
Odio los gerundios de Microsoft, que tanto tiempo de nuestras vidas nos han hecho perder.
Nicanor Parra
Cuando llegué a la sala de la quinta planta del Círculo de Bellas Artes, el actor Carmelo Gómez estaba leyendo un fragmento del libro de Gonzalo Suárez ante un público entregado que llenaba el espacio. Apenas cinco minutos después de sentarme atrayendo las miradas de algunos asistentes, seguramente escandalizados, como yo de mi impuntualidad, el actor cerraba el libro ante el dilema, dijo, de seguir la lectura hasta el final y robarle así, o no, el protagonismo al autor y a su amigo Juan José Millás. Así que no pude entresacar el hilo de la narración y me quedé sin saber qué pasaba con ese púgil retirado que intentaba deshacer la amargura de un amor robado por ése. Alguien de quien no sabría nada a menos que siguiera leyendo El síndrome del albatros. Entonces se inició un diálogo entre Juanjo y Gonzalo fuera de todos los cánones al uso de una presentación típica. Y hablaron de la infancia que habita en todo individuo, de cómo Gonzalo se veía en una imagen en gran angular a sí mismo siendo niño, de cómo todos los pasillos terminan en una puerta cerrada, esa en la que discutían sus padres, convirtiéndola en un lugar prohibido. Y echaron de menos los pasillos que ya no existen. Y hablaron también de la figura del detective, del escritor como detective de la realidad, la real y la ficticia. Y así, poco a poco, como si de un personaje más de Millás o de Gonzalo se tratara, de esos improbables, yo me imaginé siendo personaje mismo de una nueva ficción.