Dialogando en el Café Salambó

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sábado, 3 de diciembre de 2011

Microsoft


Odio los gerundios de Microsoft, que tanto tiempo de nuestras vidas nos han hecho perder.

Epitafio

Nicanor Parra
Premio Cervantes 2011

Aunque el poeta chileno diga no creer en los premios, él sabe que lo importante siempre es la obra, no la vanidad, ni la foto de la mano que esculpe la palabra. Y aunque los premios siempre estén en entredicho por la envidia, por la falsa modestia, por el amaño y los celos y lo que se quiera, benditos sean si sirven para que uno, de repente, descubra en un periódico una maravilla como ésta.


De estatura mediana,
con una voz ni delgada ni gruesa,
hijo mayor de un profesor primario
y de una modista de trastienda;
flaco de nacimiento
aunque devoto de la buena mesa;
de mejillas escuálidas
y de más bien abundantes orejas;
con un rostro cuadrado
en que los ojos se abren apenas
y una nariz de boxeador mulato
baja la boca de ídolo azteca
-Todo esto bañado
por una luz entre irónica y pérfida-
ni muy listo ni tonto de remate
fui lo que fui: una mezcla
de vinagre y aceite de comer
¡Un embutido de ángel y bestia!
Hace poco, en un AVE Madrid Barcelona, leía una entrevista a Muñoz Molina y rescataba  yo la siguiente frase para mi Moleskine: Hoy hay más literatura en un vagón de metro que en un suplemento cultural.
Ayer volví a acordarme de la frase. Iba en metro hacia la T4 de Madrid y de repente se sentaba a mi lado un joven muy joven, debería rondar los dieciocho años. El joven no iba enganchado a ningún vídeo juego en ningún dispositivo móvil, ni le colgaban de los oídos los cables de ningún auricular que se pierden en descenso hacia cualquiera de los bolsillos en el que se escondiera un ipod o cualquier otro artilugio de moda. Pero esto no era lo más extraordinario, lo más curioso era que el artilugio que llevaba en sus manos era la novela Cien años de soledad. Y no otra cualquiera, gótica, vampiresca, histórica y lo que los grandes editores quieran.. Estaba leyendo Cien años de soledad. No le debían quedar ni diez páginas. Pensé que me hubiera gustado hablar con él, interrumpir ese mágico momento de realismo mágico y decirle que yo tenía su edad cuando Gabo recibió el Nobel, que también lo leí entonces, la primera vez. Me hubiera gustado comparar sus sensaciones con las mías, compartirlas, decirle que hoy día yo también soy escritor. Preguntarle, sin prejuzgarlo, sin dar nada por hecho y sin ánimo de ofenderlo, si él, también quiere acabar como yo quise entonces, siendo Gabo. Y entonces, hablarle claro sin desanimarlo.

martes, 27 de septiembre de 2011

El síndrome de albatros o Las fuentes del Nilo

Cuando llegué a la sala de la quinta planta del Círculo de Bellas Artes, el actor Carmelo Gómez estaba leyendo un fragmento del libro de Gonzalo Suárez ante un público entregado que llenaba el espacio. Apenas cinco minutos después de sentarme atrayendo las miradas de algunos asistentes, seguramente escandalizados, como yo de mi impuntualidad, el actor cerraba el libro ante el dilema, dijo, de seguir la lectura hasta el final y robarle así, o no, el protagonismo al autor y a su amigo Juan José Millás. Así que no pude entresacar el hilo de la narración y me quedé sin saber qué pasaba con ese púgil retirado que intentaba deshacer la amargura de un amor robado por ése. Alguien de quien no sabría nada a menos que siguiera leyendo El síndrome del albatros. Entonces se inició un diálogo entre Juanjo y Gonzalo fuera de todos los cánones al uso de una presentación típica. Y hablaron de la infancia que habita en todo individuo, de cómo Gonzalo se veía en una imagen en gran angular a sí mismo siendo niño, de cómo todos los pasillos terminan en una puerta cerrada, esa en la que discutían sus padres, convirtiéndola en un lugar prohibido. Y echaron de menos los pasillos que ya no existen. Y hablaron también de la figura del detective, del escritor como detective de la realidad, la real y la ficticia. Y así, poco a poco, como si de un personaje más de Millás o de Gonzalo se tratara, de esos improbables, yo me imaginé siendo personaje mismo de una nueva ficción.
     Un mundo en el que todas las personas, todas sin excepción, hicieran siempre lo que les diera la santa gana, con absoluta impunidad y sin necesidad por tanto de dar explicaciones a nadie. Un caos tan absoluto y tan aceptado que terminaba siendo verosímil y armónico. Pero en ese mundo sólo una persona, yo, carecía de esa libertad. Yo, era el único que tenía que cumplir con mis obligaciones frente a nadie. Por eso llegaba tarde a la presentación al demorar mi salida de la oficina, por eso los colegas de la editorial que editaba Las fuentes del Nilo ya estaban allí cuando yo llegaba, y seguirían después de terminar el diálogo de demiurgos de Juanjo y Gonzalo para disfrutar de la copa y el saludo, por eso yo no iba a tener mi ejemplar para arañar el fetiche de una firma. Por eso yo iba a tener que volver a ser detective de mi soledad y de ese amontonamiento de palabras para una novela que me observa como un espejo que envejece conmigo. Suerte que siempre hay un resquicio de lucidez en la literatura cuando recuerdas lo que otros han dicho antes que tú, como Mark Strand, el amigo poeta de Harold Bloom: el espejo no es nada sin ti.
     Y mañana, a la realidad de un mundo que hace lo que le da la gana mientras tú sigues encerrado tras una puerta al fondo de un pasillo.
     Mientras tanto, Juanjo y Gonzalo seguían hablando sobre sus otros mundos, sobre cine, sobre el sentido de la duda y la certeza, con sus límites caprichosos y yo ya era un objeto de mi propia ficción detectivesca, espectador de mi personaje. Yo, como ellos, creía no saber hacer otra cosa mejor que imaginar.
     Y finalmente, una frase de Juanjo, salida de la garganta de ese monstruo surrealista que habita en su cerebro, me ayudó a entenderlo todo: Gonzalo, a ti ¿no te hubiera gustado ser una persona normal?

Madrid, 27 de Septiembre de 2011       

domingo, 27 de febrero de 2011

Asma 2



Yo apuntaba maneras. Las tenía todas para ser asmático. Tuve incluso una bronquitis asmática un año, muy jaleada por los médicos, amigos y familiares. No era de tapa dura pero cumplía todos los síntomas de la enfermedad.
Y me vacuné para evitar que triunfase. Me metí los bichos esos en pequeñas dosis a través de pinchazos y más pinchazos durante algunos años.
No sé, quizás me equivoqué. Ahora, sería como Benedetti, como Proust o como el Che, un asmático más.
Y compartir con ellos, al menos eso.
Hay que ver de todos modos cómo evoluciona la vacuna porque a pesar de ella, a veces, cuando escribo sigo notando que me falta el aire.

Sombrero

Cuando era niño y veía a hombres con sombrero pensaba que esos hombres no eran de fiar. Supongo que el prejuicio se debía al cine negro.
Hoy día, el hombre con sombrero soy yo y creo fiarme de mí mismo. Supongo que no me queda más remedio.

Escribirme

Llevo toda la vida observándome y he llegado a un punto en el que creo que ya puedo contar mi historia como si fuera la de otro.