Dialogando en el Café Salambó

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martes, 17 de julio de 2012

Porta4 interpreta Confianza


"Confianza" és una breu peça teatral basada en el conte de Jorge Gamero que, dividida en tres parts, exemplifica el significat del seu títol a través de la narració de tres instants de la vida d'una parella. La cinquantena d’espectadors que ahir dilluns van tenir la sort d’assistir a la representació de la sala Porta 4 contemplaven amb un somriure còmplice com davant seu uns actors en estat de gràcia (segurament pel barri on té la seu el teatre) posaven en escena la descripció naïf de la vida en comú. En la primera part, els joves acabats de casar són el prototipus de la candidesa més simpàtica, són encantadors, representen la il·lusió en estat pur... i també la més encantadora de les imbecilitats. En la segona, han prosperat en l’alienació més absoluta i en fan exposició pública (literalment), comentant a la platea les imatges del seu progrés (projectades al mur blanc que ocupa tota la paret del fons de la sala). Ara, però, tot i mantenir l’aparença de felicitat, els actors són en dos extrems de la sala i comencem a endevinar una certa amargor en el repàs de tot allò que l’entorn social els ha exigit que aconsegueixin: cotxe, casa, néts, etc. És en la tercera part, amb un escenari enfosquit de manera simbòlica, quan ella, ja adulta, reflexiva, sense el posat estúpidament innocent de 37 anys enrere, es traurà el maquillatge i confessarà que ha viscut en el dubte, en l’engany, en l’aparença: gosarà obrir una petita caixa de fusta que el seu marit, que ha aparegut entre les ombres, en l’inici de la seva relació li va pregar de no fer-ho. No sabrem quin és el seu contingut, però no cal, perquè sabem que alguna cosa s’ha trencat i no es podrà reparar l’error. Basta observar l’expressió dels dos rostres per entendre-ho.
El text, d’estil sobri, el·líptic, flueix sense estridències, ajuda els actors a construir un parell de personatges que són fàcils d’identificar i, potser precisament per aquest motiu, difícils de presentar amb gràcia i originalitat davant del públic. El disseny monàstic de l’escenografia ajuda: cal ben poc per dir molt.

Albert Vilanova
Professor de literatura, traductor i escriptor.


Confianza


Cuando empezaron a vivir juntos él sólo le puso una condición: jamás, bajo ningún concepto, ella debería abrir aquella caja de cartón que había guardado en su altillo. Ella lo aceptó confiada, en un rapto de generosidad conyugal, cumpliendo el simulacro del respeto.
Pasaron años, sonrisas y lágrimas, segundos de éxtasis coital, horas de soledad de espaldas en la cama, proyectos truncados y pequeñas acumulaciones materiales, álbumes de fotos, hijos, recuerdos de viajes y muchos, muchos recibos de hipoteca pagados. Todo normal, absolutamente normal en una calma aparente, sin fisuras, sin crisis relevantes, en medio de silencios terapéuticos.
Sin embargo, ella no había olvidado. Llevaba media vida sin entender la razón de aquella condición impetuosa y juvenil del principio. ¿Qué sentido tenía? ¿Qué debía ser aquello tan importante que se escondía en la caja de cartón? Si ella nunca había tenido secretos para él, ¿por qué él debía desconfiar de ella?  
La duda la estaba consumiendo y los silencios se prolongaban cada vez más tiempo. Un día, aprovechando su ausencia, no pudo resistir la tentación. Convencida de que destapando la pesada losa del enigma conseguiría la calma necesaria para que sólo la muerte los separase, rompió su promesa.
            Y abrió la caja de cartón vacía, aunque ya era demasiado tarde.

lunes, 16 de julio de 2012

El síndrome del pez.


El síndrome del pez.
Emilia Lanzas
Colección Guermantes nº 25
Editorial Gens S.L.
Madrid, 2012
ISBN: 978-84-939990-2-5


Leer sin tregua. Hay que leer, leer y leer. Sobre todo si tienes el bicho de la literatura en el alma y padeces el mal de Montano. Y no quiero vacunas. Leí algunos clásicos, son tantos y tan larga la historia…, pero me cansé hace años con todo mi reverencial y sincero respeto, leo a los clásicos contemporáneos entre los que sigo buscando el placer y a los contemporáneos mismos de uno mismo, a los que leo cada vez más, para encontrarme a ser posible entre la atemporalidad de la buena literatura. Pero hay gente que se resiste a leer a los que escribimos mientras que ellos respiran. Supongo que tienen sus razones, tan respetuosas como absurdas para descartarnos por estar tan lejos de la aburrida posteridad. No es mi caso. Yo leo a mis colegas para comprobar al fin que la literatura no tiene tiempo. Sé que este blog no es una prueba, que hasta ahora no he dado fe de ello, pero iré haciéndolo y hoy quiero abrir el fuego.
            Y lo hago con El síndrome del pez, de la periodista y escritora Emilia Lanzas, un libro de relatos editado por Gens, en Madrid, este año 2012 para su colección Guermantes.
            El libro tiene un prólogo, un prólogo que se suma a la fiesta del libro de Emilia. Porque podría formar parte de él, porque es otro cuento, a modo de justificación, de lo que está a punto de llevarse a las neuronas el lector, el libro comentado, su personaje escogido. Del autor del prólogo, Eduardo García, nada puedo decir, como no sea invitarlo, si no lo ha hecho ya, a escribir él otro libro de relatos. Podría valer la pena y Emilia, no se sentiría tan sola en una apuesta tan personal. Él la justifica con una afirmación tan arriesgada y aceptable como el propio libro: (…) para ser cuentista de verdad, de esos que excavan hondas galerías para hacer aflorar un trasfondo inesperado, hay también que invitar a un poeta a infiltrarse en la escritura. Un poeta de esos que cuentan más que cantan. Y Emilia predica con el ejemplo hasta niveles febriles con su Síndrome del pez. Otra cosa es discutir si es verdad o no, ángel de amor… que un cuentista necesita llevar un poeta dentro para serlo. Quién sabe si incluso podría ser al revés, y el cuentista, como yo, fuera un poeta frustrado que ha tenido que conformarse con contar historias de otra manera, incapaz de capturar la esencia del verso que lo dice todo sin parecerlo. Pero éste sería otro tema, otro género, como el ensayo, para el que aún estoy menos dispuesto.
            El libro de Emilia Lanzas, como mínimo, no te deja indiferente. Por su extrañeza mantenida de principio a fin, porque con cada cuento tienes la sensación de que hay otras posibles lecturas distintas a las que uno hace a primera vista, porque a veces la historia es lo de menos, otras, lo de más, porque siembra preguntas y por lo tanto dudas y por lo tanto la reflexión íntima, pero siempre te deja con la sensación aplastante de que algo ha pasado antes y durante la lectura y que ya después, o vuelves a leerlo, o te vas a quedar colgado de una nube de sensaciones poéticas. Ahí es nada, ¿qué más se le puede pedir a un libro perdido entre la inmensidad del mercado editorial?
            El síndrome del pez está compuesto de treinta y un cuentos a borbotón, uno  detrás de otro sin un orden determinado y de extensión irregular. Unos son híper breves y otros sencillamente breves pero la extensión no rompe la magia del relato en ningún caso. Ni la unidad de estilo, de hecho, todo el libro podría ser considerado por críticos mal intencionados, de esos que solo respetan a los clásicos clásicos, como un mero ejercicio de estilo. Pero ese es a mi juicio justamente el logro de un libro de relatos: dejar definido un estilo narrativo más allá de la miscelánea de historias. Los cuentos de este libro proponen un estilo híper lírico, la mayoría de ellos son intensos poemas en prosa en los que la historia queda casi oculta y al servicio de lo poético. Podría rescatar una montaña de ejemplos, pero valgan solo unos pocos en esta manía deliciosa y egocéntrica de anotar los libros que uno lee, cuando se dicen cosas como, por ejemplo: Ella me miró con los ojos lacios, o Él (Paul Eluard, casualmente) me contestó que las uvas contienen gotas de risa. Palabras de combinación caprichosa como olor a espasmo, llorar con puras lágrimas de acequia o frases de un lirismo enigmático como En mi undécimo cumpleaños fue cuando me enteré de que las mujeres no mueren. Pero este libro, ya lo habrán sospechado, también coquetea con el surrealismo, ese aliado de la poesía, con el minimalismo de imágenes abandonadas a la descodificación libre del lector, sin más medios que la sugestión de un conflicto anímico, espiritual, apenas insinuado con la levedad y al mismo tiempo con la rotundidad de algunos versos narrados como una pedrada en la sien.
            Como en todo libro de relatos, el autor puede despistar al lector, cautivar aquí, dejar indiferente allá y así, dar ese juego selectivo para que la personalidad del que lee le lleve a escoger inevitablemente a unos relatos por encima de otros. En mi caso, me quedo con La cita, con Hombre, pájaro, deseo, quizás el que más me gusta. Una historia de terror bíblico y de soledad escrita con una técnica impresionista, casi de escritura automática no exenta del lirismo habitual. Me quedo también con La noche que amé a Paul Eluard, el más surrealista de todos, o con Es la hora, preciosa y breve imagen que combina perfectamente narrativitas y lirismo para evocar al gran Pessoa, me quedo con Los agujeros negros, quizás por ser la historia más comprometida, la que denigra la tragedia de la violación y el mezquino ultraje de las mujeres en sociedades subdesarrolladas, o no tan sub, y me quedo finalmente con Cuando conocí a Cortázar sobre todo porque Cortázar es uno de mis predilectos, pero también por ser la historia más redonda y por el trato implacable del personaje más desgraciado del libro, el de un amante despechado e ignorado como es Arturo.
            Leed amigos, leed lo que os dé la gana pero cuando estéis cansados de encontrar justo lo que esperabais, cuando queráis ser sorprendidos de verdad, probad con Emilia Lanzas y su Síndrome del pez. 

jueves, 5 de julio de 2012

Porta4 interpreta a Jorge Gamero

El fútbol


Magistral definición de lo que es el f'útbol. Cuento de Fontanarrosa dramatizado.

domingo, 1 de julio de 2012

Aire de Dylan, de Enrique Vila-Matas


Acabo de leer Aire de Dylan de mi admirado  Enrique Vila-Matas y una vez más, me quedo con una eclosión de sensaciones, con un desorden lógico de ideas, con una efervescencia mental que me llevan a invadir de literatura cualquier cosa que pasa por mi mente. La lectura de de Vila-Matas me ha dejado siempre de mil maneras distintas pero nunca indiferente y siempre, impaciente de creatividad y de reflexiones transcendentales sobre la enfermedad de la literatura. Si en algunos de sus personajes, el propósito, provocador y terapéutico, era el de perder teorías e ideas con la mayor frecuencia posible, el propósito de Vilnius, protagonista de Aire de Dylan, y más conocido como el pequeño Dylan, es el de tener al menos una buena idea por día, aunque después, no la desarrolles nunca. Es un ejemplo, uno más, de las sabias contradicciones voluntarias que provoca Vila-Matas en sus universos narrativos. Si he leído nueve o diez libros de este autor, y si lo admiro, entre otras cosas, algunas de las cuales se me olvidarán en este escrito prescindible, es por su capacidad de hacerme pensar, dudar, reafirmarme y sobre todo, por la capacidad que tiene su obra de sacar lo mejor de mí como escritor, al menos como escritor pensante, incluso yo diría que sobre todo, antes de escribir el centrifugado que su obra provoca en mi imaginación.
Explicar de qué va este nuevo ejemplo de novela híbrida es difícil, en ninguna de sus obras lo es. Digamos que, aunque él no lo cita, en Aire de Dylan, Vila-Matas rescata la idea del fantasma de Comala de Rulfo y explica la usurpación del espíritu del protagonista a través del fantasma de su padre, Juan Lancastre. Una lucha contra el fantasma, para recuperar su biografía y así, liberarse Vilnius, su hijo, de la obsesión Kafkiana del padre y ganar su propia identidad. En la novela también está la madre, que actúa de juez y parte entre ambos, están las fantasías cinematográficas, el teatro y la dualidad entre la cultura del esfuerzo de sus progenitores y el dolce far niente de Vilnius. Están también, una vez más, como en toda su obra, las reflexiones sobre la escritura, la obsesión por la perfección. En este caso, afirmando cómo el fantasma de Lancastre reconocía que esa progresiva depuración, esa creciente voluntad de rigor narrativo que acompaña al escritor, al mismo tiempo va matando la frescura juvenil, la genialidad y la vitalidad iniciales. Y tira una vez más de una de sus técnicas obsesivas, la cita y la relectura de otros autores consagrados, para justificar dicha idea. En este caso, se trata de Tolstoi: He luchado toda mi vida para ser mejor que Shakespeare, y lo soy: ¿Y ahora?
Pero el magma de ideas que habita en las páginas de este libro, me dejan seguramente una vez más en la superficie del mismo, perdido y en manos, como un títere, de la imaginación más narcótica y febril. Y esa sensación es la que me gusta cuando acabo alguno de sus libros. Libros que el propio autor, y con razón, considera que no tienen nunca un punto final porque siguen ejerciendo su labor creativa en la mente del lector.
Empezó a cautivarme con Bartleby y compañía donde desarrollaba la teoría de la literatura del NO recorriendo la historia de autores conocidos y raros que abandonaron el empeño de la escritura incluso habiendo escrito páginas irrepetibles.  Pero después, con El mal de Montano, premio Herralde de novela del 2002, desarrolla la teoría contraria, la del triunfo de la literatura como una especie de enfermedad inevitable que hace confundir en quienes la padecen, la realidad de sus vidas y las de sus obras llegando a la conclusión, de que en el fondo, son la misma cosa. En medio de ambos libros y ya después, he leído sus relatos, algunas de sus novelas, sus memorias parisinas y de sus discursos y experiencias literarias, de viajes, etc. hasta la anterior novela, Dublinesca, en la que cuenta la historia de ficción del, posiblemente último editor literario de la historia, que durante su etapa profesional viviera con la obsesión de encontrar un escritor realmente genial al que editar.
Toda una obra dedicada al factor literario desde la óptica más profunda y menos convencional del mismo. Toda una obra para hacernos pensar y pensárnoslo dos veces antes de volver a escribir o leer una sola línea que valga la pena.
En este sentido, Enrique Vila-Matas es un autor, felizmente peligroso.