «psicológico» que, dice: «[...] aumenta o disminuye en función de nuestra percepción, estado de ánimo, necesidad o prisas por llegar a un sitio determinado.» [13] En medio de esa tiranía del cronómetro, el capítulo nos propone retomar la conciencia del presente, reconocer la autenticidad de cada momento de belleza y calma por pequeño que sea y vivirlo, si cabe, como una «actitud de creación personal» [14] «Vivir es una actitud.» [15], sentencia Jeroni Miguel.
Como colofón del capítulo, el autor nos brinda otra reflexión fundamental, tan antigua como olvidada y cada vez más necesaria: «saber separar lo urgente de lo esencial». [16] Una idea que, en nuestras conversaciones post lectura, retomamos con la convicción y el consenso de la vida, según los cuales a menudo lo urgente nunca lo es lo suficiente como para pasar por delante de lo esencial, como dice él, o de lo importante, me permito yo añadir el adjetivo. Ilustra la calidad del tiempo que empleamos en las cosas con una cita de Nietzsche aplicada a la filología, nuestra pasión compartida:
«Y es que la filología es ese arte venerable que exige ante todo una cosa de quienes la admiran y respetan: situarse al margen, tomarse tiempo, aprender la calma y la lentitud, al ser el arte y el saber del orfebre de la palabra, que ha de realizar un trabajo delicado y cuidadoso, y nada logra si no es con tiempo lento.» [17]
[13] Ibidem, pág. 148.
[14] Ibidem, pág. 157.
[15] Ibidem, pág. 159.
[16] Ibidem, pág. 164.
[17] NIETZSCHE, FRIEDRICH, Aurora. Pensamientos acerca de los prejuicios morales, Madrid, Tecnos, 2017, pág.164.
Sentimos, luego existimos, siguiendo la frase de René Descartes (1596-1650) «Pienso, luego existo», se titula el siguiente capítulo de Vivir el humanismo hoy. Y la variación que propone Jeroni es tan acertada como poco inocente. Considera que, por encima, o al mismo tiempo que la evidencia del hombre como animal pensante, también está su condición de animal que siente y al que las emociones impulsan tanto o más que la razón. Cuando lo racional es la única vara de medir el comportamiento, se corre el riesgo de querer imponer las ideas y de someter, incluso con violencia, al otro. Por eso, Jeroni, recupera al filósofo holandés Baruch Spinoza (1632-1677) para matizar la teoría de Descartes. Pero lo hace a través de la sabia explicación de la filósofa catalana Victoria Camps que lo explica con la siguiente lucidez:
«El ser humano es, efectivamente, racional, pero la razón y el sentimiento no pertenecen a dos esferas distintas que compiten entre sí, son dos caras de lo mismo: el afecto es interpretado, conocido, y puede serlo de forma más o menos racional o ajustada a la realidad. Sin embargo, los afectos son necesarios, porque sin afecciones no hay acción. El hombre actúa porque algo le afecta o le conmueve, y eso le lleva a reaccionar con deseo, con amor, con odio, con ira o con miedo.» [18]
De ahí el título Sentimos, luego existimos de este apartado, a modo de principio y compleja conclusión ordenadora de todas las cosas. A continuación sigue ilustrando la idea con ejemplos como las pasiones desbordadas de algunos personajes shakespearianos, los fantasmas y monstruos de Goya, la idea platónica de la locura frente a la cordura, la capacidad expresiva desde la inestabilidad emocional de Edvar Munch (1863-1944) etc.
[18] CAMPS, VICTORIA, Breve historia de la ética, Barcelona, RBA, 2013, pág. 174.
El capítulo octavo, Todo empieza con una emoción, es una concreción del anterior a la vez que una ampliación de algo tan importante como el estado actual de la salud mental de la sociedad en general y de los adolescentes en particular, algo a lo que Jeroni no es ajeno, como gran profesor que ha sido y que seguramente no dejará de serlo nunca. Señala acertadamente que la tiranía de la razón eclipsa a menudo en muchos ámbitos de la sociedad el factor, importante, de la inteligencia emocional. Y cita la idea de «mente sabia» que desarrolló en 1993 la psicóloga estadounidense Marsha M. Linehan dentro de su «terapia dialéctica conductual» según la cual hay dos tipos de mentes, la racional y la emocional. En opinión de la profesora la «mente sabia» sería aquella que, explica Jeroni, «aúna ambas capacidades, sumando a ellas el conocimiento intuitivo».[9] Debo decir que a lo largo de mi vida, y especialmente en el ámbito laboral, las personas más brillantes y con mayor capacidad de liderazgo que he conocido han sido las que atesoraban esa «mente sabia», que les permitía poner al servicio de los demás su inteligencia desde lo humano.
Otra de las causas del mal estado psicológico colectivo, vamos a llamarlo así, es la tela de araña que teje sobre las personas la idea de la felicidad y de la perfección a cualquier precio que exigen las reglas de juego de las redes, esa idea mercantilista de que la debilidad, la fragilidad no venden y, sin embargo, lucir bellos y perfectos todo el tiempo nos hace tener más seguidores, más likes, más éxito y ventas en definitiva. «Demostrar que nos sentimos felices parece casi una obligación, con lo que engañamos a los demás y nos engañamos a nosotros mismos», dice el autor. [20]
De esta utopía surgen a menudo las frustraciones y, de estas, la necesidad de interpelar a los sentimientos, de huir del egoísmo, de convocar a la empatía, al altruismo, y entender que la verdadera fuerza humana está en las emociones. En ellas está la esencia de lo que somos y ellas son las que ayudan al intelecto a tomar las mejores decisiones, gestionar las tensiones, superar el estrés y ser más felices si cabe. Los valores del humanismo facilitarán este camino mientras que abandonarnos tan solo a la razón y las exigencias del sistema de valores cortoplacistas, enquistará la frustración, la sensación de vacío y de soledad y ello repercutirá en la salud mental. Pero ocurre que lo que los adultos podemos, en principio, racionalizar y llevar a buen puerto, a los niños y adolescentes les cuesta mucho más, les falta la madurez necesaria para protegerse y es entonces cuando se necesita que en la educación, más allá de la espontaneidad de grandes maestros, que los hay, se incorpore el cultivo equilibrado y el aprovechamiento de las emociones. Llegados a este punto, Jeroni Miguel es taxativo cuando afirma lo siguiente:
«La escuela, salvo contadas excepciones, ha creado analfabetos emocionales, porque en ella ha predominado la creencia de que al colegio, o al instituto, se va a aprender materias de diverso tipo y, sobre todo, a pensar concienzudamente, que no es lo mismo que pensar a conciencia. Ninguna atención, pues, a la inteligencia emocional, que para mí es la base del conocimiento.» [21]
No puedo estar más de acuerdo con Jeroni y, una vez más, me apoyo en mi propia experiencia profesional. Si bien es cierto que en los últimos quince o veinte años, sobre todo en las escuelas de primaria, se ha incorporado el trabajo de las emociones para facilitar el aprendizaje significativo; me duele decir que a menudo en muchas escuelas se ha quedado en un maquillaje de cara a la galería, aquello de no quedarse fuera de la supuesta modernidad. De repente, quien no trabajaba desde las emociones, se había quedado fuera de la moda, olvidando, de otro lado, que la emoción siempre formó parte de la buena pedagogía, como demuestra la corriente pedagógica de Rosa Sensat, o testimonios personales como los del docente y escritor francés Daniel Pennac en su brillante libro Chagrin d’école (Mal de escuela, Barcelona, Mondadori, 2008).
Por otra parte, nuevos agentes como la Inteligencia Artificial vienen a sumarse a la sociedad y por lo tanto también a la educación, y el autor nos advierte, sin maniqueísmos, puesto que ya vivimos otros momentos similares, como la llegada de Internet primero, la telefonía móvil o la digitalización de los contenidos después, que las nuevas herramientas serán buenas o malas en función del uso que seamos capaces de darles, al servicio del aprendizaje y no al revés.
En definitiva, con todas estas circunstancias sigue siendo aún más importante no perder de vista que los valores humanos son imprescindibles en la educación para la convivencia, para garantizar [...] «el respeto a la diferencia, la solidaridad, la comprensión, la tolerancia, la lucha contra las desigualdades –sean del tipo que sean–, el rechazo a todo tipo de violencia, la defensa de la paz, la protección del medio natural, etcétera.» [22]
Y sigue Jeroni, como buen profesor, ilustrando las ideas con ejemplos, como la carta que Albert Camus (1913-1960) le dedicó a su maestro de escuela Louis Germain, después de recibir el novelista y filósofo francés el Premio Nobel de Literatura en 1957. Pero sobre todo con ejemplos de su propia experiencia profesional, en la que siempre procuró equilibrar el aprendizaje de los contenidos con el estado de ánimo y las motivaciones de sus alumnos, con la necesidad de cumplir con sus obligaciones como docente sin perder de vista que, ante todo, trabajaba con personas, «seres con alma y sensibilidad». Pero «¿cómo estimular en los jóvenes la inclinación hacia el estudio cuando no la poseen? [23] Esta es la gran pregunta que todavía hoy se siguen haciendo los profesores y que Jeroni contesta, en la línea de lo emocional que trata este capítulo del libro, de la forma más sencilla, tanto que parecería incluso utópica cuando, como ocurre a menudo, lo evidente a veces se nos escapa, «haciéndoles ver que se los tiene en cuenta». En definitiva, el respeto que a su vez genera respeto, el afecto, el diálogo, el inconformismo e insuflarles el espíritu crítico y la capacidad de pensar por sí mismos para ser menos manipulables. Y con todo ello, otra gran medicina y ahí, llegamos al alma de su vocación y preparación académica: la literatura. Porque si la literatura no deja de ser una imitación o recreación de la vida, nos recuerda también que por encima de todo somos humanos, al tiempo que «nos sumerge en un universo fascinante de ficción para que podamos reconocer nuestra vida en ella o vivamos todas las que no podemos vivir en el mundo real.» [24]
[19] Vivir el humanismo hoy. Otra forma de pensar y de sentir la vida, pág. 195.
[20] Ibidem, pág. 198.
[21] Ibidem, pág. 204.
[22] Ibidem, pág. 208.
[23] Ibidem, pág. 213.
[24] Ibidem, pág. 215.
Los capítulos noveno y décimo profundizan en dos causas y consecuencias de todo lo que viene desarrollando el ensayo, dos tópicos universales, dos pilares y anhelos de la humanidad: la felicidad y el amor.
La felicidad, que a menudo es subjetiva y depende de patrones culturales, y que puede ser «víctima» de parámetros erróneos. Ser o tener... según focalicemos nuestras vidas en lo espiritual o en lo material, seremos más o menos felices. Y se remonta a Epicuro o a Séneca, filósofos griego y romano respectivamente que mantenían, en una manera de entender la paradoja que también sostienen las filosofías orientales por ejemplo, que no es más rico quien más tiene, sino el que menos necesita. Y por lo tanto, quien menos necesita, probablemente será más feliz. Si todo esto nos conduce a la contemplación serena de la vida, a la humildad, a la creatividad y a gozar del arte y también, ¿por qué no? –les digo a veces a mis lectores– a hacer cosas que nos llenan por simple amor al arte, sin esperar un retorno concreto y material, acaso habremos llegado a algo cercano a la felicidad. Concluye Jeroni con algo tan rotundo como sincero: «Si la felicidad es un mito, una ilusión o una quimera, tal vez la mejor manera de hallarla sería dejando de ir tras ella de manera obcecada, olvidándonos de alcanzarla a toda costa.» [25]
En cuanto al amor, ay el amor... «No es fácil hablar o escribir sobre el amor» empieza diciendo Jeroni, hace falta ser poeta, o un sabio, o ambas cosas, añadiría yo. Y lo más difícil, sin duda, es decir algo que no esté dicho sobre el motor del mundo: el amor. Cuando lo tenemos, todo funciona; si nos falta, todo se complica. El camino de rosas también contiene espinas. Nos recuerda Jeroni que no nacemos sabiendo amar, que más allá de modelos o ejemplos de amor, empezando por nuestra familia, nuestros amigos y profesores, por ejemplo, a amar se aprende viviendo: «La única maestra es la propia experiencia.», dice. Y cita El arte de amar, de Erich Fromm (1900-1980), ese libro que acompañó la adolescencia de tantos de nosotros, o uno los mejores sonetos que haya dado la literatura española, Esto es amor, de Lope de Vega (1562-1635). No puedo resistirme a traer el final del mismo, tan lapidario como luminoso:
[...] creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe. [26]
Sigue navegando Jeroni por los vericuetos del amor y cómo nos ordena la vida y, en medio del camino, cómo no, tropezando sin remedio con las pasiones amorosas en La Celestina, en el Cántico espiritual de san Juan de la Cruz, ¿cabría añadir a Santa Teresa de Jesús?, en Romeo y Julieta, y vuelve a Ovidio, a Platón, y se acerca hasta Vladimir Nabokov o Thomas Mann, para llegar, finalmente, a la mejor y más humanista de las interpretaciones: amarse a uno mismo, sin caer en el narcisismo freudiano, como condición sine qua non para amar a los demás. Y llega, también, a la necesaria ruptura de dos tópicos: el amor como cárcel y como enajenación, cuando amar nos hace libres y debemos amar desde el respeto a la individualidad del otro y cuando amar nos hace más lúcidos:
«En realidad, el amor no es ciego, son los sentidos los que se perturban y no dejan ver la luz radiante que emana de él. Es la etapa del enamoramiento, no del amor verdadero.» [27]
[25] Ibidem, pág. 239.
[26] Ibidem, pág. 247.
[27] Ibidem, pág. 249.
El penúltimo capítulo, el undécimo Tú le das sentido a la vida, se centra en la razón de vivir, que como ocurre con el amor, a vivir se aprende desde la experiencia. Sin paños calientes ni subterfugios nos dice que ni es fácil vivir, ni vamos a encontrar nunca una respuesta única a la pregunta del sentido que tiene la vida. Lo explica extraordinariamente bien, con esa pedagogía del ejemplo de los buenos profesores, en este párrafo:
«Aparentemente, nuestra vida se asemeja a una obra de teatro, a veces comedia, a veces tragedia, a veces ambas cosas, en la que, en tanto que protagonistas, cada cual asume un determinado papel que ha de escenificar con mayor o menor acierto. Sin embargo, se trata de una obra singular, porque carece de guion. Esto es lo que diferencia la vida real de la ficción.» [28]
Y como también ocurría con el amor, aquello de empezar por amarse a uno mismo, para la vida, también será indispensable conocerse a uno mismo. Los griegos ya apuntaban a que el verdadero conocimiento está dentro de nosotros y somos nosotros, fundamentalmente, los responsables de nuestros errores y aciertos, no el mundo, no los demás, en esa manía tan deleznable de echarle la culpa siempre a otros. La vida es una aventura personal, dice Jeroni. Feliz coincidencia: Vivir es un asunto personal, Madrid: Olé Libros, 2021, así titula mi amigo, el poeta y novelista Rafael Soler, su antología poética. Y nos cita Jeroni, en ese apriorismo, al profesor Keating, el de la mítica película El club de los poetas muertos, que tantos adeptos y algunos detractores generó, con esa idea de encontrar nuestra individualidad. O a Rilke, en esa propuesta de bucear de manera creativa en uno mismo que contienen sus Cartas a un joven poeta. O al profesor Francesc Torralba cuando escribe: «[...] en definitiva, solo quien indaga en su ser puede escuchar sus motivaciones fundamentales, sus anhelos y deseos. Solo entonces puede plantearse cuál es la orientación de su existencia acorde con lo que es». [29]
Y, como en otras ocasiones, Jeroni vuelve al ingenioso hidalgo para ilustrar la idea del conocimiento y la confianza en un mismo. En este caso, don Quijote se dirige a Sancho Panza cuando le da una serie de consejos para gobernar la ínsula Barataria que le ha prometido en pago por sus servicios de fiel escudero:
«Lo segundo –le advierte–, has de poner los ojos en quién eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que pueda imaginarse». [30]
Pero, me permito terminar esta idea añadiendo una pregunta para el debate: los heterónimos de Machado, ¿no plantearon la idea del autoconocimiento como una falacia? Muy probablemente el profesor Jeroni Miguel nos lo podrá aclarar en algún momento.
Y llegamos al final del libro, que también es otro principio en el viaje del lector, con un último capítulo que he leído casi como un final de fiesta y gran conclusión de todo, Leer sana las heridas, y que se abre con una cita sencilla y elocuente de Tomás de Kempis:
«He buscado el sosiego por todas partes, pero solo lo he encontrado en un rincón apartado, en compañía de un libro.» [31]
[28] Ibidem, pág. 264.
[29] TORRALBA, FRANCESC, ¿Por qué Pierre Anthon debería bajar del ciruelo?, Madrid, Khaf, 2014, pág. 131.
[30] Don Quijote de la Mancha, cap. XVII de la segunda parte. Ibidem, pág. 271.
[31] Vivir el humanismo hoy. Otra forma de pensar y de sentir la vida, pág. 285.
Recuerdo ahora una canción, compuesta por Luis Eduardo Aute con la letra del poeta Jesús Munárriz y que, posteriormente, Fernando Sánchez Dragó usó en 1982 como sintonía de su programa «Biblioteca Nacional» https://www.rtve.es/play/audios/letra-y-musica-la-cancion-de-autor-en-radio-5/letra-musica-todo-esta-libros/17037622/Efectivamente, todo está en los libros. En mi segundo libro de relatos publicado, yo escribí lo siguiente, como entradilla del primer bloque de relatos dedicado al oficio de la escritura: «Al principio el hombre creó la palabra. Ese mágico sortilegio lo convirtió en su esclavo. Sin ella no había realidad. Después vino la literatura para explicar, entender y reinventar el mundo. Finalmente, estamos los que ya no conocemos otra forma de ser, los que, si no hubiera libros, no sabríamos a dónde mirar» [32]
Otra de las muchas evidencias que uno ha ido encontrando en su camino sobre la omnipresencia de la literatura en la vida, y a la que el humanismo no es ajeno, es esta sentencia, quizás una de las más bellas que conozco: «La literatura es la biografía del mundo». La IA, esa sabionda copiona, se la atribuye al profesor y autor de ciencia ficción y novela juvenil, mi colega Jordi de Manuel. Pero como él mismo me aclaró hace unos días, en realidad la frase se la oyó decir a su amigo, el escritor, crítico y exeditor Antoni Munné-Jordà y, por lo tanto, pertenece a este último, alguien que, por cierto, no se prodiga apenas por las redes. Nobleza obliga. En cualquier caso, es de tal sencillez y a la vez de una sugerente profundidad, que no podía dejar de mencionarla. En medio de este elogio compartido por la literatura y los libros, Jeroni lo que hace es señalar su capacidad sanadora. Vayamos a ello, volviendo al Quijote, porque si la literatura sana, consuela y acompaña a las personas, si emociona e invita a soñar, si al final el gran lector confunde vida y literatura, el Quijote es un excelente ejemplo:
«En su ánimo está deshacer entuertos, ayudar a los menesterosos y socorrer a las doncellas. Los libros, es cierto, han encendido su fantasía, pero en ellos ha aprendido los mejores valores: la libertad, la justicia, la solidaridad, la gratitud, la comprensión, el respeto, la tolerancia, la ecuanimidad, el diálogo, la prudencia, el altruismo, la honestidad, etcétera.» [33]
[32] GAMERO, JORGE, Las tres caras de la moneda, Sevilla, Editorial Gramática Parda, 2013, pág. 7.
[33] Vivir el humanismo hoy. Otra forma de pensar y de sentir la vida, págs. 286-287.
Y los libros, sigue Jeroni, «[...] están esperándonos permanentemente, como si el tiempo se hubiese dormido entre sus páginas.» [34] Bonita idea, expresada de manera poética que, una vez más, al leerla me llevó a recordar experiencias propias cuando, siendo jefe de producto de la Editorial Santillana, yo defendía la idea de que el libro de papel era el más «digitalmente manejable» de los libros, porque nunca se «colgaba», porque no dependía del ancho de banda de ninguna conexión wifi...
Los libros son un espejo en el que mirarnos, son memoria, recogen el testimonio –aquello de «la biografía del mundo»–, de millones de seres y generaciones precedentes, dialogan con nosotros, nos interpelan y, otra bella idea que nos regala Jeroni, «[...] cuando sentimos que hablan de nosotros se establecen lazos de unión, de complicidad, de entendimiento mutuo. No tengamos ninguna duda: esas páginas también nos miran, nos leen y, lo más hermoso, nos comprenden.» [35] Esto es lo que me ha pasado a mí con muchos libros y, espero estar demostrándolo, también, y especialmente, con este que nos ocupa.
Sigue Jeroni en las páginas siguientes desgranando nuevas razones para la lectura y me sigue trayendo experiencias personales. Nos dice que leemos «para interpretar mejor el mundo del que formamos parte», «para desarrollar en armonía las emociones», «para reconocer el propio yo», «porque somos inconformistas», «para evadirnos», «para escuchar nuestros silencios», «para vivir otras vidas», «para entender el dolor», «por placer», «para querernos y cuidarnos más» etcétera. Y entonces me acuerdo de aquel mi primer libro al que me refería al principio de esta reseña-homenaje, un libro a cuya gestación y publicación asistió Jeroni. Incluía un relato, El leedor fósil, [36] que de hecho le daba el título al conjunto de relatos, y que estaba basado en una experiencia personal. Estaba yo haciendo guardia en la garita de un cuartel, durante el servicio militar obligatorio, tan embebido en la lectura de la poesía de Blas de Otero, que fui sorprendido de repente por la presencia de un capitán en la misma entrada de la garita. Fui consciente cuando el bulto me taponó la luz y, al verme allí tan enfrascado en la lectura me inquirió así: «¡Oiga, soldado! ¡Y usted, ¿por qué lee?!» Y, en el relato se da una página y media de razones. En la realidad, y sin contestar a su pregunta, lo que hice fue guardar el libro en el bolsillo del pantalón, colgarme al hombro el fusil de asalto CETME, cuadrarme y dar novedades al mando superior: «¡A la orden, mi capitán, sin novedad en el puesto!».
«¿Sin novedad en el puesto, soldado?», me respondió mirándome como a una cucaracha. Y añadió: «Si yo fuera el enemigo, ya te habría acribillado». Disculpen la batallita, pero es un regalo del pasado para ilustrar el sortilegio del que estamos hablando, porque allí la realidad era una ficción consentida, el enemigo no existía, o era el capitán usurpando el papel del malo, y yo ejecutaba otro papel que a la vez era un simulacro del cuento de la guerra, el amor a la patria y el honor castrense. Pero la verdad es que yo solo era un joven secuestrado por el estado, pero también por la literatura, que iba a ser arrestado quince días en el calabozo por transgredir todas las obligaciones del centinela, y que, a pesar de todo, iba a seguir siendo, y en ese orden, lector y escritor el resto de mi vida.
Y en este bello colofón, Jeroni habla de su biblioteca, de cómo sus libros son la marca de su personalidad, porque, efectivamente, cuando anotamos, a lápiz, entre líneas o en los márgenes de un libro, estamos, por un lado dialogando con él y, por otro, dejando huella de quienes somos. Una necesidad lectora que también comparto con el profesor y que él cierra con esta idea tan bella: «[...] Creo que en gran parte de estos silenciosos guardianes hay abundantes retazos de mi vida, y ello me produce la sensación de que envejecen junto a mí.» [37]
No nos queda duda a estas alturas de las capacidades curativas de la lectura, pero Jeroni aún añade algunas pruebas más. Por ejemplo, recuerda que durante la epidemia del covid-19, en 2020, a los enfermos del hospital de Ifema en Madrid, a los que les llevaron libros, mejoraron su estado de salud. O por ejemplo el caso del Nobel de Literatura de 2023, el noruego Jon Fosse, que confesó en su discurso de recepción del premio, cómo la escritura le salvó del pánico y la incapacidad de leer en voz alta cuando era estudiante de secundaria. O el de Nico Rost (1896-1967), un escritor neerlandés que explica que acabar en un barracón de enfermos en Dachau, en 1944, le permitió leer y escribir y, así, no pensar en la tragedia del holocausto. O el de Nelson Mandela (1918-2013) quien, a lo largo de sus veintisiete años de encarcelamiento por motivos políticos, la lectura le permitió conocerse mejor a sí mismo y madurar para cuando pudo salir libre y se convirtió en un digno presidente de su país, Sudáfrica.
Y finalmente, tres referencias más, una puramente científica:
«[...] Según un estudio realizado por tres científicos de la Escuela de Salud Pública de la universidad americana de Yale, publicado por el periódico El Mundo el 5 de agosto de 2016, las personas que leen libros con regularidad llegan a prolongar su vida en dos años más. El estudio, además, revelaba que los beneficios no solo se apreciaban en la longevidad, sino también en la mejora de las facultades cognitivas y en diversos aspectos de la percepción y de las sensaciones.» [38]
Otra más filosófica o psicológica del profesor de Filosofía de la Educación Joan-Carles Mèlich:
«No se trata únicamente de preguntarse si se puede conocer o se puede pensar, sino también si se puede sentir, porque la lectura no se refiere tanto al conocimiento o al pensamiento cuanto al sentimiento. Si el lector no siente el texto, si no siente la escritura, los personajes, [...] la lectura se convierte en un trabajo o en una investigación, pero no en una forma de vida.» [39]
Y otra estrictamente poética, o lo que es lo mismo, una que recoge todas las maneras de pensar y sentir las cosas, expresada en un poema, La verdad de la mentira de Ángel González (1925-2008):
«Al lector se le llenaron de pronto los ojos de lágrimas,
y una voz cariñosa le susurró al oído:
—¿Por qué lloras, si todo
en ese libro es de mentira?
Y él respondió:
—Lo sé;
pero lo que yo siento es de verdad.» [40]
Por cierto, que el título del poema, dicho sea de paso, me recuerda una idea que comparto, y aprendida de tantos autores, como Luis Landero o Vargas Llosa, y que me viene ahora mismo a la memoria: que las mayores verdades del ser humano las podemos encontrar entre la «mentira» de la literatura. El escritor peruano publicó un extraordinario ensayo titulado precisamente así: La verdad de la mentira, Madrid, Alfaguara, 2002.
Hemos llegado al final que quiero imaginar como un principio para quien lea esto, porque mi intención no ha sido otra que la de intentar convencer de la lectura de este magnífico ensayo de Jeroni Miguel. Los valores del humanismo son más necesarios que nunca. Se trata, en pocas palabras, después de tantas y de tantos ejemplos, de la cultura, la naturaleza, la sensibilidad y las emociones al servicio de una sociedad herida y en crisis.
Estamos a tiempo.
Jorge Gamero.
Pallejà, mayo de 2026
[34] Ibidem, pág. 287.
[35] Ibidem, pág. 291.
[36] GAMERO, JORGE, El leedor fósil, Barcelona, March Editor, 2005.
[37] Vivir el humanismo hoy. Otra forma de pensar y de sentir la vida, pág. 297.
[38] Ibidem, pág. 305.
[39] MÈLICH, JOAN-CARLES, La sabiduría de lo incierto. Lectura y condición humana, Barcelona, Tusquets, 2021, pág. 259.
[40] GONZÁLEZ, ÁNGEL, Nada grave, Madrid, Visor Libros, 2008, pág. 41.











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