Dialogando en el Café Salambó

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sábado, 13 de julio de 2019

Primera reseña de "Tokio en el corazón"

Primera reseña de "Tokio en el corazón":


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domingo, 30 de junio de 2019

Notas de mi lectura de "El animal más triste", novela de Juan Vico.


El animal más triste
Juan Vico
Barcelona, 1ª ed. enero de 2019
Editorial Seix Barral S.A.
Colección Biblioteca Breve

ISBN: 978-84-322-3462-0


Cuando empecé la lectura de esta novela de Juan Vico no tenía pensado escribir reseña alguna, aunque tampoco esto lo va a ser. Más bien se trata de mis notas de lectura. Es cierto que tenía curiosidad por el autor, con quien compartimos algunos conocidos. La primera novela Los bosques imantados, con el mismo sello editorial, había provocado buenas críticas, la seductora cubierta de esta de ahora, la sinopsis de la contra, la cita inicial y la primera frase; finalmente me convencieron, y compré el libro el Sant Jordi pasado. Incluso el título, El animal más triste, me recordaba al de otra novela, extraordinaria y de placentera lectura, La historia más triste, de Javier García Sánchez, que fue Premio Herralde en 1991, (Barcelona, 1991, Editorial Anagrama). Aunque debo decir que en esta sí que había sexo, no tanto en la novela que nos ocupa. Esto, que puede parecer en principio una crítica, tampoco tiene por qué serlo, la novela tiene otros muchos valores pero, todo el parafraseo promocional que cacarea ese papel preponderante de lo sexual, son ganas de despistar. Y ya entrando en las tripas, no deja de ser curioso también que el autor haga decir lo siguiente a una de sus protagonistas:
(…) Constaté de paso que el sexo, en literatura, o se aborda con humor o se aborda con crudeza, no admite medias tintas. (…)
Cuando en realidad, en El animal más triste, el sexo no está planteado ni con humor, ni con crudeza y se queda más bien en las medias tintas. Sí, ya sé que personaje, narrador y autor no tienen por qué estar de acuerdo, pero es sintomática la coincidencia de lo que a mi modo de ver, es una contradicción.  El sexo es solo una veta de la línea argumental que liga las vidas y las relaciones del enjambre de personajes. Nada más. No es el tema. El tema es la literatura, el cine, la amistad, la creatividad en definitiva y cómo todo ello se relaciona para explicar la vida desde el arte, desde la reflexión metaliteraria.
Y esto sí que me interesa, y esto sí que es un valor de la novela.


Como decía al principio, ya que no había pensado en una reseña y los hilos y argumentos están explicados en la contra y en otros muchos rincones nebulosos, lo que yo voy a hacer es citar fragmentos y mis reflexiones sobre dichos pasajes, que de alguna manera, también darán muchas pistas sobre los entresijos de la novela, unas veces para elogiar lo que me parece brillante, y otras quizás para matizar, contradecir y dialogar con el autor desde la intimidad de mi lectura hasta el casi anonimato de mi blog. Una forma de escribir sobre la escritura de otros más a lo Vila-Matas, ya que Juan Vico, me da a mí que es uno más de los muchos seguidores de esa, ya escuela, de entre los que en este mundillo somos.
Se abre el libro con una cita del visionario cineasta francés Robert Bresson, de sus Notas sobre el cinematógrafo:
Haz aparecer lo que sin ti quizás nunca se vería.
La interpretación, que puede ser tan abierta como compleja, a mí me llevó a pensar en que precisamente tanto el cine como la literatura quizás compartan la facultad, o mejor, el propósito, de mostrar las cosas más allá de lo aparente, más allá de la imagen que nos muestra la realidad. Y de paso, me hizo pensar en otra afirmación parecida, del escritor uruguayo Mario Levrero cuando decía que había que crear la mentira que diga la verdad…


La primera frase del libro, que abre la primera parte de las tres que tiene El animal más triste, es prometedora y sugerente:
Bailo sobre mi silla giratoria, soy un ágil derviche consagrado a la mística de la rutina.
Cuando menos, no deja indiferente. Y aunque ya sabemos de la importancia de las primeras frases de una novela… habría que averiguar la razón, en este caso, la asociación entre algo tan trascendente como la mística y la rutina más absurda me hizo pensar en que también hay una mística de la rutina, del dolce far niente, de la ociosidad del pensamiento de los intelectuales, y en el libro, por cierto, abundan, para lo bueno y para lo malo.
Seguimos.
Se dice más adelante:
El mundo está lleno de supuestos escritores que jamás escriben, dice Paula; yo conozco a unos cuantos. Y peor aún, dice Roberto: de supuestos escritores que sí escriben.
Escribe el narrador el en cursiva, para resaltarlo. Cuánta razón tienen ambos, Paula y Roberto. Sobre todo Roberto, uno de los personajes más potentes y nucleares de la novela, como si fuera un auténtico Bolaño. Solo añadiría por mi parte y eso va para el narrador y para el escritor, incluso para mí mismo, que aunque el tipo de escritor que somos no lo debemos decir nosotros, nunca nos vamos a reconocer en ninguno de los dos tipos. Esto, que puede parecer tan evidente, no lo es. Porque hoy día todo el mundo escribe, porque hoy día mola ser escritor, nada que ver con siglos pasados, porque hoy día la categoría de escritor es el anhelo de los influencers… Disculpen la digresión, pero tan equivocados andan, ellos y los editores fabricantes de libros, cuando el primer modelo de influencer que deberían seguir es el de un tal Cervantes, don Miguel de.
Curiosidad o coincidencia biográfica.
Están hablando de la obra de Roberto y el narrador de esa primera parte dice:
(…) el asombro que nos producían los textos que de tanto en tanto nos leía o nos permitía leer. Narraciones escurridizas, versos que no se parecían a nada de lo que conocíamos, inclasificables artefactos literarios.
Y recuerdo que eso de “artefactos literarios” lo dijo de mi segundo libro de relatos alguien muy grande. Pero voy a obviar el nombre, solo lo saben unos pocos y una de ellos, si lo escribo, me riñe porque cree que me acuerdo demasiado a menudo. La vanidad… Pero como nunca es tarde, debo de reconocer que tenía razón.
Otra genialidad prestada, la que encabeza la tercera parte, para mí la mejor de las tres en este interés mío in crescendo por la novela, es de nuevo una cita, de nuevo de otro genio de la imagen, del fotógrafo Henri Cartier-Bresson:
Solo tienes que vivir y la vida te dará fotografías.
 No puedo estar más de acuerdo con la cita y la intención y lo que no sé es si en la cabeza del autor, está mi siguiente reflexión, o quizás lo que pretendía era provocarla, venga va... Que donde dice fotografías, escribes textos, te inventas que la frase es del genio de Bolaño, por poner un buen ejemplo, y la cita funciona igual de bien. Solo cabría añadir, a mi modo de ver, que a pesar de la evidencia, tienes que ser un buen fotógrafo o un buen escritor, no necesariamente Cartier-Bresson o Bolaño para ver ese retorno de la vida. Pues el común de los mortales pasa de largo por la vida sin cumplir aquello de Gil de Biedma, dejar huella quería…

Lo mejor de Vico en esta novela, está en el inicio de un capítulo de la tercera parte cuando escribe, con muy poco, solo un punto  aparte y un verbo; y lo dice todo:
Acabo de escribir un poema.
Creo.
Luego añade,
(…) habla del pasado, como todos los poemas. (…) Los poemas no salen de ninguna parte. (…)
También,
(…) El poema habla de un pasado ficticio, como todos los pasados. (…), o como diría mi amigo, el poeta Paco Moral, pasados improbables…
Después de esta introducción sigue disertando sobre la forma de entender la poesía, de ser poeta, antes que escritor diría yo, interpreto yo, y combina ideas interesantes como esta:
(…) El poema en realidad es un agujero, como todos los poemas; la idea de un agujero. Una carencia. Una sustracción. Un pozo seco. (…)
Con evidencias como esta otra:
(…) al fin y al cabo, la literatura no es más que un acto de seducción (…)
Desde ese Creo inicial, desde esa duda sobre haber escrito o no un poema, y a lo largo de unas veinte paginas, se desarrolla todo un ideario, una declaración de intenciones y de principios literarios, un manifiesto personal aunque en muchos aspectos también universal dentro de los cánones del respeto por el oficio; que gana mi complicidad con el autor, que comparto, y que aplaudo. Y termina este largo subcapítulo, en el que podríamos considerar que se halla un poco la esencia de la intención de toda la novela, el yo frente a la literatura, con lo siguiente: está hablando de la obra que está por llegar, del libro que su agente le reclama:
(…) Ya lo estoy viendo, le diré a mi agente. Este libro sobre el que me desangro, insomne y feroz, caerá como una bomba en las mesas de novedades, hazme caso. Un libro que no nació como un libro, pero que va camino de parecerse a un libro. A mi gran libro. Nada menos que un diario íntimo, intimísimo, imagina. Un diario sin tapujos, servido en crudo. Un diario visceral, eviscerado. Detallado hasta el exceso. Escabrosamente desmedido. Ejemplarmente inmoral.
Un diario de ficción, por supuesto: como todos los diarios.
Bien, pues a mi no me importará leerlo. Ahí andamos muchos pero de momento, lo primero que me vino a la cabeza, y escribí en lápiz, claro, sobre la página en cuestión fue esto: ¿Un libro como Ordesa de Manuel Vilas, por ejemplo?
Ahí lo dejo.
Y voy a terminar con otro fragmento puesto en boca y voz narrativa de otro personaje, que si bien puede parecer contradictorio con la voz anterior, quizás no hace más que significar que hay tantas maneras de entender el oficio como escritores y que quizás ambas sean válidas e incluso compatibles:
(…) Ya me entiendes, dice. Al menos mis libros no pierden el tiempo preguntándose sobre su propio sentido, ni me hacen preguntarme sobre su pertinencia. Escribo y punto. No sé por qué escribo, aparte de para ganarme la vida, y tampoco pretendo saberlo. Los escritores estamos obsesionados con nuestro trabajo, pero el lector no tiene la culpa.  
Y tiene razón, la verdad, aunque en mi caso, a veces no puedo evitarlo y aunque solo sea por eso, porque dudar es bueno, tampoco voy a pedir disculpas.
En definitiva, y para terminar, El animal más triste, es un buen libro para los que nos sentimos “literaturadictos”, pone en funcionamiento la reflexión, más que la ficción y digamos que vale la pena leerlo teniendo esto en cuenta.
Y ¿por qué el más triste? Porque como se dice en la primera parte,  a vueltas con el guión de un corto de cine que los protagonistas habían perpetrado en sus años universitarios: Lo sacamos de aquel proverbio latino tan manoseado, dice Marta: Post coitum omne animal triste est. «Todo animal está triste tras el coito», traduce Paula aplicadamente. Algo así, apruebo sin disimular mi repentina, confortable tristeza.
Y pasa igual con la literatura, que al inmenso placer de quien termina de escribir un libro, a veces también de leerlo, sobreviene una sensación de tristeza, o más bien de insatisfacción, de la convicción de haberlo podido gozar aún más, de repetir y repetir hasta la flaccidez. Pero como dije al principio, en este libro, al contrario de lo que pueda parecer, hay más palabras que piel.