Dialogando en el Café Salambó

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domingo, 23 de diciembre de 2012

Las luces nómadas, de Esteban Martínez

 
Las luces nómadas
MARTINEZ SERRA, Esteban
Madrid, Bartleby Editores, 2010
Prólogo de Jenaro Talens
ISBN 978-84-92799-24-4

 

Lo digo en mi perfil. Que de joven quise ser poeta, pero que tuve que conformarme con ser un cuentista. Quizás por eso también me gusta tanto esa frase del escritor inglés D.H.Lawrence, de joven yo también quise ser un genio, pero afortunadamente intervino la risa…  Porque ilustra en parte lo que pienso al respecto. Que la poesía es la esencia de la literatura y del alma humana, y que la poesía debe ser triste, debe llorar, aunque a veces reírse también, de la tristeza. El narrador de un personaje de un cuento mío también lo dice y lo ilustra, y explica que el personaje en cuestión quería ser poeta pero que tras muchos intentos, siempre terminaba con las cuartillas en blanco entre las manos, e inundadas de lágrimas.
            Pero llegado a este punto, que sirve de introducción personal para explicar mi respeto por la poesía, tengo que añadir el por qué de Esteban Martínez, el por qué lo traigo a este rincón de mi blog.
            Me había pasado algunas veces con algún poeta, que de repente bastara un solo poema, un solo verso incluso, para cautivarme y rendirme a su lectura para siempre. Juan Gelman, Ramón Irigoyen, Ángel González… son tres ejemplos escogidos. Y una tarde de hace unos ocho años creo, me ocurrió también con Esteban Martínez. Yo antes nunca lo había leído cuando me invitó a la presentación de un número de la revista de poesía Papers de Versàlia. La presentación tuvo lugar en un patio interior muy bonito, luego debía ser verano, del l’Alliance Française de Sabadell. Leyeron poemas sus colegas de la revista, a algunos de los cuales también conozco, y la lectura iba acompañada si no recuerdo mal, por las melodías de una arpista. Y al tocarle el turno a Esteban, ahí estuvieron esos versos, Quiso ser escritor. Lo fue, sin duda. Su mano está en mi mano… y al final ese poema Máquina de escribir, con el que me ganó para siempre como lector.
            El libro del que hago mención aquí, Las luces nómadas, está dividido en tres partes, Fluorescencias, centrada en la figura del padre, Claroscuros, centrada en la figura de la madre y de la enfermedad que la destruye, y Fulguraciones, rendida definitivamente a la muerte y su aceptación. De cada una de ellas, destaco un poema, y los acompaño de un pequeño comentario y lectura absolutamente personal, que es como creo que uno debe hablar de poesía, sobre todo si no se está contaminado por la condición del cítrico o de la fría intelectualidad de cartón piedra.
FLUORESCENCIAS:

Máquina de escribir
La Olivetti con la que escribía mi padre
-una Olivetti pluma 200-
fue siempre un objeto apátrida,
llevada y traída del ropero de la entrada
a la mesa del comedor, desubicada.
Su tecleo insistente era el diapasón
de una esperanza, el pulso de un secreto.
En las fatigosas tardes de domingo
la lenta mediocridad de las horas familiares
caía, abatida, bajo sus ráfagas.
            Quiso ser escritor.
Lo fue, sin duda. Su mano está en mi mano
y escribo haciendo uso de su único legado:
El silencio. Las palabras. Su secreto.
 

            Al escuchar por primera vez este poema, y leerlo posteriormente, me vi a mí mismo en dos direcciones y en dos etapas vitales distintas. En primer lugar me vi en mi condición de huérfano recordando a mi padre, y en segundo lugar, me imaginé a mis hijos recordándome ya difunto.
            Mi padre también tenía una máquina, en su caso no de escribir, sino de cortar madera, una sierra circular, entre otras muchas máquinas. Pero esa tenía una música especial. Su estruendo lastimero y monocorde templaba de paz las tardes de invierno cuando siendo niño volvía del colegio y pasaba delante de su ebanistería. Y él también quiso ser ebanista y lo fue. Un artista cuyas manos eran capaces de crear un butacón isabelino, en el que ahora estoy sentado, por ejemplo, o un secreter barroco Luis XV como el que preside mi estudio.
            Con esas manos que son calcadas a las mías y que veo a menudo cuando tecleo mi ordenador. Esas manos que son en parte uno de mis factores literarios. Él también quiso que yo tuviera una máquina y la tuve, de escribir, una Olivetti, en este caso una Lettera 32. Con esa máquina escribí desde niño tantas historias y trabajos escolares, tantas cuitas de adolescente después hasta guardarla en un altillo del recuerdo. Con esa máquina yo también quise ser escritor.
            Y ahora que lo soy, imagino, con el honor y la vanidad más humana y desesperada posibles, que mis hijos me recuerden así, cada uno a su manera, como Esteban y yo recordamos a nuestros padres, con agradecimiento e infinito amor. Mis hijos, que también me han visto muchas veces teclear insistentemente tantas tardes de domingo.
      
CLAROSCUROS:

Pinzas
Ordenas compulsivamente las pinzas de la ropa
sobre la mesa de la terraza.
Tus ojos –en estos últimos años-
han ido desalojando distancias,
borrando perspectivas, retrayéndose.
Un aire de senectud entró en ellos
y lo dejó todo patas arriba.
Y estás sola para poner orden en la memoria,
pero te evita el ánimo, y quizá no valga la pena.
No encuentras los recuerdos, ni los nombres.
De ti sabes lo justo: que no has muerto.
¿Por dónde empezar después de la catástrofe?
Mejor ordenar las pinzas de colores sobre la mesa.

             Este poema me inspira la compasión, ese sentimiento que no es otra cosa que el más puro egoísmo al imaginarnos víctimas de la misma tragedia que afecta al individuo objeto de dicha compasión. El Alzheimer es una de las enfermedades más crueles que se pueden padecer. Aunque quizá la padezcan más los que rodean a la víctima del deterioro mental que el propio enfermo. En un relato mío, Oscuridad, que deberá aparecer en mi próximo libro, Las tres caras de la moneda, aventuro esa teoría balsámica y en parte también interesada y egoísta, que la anciana que padece el Alzheimer es feliz, muy feliz, mientras se pierde en el limbo de su memoria aparentemente olvidada.
            Las imágenes del poema de Esteban, Tus ojos (…) han ido desalojando distancias, (…) No encuentras los recuerdos, (…) De ti sabes lo justo: que no has muerto, son de una evocación brutal, de una fuerza rotunda, como esa pedrada en la sien…que dice Ramón Irigoyen que debe ser el Ars poética.
            Y la imagen de la anciana madre, ordenando pinzas de la ropa de colores sobre una mesa, de una ternura que acongoja.

 FULGURACIONES:

Legado

La posteridad está siempre en obras:
cerrada por inacabables reformas
o por liquidación de existencias

o cambio de orientación del negocio.
Por eso resulta mejor no dejar nada,

que nada se extravíe entre el desorden.

             Al leer este poema, ipso facto vinieron a mi mente el recuerdo de esos otros versos del gran Ángel González, y te llaman porvenir, porque no vienes nunca…  Acaso lo ilustran, o lo resumen, o ambos versos, los de Ángel, los de Esteban, son tan precisos y tan mismos, que se confunden.
            Gracias Esteban, por tu poesía y por el alma esa que paseas por el mundo.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Encuentros con jóvenes lectores. Barcelona, Sabadell y Getafe.


Una experiencia nueva con el mismo material sensible con el que uno lleva tantos años trabajando, también como padre.
La curiosidad ilimitada, como la vida por delante, que también parece un sinfín de oportunidades. La alegría y la desfachatez de la edad, con los ojos abiertos como platos, para preguntarse por el mundo, para reírse de él si cabe, para haber entendido el mensaje de Saimon, sin necesidad de tanto empeño mío y tantos ambages. Y la chica que quiere que le firme en el brazo como si uno fuera una estrella del rock. Sí, ya lo sé, se estaba quedando conmigo.Y el joven venido de latinoamerica que quiere llegar aún más lejos, y trascendernos. La chica que quiere la firma para su madre. La otra, casi de cristal, que hace un gran esfuerzo para preguntarme qué debe hacer para ser escritora. El que busca su lugar entre la masa y lo encuentra ese día presidiendo conmigo el escenario.
Unos 300 chicos en diferentes días pero una sola alma: la de un Saimon que se conformaría con que al menos a alguno de ellos, conocerlo, le sirva de algo.
 

sábado, 20 de octubre de 2012

España, de Manuel Vilas.

 
España    
Manuel Vilas
Colección
los Cinco Elementos nº 52
DVD Ediciones.
Barcelona 2008
240 páginas
ISBN 9788496238718
    
 
 
España, de Manuel Vilas, es un libro que quería leer hacía algunos años, concretamente desde el 2008 cuando se editó y que hasta ahora, ha estado en ese mítico estante de libros pendientes de leer que todos tenemos. Algunos, acaban cayéndose al vacío fruto de la ignorancia o del olvido, o de ambas cosas. Otros, como éste, sin embargo son indultados por el efecto resucitador de nuestra lectura, ya sea por pura casualidad o por la causalidad, más pura aún, o por ambas cosas. Yo empecé a leer a Vilas con Zeta, editado también por DVD Ediciones, y me cautivó. Seguí, no hace mucho, con Aire nuestro, Alfaguara 2009, y me cautivó y me desconcertó. Después, este verano, había empezado con Los inmortales, Alfaguara 2012, y cuando llevaba, quizás cincuenta páginas y empezaba a volverme loco, o precisamente por eso, la lectura quedó interrumpida por un accidente inaudito en mi; me dejé el libro en el asiento del AVE.
             España, como Zeta, es un libro de relatos que conforman una novela, o una novela compuesta de diferentes relatos con un objetivo común, en Zeta quizás era convertir a Zaragoza en un universo y en un personaje propio y aquí, en España, cargarse, a la vez que reinventarse la idea de este país entrañable, convulso, mal avenido, un país que a lo mejor necesita desmoronarse como un polvorón sin apretar en la palma de la mano, para volver a ser algo que valga la pena en libertad.
            Pero a mí me gustaría hablar del libro, de su condición literaria y como otros ya lo han hecho muy bien, yo no sé cómo hacerlo. No es fácil hablar de un libro de Manuel Vilas. Ahora mismo solo se me ocurre una manera y es la siguiente.
            Como el propio Vilas dice, hay que arriesgarse, irse a los extremos. Pues ahí van los dos extremos. Porque habrá lectores, críticos y lectores críticos que dirán que España es una gamberrada, un libro desconcertante y desordenado, un fuego de artificios o un festival de fuegos artificiales, una tomadura de pelo, a mí déjame de historias, hay cosas de este libro que no hay quien las entienda…
            Y luego están los que pensarán que España es el molde de la nueva forma híbrida de escribir, moderna, post moderna y ultra moderna sin renunciar al cuidado de un lenguaje elaborado, connotativo y sugerente, directo y sin artificios. Los que pensarán que España representa un estilo propio y original sin iguales en nuestros tiempos, un universo e imaginario crítico y preclaro, la literatura del futuro.
            Y yo me voy a quedar callado porque lo único que quiero es seguir leyendo a Manuel Vilas y abandonar así mi cerebro, al más absoluto placer. ¿Hay mejor elogio que entregarte definitivamente a la lectura de un escritor, y no saber con precisión todos los por qué, ni saber además la poca falta que hace?
            Por otra parte, debo decir que esta lectura también quiere ser un homenaje al gran editor, Sergio Gaspar, ése que ha cerrado su editorial DVD ahogado, engullido por las fauces del monstruo del sector. Ése que fue, creo, el primer editor de Vilas, ése que en una conversación de café de apenas media hora, me enseñó algunos flashes de su lucidez literaria. Ése editor que, a menos que como los toreros, vuelva alguna vez a los ruedos, y tengamos una buena suerte otra tarde a las cinco, ya nunca será mi editor.

viernes, 19 de octubre de 2012

Presentació Saimon a TV La Palma


Presentació de la novel·la Simon, no; Saimon al teatre de l'Aliança Palmarenca de la Palma.
Dijous 4 d'octubre del 2012. TV La Palma

domingo, 14 de octubre de 2012

Entrevista Ràdio Cornellà 4/10/12

El jueves 4 de octubre de 2012, Ràdio Cornellà me hizo una breve entrevista con motivo de la presentación de la novela Simón, no ; Saimon, el mismo día, en la  Biblioteca central de Cornellà.
Se puede escuchar entre el minuto 21:30 y el minuto 26:00 entrando en este enlace:

 http://www.informatiucomarcal.com//audio/1109/

sábado, 22 de septiembre de 2012

Silencio


La cortesía del silencio es una actividad sabia de la palabra.

Donde anidan los sueños



Donde anidan los sueños
Blas Gallego
Ediciones Carena
Barcelona 2012
ISBN 978-84-15471-56-1


 
            De vez en cuando la literatura, como la vida, te da sorpresas. Y eso es lo que me ha ocurrido con Donde anidan los sueños. A veces no hace falta irse tan lejos, ni leer a los más vendidos. A veces basta con volver a un viejo amigo, como hace Martín Serrano, para reencontrarse con Valentín Burillo, y sobrevolar el espacio físico y vital que unen y separan Barcelona de Ariño, provincia de Teruel.
            Al terminar la novela de Blas Gallego he sentido una sana envidia. Porque la novela Donde anidan los sueños es un ejemplo de algo difícil de conseguir, que no es otra cosa que, cómo desde la sencillez y la ausencia de imposturas se puede lograr la solvencia narrativa al servicio de una historia humana bien contada. La novela está entregada al más absoluto bucolismo del marco rural que acoge a sus personajes. Y lo hace con un léxico preciso, perfectamente ajustado al escenario de la acción, con el que consigue hacernos oler la tierra, sentir el frío y el calor del aire y notar las texturas silvestres de su vegetación e incluso escuchar la música de los pájaros aleteando y sus cantos en los cielos turolenses. Hasta tal punto es así, que un pájaro, la alondra de Dupont, tiene entidad de personaje, en vías de extinción, que el protagonista, V.Burillo, cabo de la guardia civil responsable del servicio de protección de la naturaleza, se propone rescatar del olvido, encontrar y fotografiar si quiera un instante efímero, como metáfora del paraíso perdido. La prosa de Blas Gallego se aleja de cualquier subterfugio o amago de falsa originalidad, de modismos sujetos a tendencias de la narrativa actual más atrevida o de género, en algunos casos, forzadamente híbrido. No pretende romper con nada ni con nadie. La prosa de Blas Gallego en esta novela es directa, transparente a la vez que sugerente porque como afirma nuestro amigo común, Paco Barquino en el prólogo: dice más por lo que calla que por lo que afirma. Y esto, que podría parecer un cumplido enlatado, en este caso es, absolutamente cierto. Porque el personaje V.Burillo está esbozado, sugerido, explicado con silencios y elipsis. Solo una cosa es evidente, V. Burillo, como cualquier mortal es víctima de los designios del destino. Incapaz de romper con la recia autoridad paterna y de la tradición, vuelve sin embargo, al origen de todas las cosas que lo definen, a su pueblo, con su alma de poeta, a encontrarse, como dirían espirituales y bien intencionados seres alternativos de la sociedad moderna; a sí mismo. Vuelve al verdadero escenario íntimo de todo ser humano, a la infancia y la juventud, convertido en poeta por los mismos designios del destino y en guardia civil por la inercia inevitable de la tradición familiar. Compaginar ambas identidades, en principio incompatibles a causa de la historia y de la literatura, es lo que convierte a V. Burillo en un ser singular. Y la razón de los atestados más bellos que podría escribir cualquier guardia civil. Estos son a mi juicio los mejores momentos de la novela de Blas Gallego: los atestados, porque describen sucesos anodinos de forma literaria, lo que podría ser de paso una de las múltiples definiciones de lo que es la literatura; y las llamadas de atención de su teniente, que además aportan una tímida nota de humor. ¿Cómo se puede escribir un atestado por el atropello de un zorro? Y escribir: (…) mientras espero la llegada de la grúa que se llevará al coche accidentado, miro las escombreras de la mina La Oportuna, como si fueran una pila de gigantescas paletas, llenas de todos los tonos de grises, negros y ocres, que hubiesen sido desechadas por un pintor triste y obsesivo. (…) O bien: Los arbustos quedan sucios, impregnados de hollín. Es como la ceniza de un incendio que aún no ha sucedido. (…) Y rematar así el atestado: Constato como cierto lo que he averiguado esta mañana gris de marzo.
            Pues esto es lo que define al personaje V. Burillo y Blas Gallego consigue darle esta voz propia en los atestados.
            Hemos hablado más de la forma de contar la historia que al final, es lo que cuenta en la buena literatura, más que de la historia misma. Pero no quiero cerrar esto sin añadir que la historia es más real que novelesca, más verosímil que espectacular. En medio de ese reencuentro de dos amigos, de esa búsqueda íntima del yo del protagonista, de ese lirismo de lo intranscendente, cómo no, hay una historia de amor. V. Burillo se enamora de Dora Gradnic una chica serbia que trabaja en un bar, otra ave de paso como la alondra de Dupont. Pero Dora, sin embargo, no volará más porque anidará y se quedará en Ariño quizás para siempre. No pretendáis que os explique el final. Los finales, como en Donde anidan los sueños, siempre deben dejar puertas abiertas al lector. Solo os confesaré que V. Burillo consigue encontrarse a sí mismo finalmente, ser poeta, conocer el amor y captar, aunque solo sea en su retina la quietud de una alondra de Dupont asustada en la rama de un árbol. Pero no podrá escribir ningún atestado para explicarlo.
            El único testimonio de ello es esta buena novela.
 

martes, 14 de agosto de 2012

Obsesión por la escritura

Esta fotografía fue tomada el año que yo nací, dos veces, en 1965. Truman Capote (1924-1984) ya sabía entonces lo que significaba este oficio de metas difusas. En Música para camaleones, Random House Inc. Nueva York, 1980; lo decía de esta manera:

Al principio fue muy divertido. Dejó de serlo cuando averigüé la diferencia entre escribir bien y escribir mal; luego hice otro descubrimiento más alarmante todavía: la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero: es sutil, pero brutal.

Montano

Dice el narrador de El mal de Montano de Enrique Vila-Matas:
"no hay mejor forma de librarse de una obsesión que escribir sobre ella".
Pero además del narrador, lo han dicho múltiples personajes de ése narrador, del autor Vila-Matas o el propio VIla-Matas. Y seguimos en ello aunque sopecho que las obsesiones se renuevan y la escritura nos acompaña como única terapia.

lunes, 13 de agosto de 2012

Tristeza de Juan Ramón


En 1956, exiliado en Puerto Rico por culpa de la dictadura franquista, Juan Ramón Jiménez recibe dos noticias que de alguna manera, lo acompañaron hasta un triste final. Por un lado, que le van a conceder el Nobel de literatura y por otro, que a Zenobia le quedan pocos días de vida a causa de un cáncer incurable en aquellos años. Dicen que en esos momentos el poeta comprendió que todo lo que había escrito hasta entonces, especialmente en los últimos años, lo había escrito para ella.
Juan Ramón Jiménez murió dos años más tarde pero ya no había vuelto a escribir una palabra y cuando alguien le hacía la consabida pregunta del manual del periodista, que cual era su mejor obra, respondía: El arrepentimeinto de mi obra.
Todos sabemos que esa respuesta no es un título, pero merece un titular y la reflexión, una vez más, sobre la negación de la propia escritura.

Identidad 4


No importa si Juan Goytisolo o George Steiner. Me importa la contundente belleza de la idea. El caso es que el escritor Andrés Neuman en su novela El viajero del siglo, premio Alfaguara 2009, citaba la siguiente frase del crítico francés:
Los vegetales tienen raíces; los hombres y las mujeres tienen pies.


Más tarde, en un artículo sobre nacionalismos e identidades, Juan Goytisolo, una mente preclara, seguramente prafraseando a Steiner decía:
Los hombres no tienen raíces como los árboles, tienen pies, y se mueven...


Identidad 3


El profesor Jordi Llovet, en un artículo titulado No quieren escribir más publicado en el diario El País el 17 de febrero de 2000, empieza diciendo:
Si acordamos que la literatura catalana es la literatura escrita por hombres y mujeres que viven en Cataluña -así lo quería la generación de Gabriel Ferrater y de Gil de Biedma, tan amiga del alcohol, la diversidad y la camaradería, bien podemos hablar hoy de un libro de rara calidad y de frecuencia rara en nuestras letras, tan pródiga justamente en otras épocas en este tipo de narración medio documental, medio ensayística.


Se está refiriendo al libro de Enrique Vila-Matas Bartleby y compañía pero eso no es lo que me importa aquí, sino atreverme a apostillar al profesor, incluso a leer entre las líneas del también crítico y gran editor, a quien en mis tiempos de facultad era casi imposible acercarse si no tenías pegadas en la frente una buena colección de matrículas de honor.
Para empezar, la frase condicional se parece demasiado y es sintomática, a la de Jordi Pujol cuando se hartara de declarar con acierto que és català qui viu i treballa a Catalunya. Pero esto, que para mí no deja de ser una evidencia, tampoco es lo que más me importa. Me llama más la atención sin embargo tres matices, quizás caprichosos de mi lectura, que denotan cierto doblez.
El primero, que para defender la "nacionalidad" del autor tenga que apoyarse en los Ferrater o Gil de Biedma. No le faltaría al profesor talla intelectual y conocimiento de causa para defender el solito la teoría. El segundo, que efectivamente, esos poetas, y otros, fueran tan amigos del alcohol, la diversidad y la camaradería, no es ni una novedad de la historia de la literatura ni mucho menos una rémora para ser lo que decían ser, poetas catalanes. Y la tercera, que como bien debe saber el crítico, no basta con vivir en Cataluña o en la isla de Pascua para que la literatura sea de un sitio o de otro, además, y esto me parece imprescindible, debe partir de, contar e ir a parar siempre a ese sitio como escenario genético creativo, como es el caso de estos poetas y tantos otros escritores catalanes que escribimos en castellano.

No se mete en berenjenales, como yo, y el gran profesor obvia el hecho fundamental de la lengua de expresión escogida. De manera que todo el fragmento queda reducido a una apropiación facilona, no exenta de ironía y de una corrección política, que aunque a veces sea agradecida, en este caso me parece precisamente un desliz inconsciente de nacionalismo literario.

domingo, 12 de agosto de 2012

Identidad 2

En una entrevista que tuvo por título Un  escritor solemnme es lo menos solemne que hay, publicada en el diario El País el 19 de febrero de 2000, Ignacio Echevarría le preguntaba a Enrique Vila-Matas:
¿Se reconoce usted vinculado a alguna tendencia determinada de la literatura española contemporánea?
A lo que Vila-Matas, haciendo uso de su inteligencia parasitaria, contestó tomando prestadas las palabras de otro:
Como decía el polaco Gombrowicz: "Cuando escribo, no soy ni chino ni polaco"

En la misma entrevista, más adelante, cuando Ignacio Echevarría le pregunta si la teoría del laberinto del NO desarrollada en de su novela? Bartleny y compañía"constituye "el único camino que queda abierto a la auténtica creación literaria", Vila-Matas responde:
En efecto, el autor de mis escritos no soy yo mismo, sino otro personaje, el personaje fantasmal del escritor. Esto lo sintetizó muy bien Borges cuando dijo: "Al otro Borges es a quien le ocurren las cosas"


sábado, 4 de agosto de 2012

Identidad 1

 
El escritor argentino Rodrigo Fresán, en un artículo titulado "Historia abreviada de un Vila-Matas portátil" publicado en la revista Punto G, Guadalajara, México, en marzo de 2005, refiriéndose al monstruoso escritor catalán dice: (...) Vila-Matas -escritor "de culto" en todas prtes- no tiene ninguno de los premios importantes de su propio país ni lo llamó Jordi Pujol, Capo de la Generalitat, para felicitarlo por el Rómulo Gallegos. Tal vez lo consideren un escritor extranjero, quien sabe...

Y habría que preguntarle también a los Goytisolo, a Eduardo Mendoza, a Manuel Vázquez Montalbán, a Maruja Torres, a Juan Marse, a Féliz de Azúa, a Pedro Zarraluki, a Francisco González Ledesma o a Javier Cercas por citar a un ramillete de grandes escritores catalanes.

Salvando los abismos, yo mismo, cuando publiqué mi primer libro comprobé como la crema de la sociedad de mi pueblo de residencia entonces, militantes de Convergència y propietarios de los cuatro grandes y prolíficos apellidos del pueblo y de su consistorio, no acudían a la presentación de El leedor fósil. Yo, que soy catalán y Jordi, firmo mis libros como Jorge y eso, escuece y excluye.

Coincidencia 4



Juan Antonio Masoliver Ródenas, en un artículo titulado "Vila-Matas y el viaje al fin de la noche" publicado en La Vanguardia el 7 de septiembre de 2005, refiriéndose lógicamente al territorio de la infancia del metaescritor barcelonés dice: (...) También, pues, su vocación viajera, otra constante de las novelas de Vila-Matas como búsqueda y como huida, tiene su origen en la infancia, cuando "viajaba de niño con el dedo por los mapas de mi atlas universal" (...)
Como Cortázar, como Borges, y como tantos otros. La fascinación infantil de los escritores por los atlas, una coartada para la huida.

viernes, 3 de agosto de 2012

Edward Hopper


MUSEO THYSSEN-BORNEMISZA
MADRID 12/6 – 16/9 2012
EDWARD HOPPER


Hopper, en una carta fechada el 19 de octubre de 1939 y dirigida a Charles H. Sawyer, director de la Addison Gallery of American Art en Andover Massachusetts, donde se exponía el cuadro Manhattan Bridge Loop; empieza diciendo: Querido señor Sawyer: Me pide que haga algo que posiblemente sea tan difícil de hacer como pintar: estos es, que explique la pintura con palabras.
Probablemente Hopper estuviera en lo cierto, pero de la misma manera que él debió pintar porque no pudo evitarlo, los escritores escribimos por la misma razón, y yo voy a escribir algunas palabras sobre sus cuadros, al fin y al cabo ambas formas de expresión nacen de la misma voluntad subconsciente de crear una propia visión del mundo. Pero no pretendo como él dice en la carta, explicar su pintura, sino sobre todo, explicar lo que su pintura obra en mi interior, simplemente una lectura, la descodificación de un mensaje. El código no importa. Y no sé realmente valorar qué es más difícil, pero eso tampoco creo que importe. Lo que sí creo tener claro es que esa coletilla contemporánea que la sociedad de la imagen impuso a diestro y siniestro, esa que afirma cual verdad divina, que a veces una imagen vale más que mil palabras, no siempre es cierta e incluso a menudo es simplista e injusta. Una buena imagen evoca y provoca y en esa provocación, en esa reacción proteica de sensaciones, una imagen puede merecer mil y una palabras mientras que en otras ocasiones, mil y una palabras no darían ni para una mala fotografía sin alma.
A mí los cuadros de Hopper me provocan historias. No es nuevo, lo mismo les pasó a un buen número de cineastas. No voy a enumerarlos y resultar ser así un engreído y falso intelectual. Basta con acudir al ciclo de cine que propone el museo Thyssen, paralelo a la exposición de sus cuadros, para comprobarlo. Y lo mismo le ocurrió a él cuando decidió pintar algunos escenarios vistos en películas de culto anteriores a su obra. Así que seguramente, Hopper no tendría más remedio que aceptar que alguna razón debo tener y que literatura, pintura y cine están condenados a retroalimentarse y a interpretarse mutuamente.
Detrás de cada cuadro de Hopper hay una historia, cada estampa americana es una captura realista de un momento humano, de un estado de ánimo quizás, la congelación de un conflicto que obra el sortilegio de sugerir la cotidianeidad del individuo. Me interesan especialmente los cuadros que mejor representan esta descripción subjetiva, aquellos en los que aparecen figuras humanas convirtiéndose en el centro de atención. Unas figuras humanas que pierden su mirada en la lejanía, o que ofrecen un gesto corporal de soledad, de recogimiento o incluso de distancia con un marco luminoso magistralmente representado, las casas y los campos, las carreteras, pedacitos urbanos o habitaciones ya sean de hotel, o de edificios genuinamente americanos. Lo que ilustra la soledad, la falta de comunicación o la comunicación sesgada por el individualismo de la sociedad de la primera mitad del siglo XX en medio del sueño americano; es la disposición de esas figuras humanas entre sí en el centro de la imagen. Son figuras humanas que apenas se tocan, que no se miran o lo hacen de soslayo, figuras que incluso a veces se dan la espalda para no enfrentar sus conflictos a la mirada del otro, pero que lo dicen todo y lo muestran sin pudor al espectador. Y el espectador, como yo en este caso, se ve obligado a leer entre líneas donde está el problema sugerido por la instantánea. Me voy a centrar en seis ejemplos de mi predilección entre su repertorio, dos de los cuales, Excursion into philosophy y Summer evening no se exponen en el Thyssen.

Morning sun nos muestra a una mujer sentada en una cama y mirando la ciudad a través de un gran ventanal por el que se cuela la luz de la mañana. Se recoge las piernas flexionadas con los brazos y la expresión difusa de la cara es de serenidad y reflexión. No sabemos si hay alguien más en la habitación, quizás en el baño o fuera del alcance visual de Hopper, pero parece claro que la mujer agradece la luz después de un sueño placentero, probablemente a solas, probablemente con un amante que tiene prisa y desaparece. La mujer se despierta con esa luz curativa que le ofrece un nuevo día, una coartada para encontrar la felicidad.


Room in New York es una más de esas habituales estampas de hotel. Un hombre y una mujer captan la atención, él lee el periódico con aparente interés y ella, sentada de lado ante un piano de pared, con la mano derecha acaricia el teclado mientras que el antebrazo izquierdo descansa con laxitud sobre el lateral del piano. Evidentemente no se miran, el tedio en la actitud de la mujer sugiere nuevamente un conflicto de soledad, el reclamo de la atención quizás imposible, caducada, del hombre. La cabeza gacha y la posición de escorzo del cuerpo de ella, que probablemente intentaba hablar con el hombre hasta que se puso a ojear el periódico, confirma su pesar y su abandono.
La historia del cuadro Excursion into philosophy bien podría estar entre las dos anteriores, pertenecer a los mismos personajes en diferentes etapas, no importa si antes o después la una de las otras. De nuevo una mujer y un hombre, ella estirada en la cama vuelta hacia la pared, y él sentado de espaldas a ella, con la mirada perdida en algún punto del suelo y los brazos dejados caer sobre las piernas. A un lado de la cabecera de la cama, otra ventana abierta por la que entra una luz depuradora y previsiblemente matinal. Quizás él acaba de vestirse, ella aún parece reposar con un camisón que no le cubre los glúteos, lo que nos propone una posibilidad de desconcierto. Quizás han hecho el amor y él debe irse ya, quizás ella no se siente amada, quizás se siente puro objeto de placer y él parece meditar si volverá a amarla de nuevo, si ha valido la pena. O como no, a lo mejor no se trata de nada de eso y ella yace satisfecha y se vuelve para expulsarlo a él de la habitación y gozar a solas del relax de su cuerpo satisfecho y exhausto.

En Four lane road un hombre está sentado en una fachada lateral de la estación de servicio, seguramente la misma y el mismo hombre del cuadro titulado Gas. Mira hacia la carretera que solo adivinamos, venciendo su espera y sus horas de hastío al paso de vehículos fugaces. A su espalda, por una ventana asoma una mujer que parece decirle algo. Por la expresión de la mujer posiblemente lo llama para cenar a tenor de la luz mortecina del atardecer, o lo avisa de una llamada que rompa la monotonía de sus días.
Summer evening nos propone una imagen nocturna de cortejo y de mayor connotación comunicativa entre sus personajes. Una pareja de aspecto y vestimenta joven conversan apoyados en un muro del porche de entrada de una casa, bajo la luz artificial de un plafón de techo. Él está ligeramente escorado hacia ella, que estira su cuerpo apoyada con los brazos estirados a su espalda sobre el muro, como ofreciendo su cuerpo, vestido ligeramente por unos shorts y un top a juego de color rosa. Quizás hacen planes para mañana, quizás se prometen amor eterno, quizás repasan un capítulo pasado de su relación, pero sin duda, se hayan enfrascados en un juego de absoluta seducción.

Finalmente, Conference muestra por primera vez a tres personajes y la seducción inspirada es intelectual. Se encuentran en algo parecido a un aula con mesas grandes y el habitual ventanal abierto absorbiendo una luz clarificadora que potencia el núcleo del cuadro, la figura humana. Una pareja muy elegante, ambos vestidos de largo conversan de pie frente al supuesto conferenciante. El conferenciante está sentado en el borde de una mesa, desde la que probablemente acaba de hablar de la idiosincrasia del arte pictórico americano frente a las corrientes europeas y la posición de sus brazos concentra toda la significación del momento. El brazo derecho se flexiona ligeramente con la palma de la mano abierta hacia sus interlocutores y con el izquierdo se apoya reclinado un poco hacia atrás. Es una posición dominante del discurso ante la postura recta y pasiva de la pareja. Él habla, argumenta y ellos escuchan en actitud de aseveración.

            Hasta aquí, y sin necesidad de confirmar el grado de coincidencia con la intencionalidad del artista, porque esta es mi lectura y estas son mis palabras sobre su pintura; las imágenes entre otras muchas que más me interesan de Hopper. No sus casas solitarias, ni sus paisajes urbanos o rurales americanos, no, las que me interesan son las que esconden una o mil historias, las que proponen un misterio o un conflicto comunicativo entre hombres y mujeres. Esas estampas de Hopper que nos miran para que leamos dentro de nosotros mismos, esos cuadros como espejos del alma.
            Madrid, agosto de 2012      








martes, 17 de julio de 2012

Porta4 interpreta Confianza


"Confianza" és una breu peça teatral basada en el conte de Jorge Gamero que, dividida en tres parts, exemplifica el significat del seu títol a través de la narració de tres instants de la vida d'una parella. La cinquantena d’espectadors que ahir dilluns van tenir la sort d’assistir a la representació de la sala Porta 4 contemplaven amb un somriure còmplice com davant seu uns actors en estat de gràcia (segurament pel barri on té la seu el teatre) posaven en escena la descripció naïf de la vida en comú. En la primera part, els joves acabats de casar són el prototipus de la candidesa més simpàtica, són encantadors, representen la il·lusió en estat pur... i també la més encantadora de les imbecilitats. En la segona, han prosperat en l’alienació més absoluta i en fan exposició pública (literalment), comentant a la platea les imatges del seu progrés (projectades al mur blanc que ocupa tota la paret del fons de la sala). Ara, però, tot i mantenir l’aparença de felicitat, els actors són en dos extrems de la sala i comencem a endevinar una certa amargor en el repàs de tot allò que l’entorn social els ha exigit que aconsegueixin: cotxe, casa, néts, etc. És en la tercera part, amb un escenari enfosquit de manera simbòlica, quan ella, ja adulta, reflexiva, sense el posat estúpidament innocent de 37 anys enrere, es traurà el maquillatge i confessarà que ha viscut en el dubte, en l’engany, en l’aparença: gosarà obrir una petita caixa de fusta que el seu marit, que ha aparegut entre les ombres, en l’inici de la seva relació li va pregar de no fer-ho. No sabrem quin és el seu contingut, però no cal, perquè sabem que alguna cosa s’ha trencat i no es podrà reparar l’error. Basta observar l’expressió dels dos rostres per entendre-ho.
El text, d’estil sobri, el·líptic, flueix sense estridències, ajuda els actors a construir un parell de personatges que són fàcils d’identificar i, potser precisament per aquest motiu, difícils de presentar amb gràcia i originalitat davant del públic. El disseny monàstic de l’escenografia ajuda: cal ben poc per dir molt.

Albert Vilanova
Professor de literatura, traductor i escriptor.


Confianza


Cuando empezaron a vivir juntos él sólo le puso una condición: jamás, bajo ningún concepto, ella debería abrir aquella caja de cartón que había guardado en su altillo. Ella lo aceptó confiada, en un rapto de generosidad conyugal, cumpliendo el simulacro del respeto.
Pasaron años, sonrisas y lágrimas, segundos de éxtasis coital, horas de soledad de espaldas en la cama, proyectos truncados y pequeñas acumulaciones materiales, álbumes de fotos, hijos, recuerdos de viajes y muchos, muchos recibos de hipoteca pagados. Todo normal, absolutamente normal en una calma aparente, sin fisuras, sin crisis relevantes, en medio de silencios terapéuticos.
Sin embargo, ella no había olvidado. Llevaba media vida sin entender la razón de aquella condición impetuosa y juvenil del principio. ¿Qué sentido tenía? ¿Qué debía ser aquello tan importante que se escondía en la caja de cartón? Si ella nunca había tenido secretos para él, ¿por qué él debía desconfiar de ella?  
La duda la estaba consumiendo y los silencios se prolongaban cada vez más tiempo. Un día, aprovechando su ausencia, no pudo resistir la tentación. Convencida de que destapando la pesada losa del enigma conseguiría la calma necesaria para que sólo la muerte los separase, rompió su promesa.
            Y abrió la caja de cartón vacía, aunque ya era demasiado tarde.

lunes, 16 de julio de 2012

El síndrome del pez.


El síndrome del pez.
Emilia Lanzas
Colección Guermantes nº 25
Editorial Gens S.L.
Madrid, 2012
ISBN: 978-84-939990-2-5


Leer sin tregua. Hay que leer, leer y leer. Sobre todo si tienes el bicho de la literatura en el alma y padeces el mal de Montano. Y no quiero vacunas. Leí algunos clásicos, son tantos y tan larga la historia…, pero me cansé hace años con todo mi reverencial y sincero respeto, leo a los clásicos contemporáneos entre los que sigo buscando el placer y a los contemporáneos mismos de uno mismo, a los que leo cada vez más, para encontrarme a ser posible entre la atemporalidad de la buena literatura. Pero hay gente que se resiste a leer a los que escribimos mientras que ellos respiran. Supongo que tienen sus razones, tan respetuosas como absurdas para descartarnos por estar tan lejos de la aburrida posteridad. No es mi caso. Yo leo a mis colegas para comprobar al fin que la literatura no tiene tiempo. Sé que este blog no es una prueba, que hasta ahora no he dado fe de ello, pero iré haciéndolo y hoy quiero abrir el fuego.
            Y lo hago con El síndrome del pez, de la periodista y escritora Emilia Lanzas, un libro de relatos editado por Gens, en Madrid, este año 2012 para su colección Guermantes.
            El libro tiene un prólogo, un prólogo que se suma a la fiesta del libro de Emilia. Porque podría formar parte de él, porque es otro cuento, a modo de justificación, de lo que está a punto de llevarse a las neuronas el lector, el libro comentado, su personaje escogido. Del autor del prólogo, Eduardo García, nada puedo decir, como no sea invitarlo, si no lo ha hecho ya, a escribir él otro libro de relatos. Podría valer la pena y Emilia, no se sentiría tan sola en una apuesta tan personal. Él la justifica con una afirmación tan arriesgada y aceptable como el propio libro: (…) para ser cuentista de verdad, de esos que excavan hondas galerías para hacer aflorar un trasfondo inesperado, hay también que invitar a un poeta a infiltrarse en la escritura. Un poeta de esos que cuentan más que cantan. Y Emilia predica con el ejemplo hasta niveles febriles con su Síndrome del pez. Otra cosa es discutir si es verdad o no, ángel de amor… que un cuentista necesita llevar un poeta dentro para serlo. Quién sabe si incluso podría ser al revés, y el cuentista, como yo, fuera un poeta frustrado que ha tenido que conformarse con contar historias de otra manera, incapaz de capturar la esencia del verso que lo dice todo sin parecerlo. Pero éste sería otro tema, otro género, como el ensayo, para el que aún estoy menos dispuesto.
            El libro de Emilia Lanzas, como mínimo, no te deja indiferente. Por su extrañeza mantenida de principio a fin, porque con cada cuento tienes la sensación de que hay otras posibles lecturas distintas a las que uno hace a primera vista, porque a veces la historia es lo de menos, otras, lo de más, porque siembra preguntas y por lo tanto dudas y por lo tanto la reflexión íntima, pero siempre te deja con la sensación aplastante de que algo ha pasado antes y durante la lectura y que ya después, o vuelves a leerlo, o te vas a quedar colgado de una nube de sensaciones poéticas. Ahí es nada, ¿qué más se le puede pedir a un libro perdido entre la inmensidad del mercado editorial?
            El síndrome del pez está compuesto de treinta y un cuentos a borbotón, uno  detrás de otro sin un orden determinado y de extensión irregular. Unos son híper breves y otros sencillamente breves pero la extensión no rompe la magia del relato en ningún caso. Ni la unidad de estilo, de hecho, todo el libro podría ser considerado por críticos mal intencionados, de esos que solo respetan a los clásicos clásicos, como un mero ejercicio de estilo. Pero ese es a mi juicio justamente el logro de un libro de relatos: dejar definido un estilo narrativo más allá de la miscelánea de historias. Los cuentos de este libro proponen un estilo híper lírico, la mayoría de ellos son intensos poemas en prosa en los que la historia queda casi oculta y al servicio de lo poético. Podría rescatar una montaña de ejemplos, pero valgan solo unos pocos en esta manía deliciosa y egocéntrica de anotar los libros que uno lee, cuando se dicen cosas como, por ejemplo: Ella me miró con los ojos lacios, o Él (Paul Eluard, casualmente) me contestó que las uvas contienen gotas de risa. Palabras de combinación caprichosa como olor a espasmo, llorar con puras lágrimas de acequia o frases de un lirismo enigmático como En mi undécimo cumpleaños fue cuando me enteré de que las mujeres no mueren. Pero este libro, ya lo habrán sospechado, también coquetea con el surrealismo, ese aliado de la poesía, con el minimalismo de imágenes abandonadas a la descodificación libre del lector, sin más medios que la sugestión de un conflicto anímico, espiritual, apenas insinuado con la levedad y al mismo tiempo con la rotundidad de algunos versos narrados como una pedrada en la sien.
            Como en todo libro de relatos, el autor puede despistar al lector, cautivar aquí, dejar indiferente allá y así, dar ese juego selectivo para que la personalidad del que lee le lleve a escoger inevitablemente a unos relatos por encima de otros. En mi caso, me quedo con La cita, con Hombre, pájaro, deseo, quizás el que más me gusta. Una historia de terror bíblico y de soledad escrita con una técnica impresionista, casi de escritura automática no exenta del lirismo habitual. Me quedo también con La noche que amé a Paul Eluard, el más surrealista de todos, o con Es la hora, preciosa y breve imagen que combina perfectamente narrativitas y lirismo para evocar al gran Pessoa, me quedo con Los agujeros negros, quizás por ser la historia más comprometida, la que denigra la tragedia de la violación y el mezquino ultraje de las mujeres en sociedades subdesarrolladas, o no tan sub, y me quedo finalmente con Cuando conocí a Cortázar sobre todo porque Cortázar es uno de mis predilectos, pero también por ser la historia más redonda y por el trato implacable del personaje más desgraciado del libro, el de un amante despechado e ignorado como es Arturo.
            Leed amigos, leed lo que os dé la gana pero cuando estéis cansados de encontrar justo lo que esperabais, cuando queráis ser sorprendidos de verdad, probad con Emilia Lanzas y su Síndrome del pez.