Dialogando en el Café Salambó

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lunes, 4 de marzo de 2019

Conversaciones con Mario Levrero



Conversaciones con Mario Levrero
Pablo Silva Olazábal
Valencia, 1ª ed. noviembre de 2017
Ediciones Contrabando
Textos y contextos 3

ISBN: 978-84-947120-8-1


Este libro ha sido un descubrimiento y seguramente se quede ya por aquí, merodeando entre los trapicheos de mi escritorio. El protagonista del mismo, el escritor uruguayo Mario Levrero, raro dicen, como si la lucidez fuera un sinónimo de rareza, es otro descubrimiento y para rematar la certera carambola, su editor, Manuel Turégano de Ediciones Contrabando, es el tercer descubrimiento del azar, que es la circunstancia para encontrar las mejores cosas, justamente cuando no las buscas.


Y luego está el autor, casi lo olvidaba, el escritor y periodista cultural Pablo Silva Olazábal, uruguayo como Levrero. Silva ha tenido muchos aciertos en este libro. El primero la idea del mismo por supuesto, después, como buen periodista cultural el saber preguntar en un libro de conversaciones y finalmente y sobre todo, el acierto de quedarse en un segundo plano para visibilizar al máximo a Levrero, que es de lo que se trataba, y dejar a un lado uno de los mayores males que tenemos los escritores: la vanidad. Este libro fue editado en Uruguay en primera instancia en el 2008 por Ediciones Trilce y ahora, como decía al inicio, Manuel Turégano nos lo ha traído con Contrabando, acaso una de las pocas maneras de traer un libro raro de un autor raro, en este país de certeras listas de súper ventas.
La estructura de esta joya es sencilla a la vez que variada. Primero tenemos las conversaciones, que son diez concretamente y están organizadas por temas relativos a la escritura, la lectura, la edición y otros asuntos colaterales. Le siguen dos cartas, una a un editor chileno, Francisco Mouat, y otra a editores argentinos. Vienen después dos páginas de agradecimientos quizás porque hasta ahí llega la intervención necesaria y directa de Silva. A continuación tenemos un Epílogo de Ignacio Echevarría y un apartado de Anexos, muy ilustrativos, compuesto por otro texto de Álvaro Matus, un apartado titulado Rarezas con una pregunta de Onetti a Levrero, una reflexión sobre los mecanismos de la creación, y dos poemas. Se cierra el libro con las últimas dos entrevistas que Levrero concedió antes de su muerte en 2004, y un perfil biográfico y bibliográfico del uruguayo.
Las conversaciones son excelentes entrevistas sobre literatura y la obra de Mario Levrero. Al leerlas, he recordado la defensa del formato textual de la entrevista que hacía mucho antes Augusto Monterroso en su Viaje al centro de la fábula (Barcelona, Editorial Anagrama, 1992): La entrevista es el único género literario que nuestra época ha inventado. Lo decía con toda la ironía del mundo, para señalar la pobre aportación de la época, lo sé, pero en medio de la ironía, considero que las conversaciones que Silva pensó, estructuró y mantuvo con Levrero de repente son verdaderas piezas yo diría que de ensayo literario de gran calidad, lo que vendría a darle la razón a Monterroso. Un Monterroso al que sin embargo no aplaudía Levrero y sí Pablo Silva, porque a lo largo de las conversaciones también hay discrepancia. Se estaban refiriendo a la relación entre el talento y el compromiso existencial con la literatura por parte de los escritores y al mencionar al guatemalteco dice Silva:
(…) Augusto Monterroso. Mario levantó las cejas y dijo, “ah, el modelo de antiescritor”. Lo miré y no tuve que preguntar nada para saber de inmediato qué significaba  eso: aludía al peso de lo erudito y lo intelectual en un escritor, en detrimento de lo otro, del lado oscuro y racional.
(…) Pero aún con todo eso, a mí me gusta Monterroso. (pp.122-123) seguía diciendo Silva, cosa que comparto con el.
Otra cosa es la reflexión acertada de Levrero al respecto y que uno como lector sepa discernir lo que tiene delante cuando lee y en qué momento lo hace. En mi caso por ejemplo, Monterroso fue otro descubrimiento gozoso de  hace casi veinte años en una época en la que aún andaba muy metido en las técnicas y no tanto en la voz propia y en la libertad a la que uno va accediendo, o cree hacerlo, con los años. Si vuelvo a Monterroso lo disfruto, lo aplaudo y lo valoro en lo que tiene de ingenioso y de chiste, bien entendido el término en el mismo sentido en el que el propio Levrero lo utiliza justamente refiriéndose a Monterroso:
La estructura del cuento es, para mi gusto, exactamente igual a la del chiste. La diferencia entre uno y otro es que el cuento no busca necesariamente hacer reír (el chiste es una categoría especial de cuento). El famoso cuento más breve del mundo, que consta de siete palabras, es un magnífico ejemplo de cuento (“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”). (…) (p.34)
Pero sigamos con las entrevistas. En ellas se habla de cómo Levrero concibe la condición de escritor, de cómo solo se puede crear desde la libertad absoluta.
En mi opinión, lo principal, casi diría lo único que importa en literatura es escribir con la mayor libertad posible. En todo caso podés usar técnicas para corregir, pero jamás para escribir. (p.19)
(…) Las cosas más propiamente literarias las he escrito con la mayor libertad. (p.77)
Con afirmaciones tan valientes, tan personales y que tan bien ilustran la libertad y la honestidad como estas:
Ser escritor no significa escribir bien (hay quienes escriben mal, como Roberto Arlt, o con un lenguaje poco literario, como Kafka, y sin embargo son grandes escritores), sino estar dispuesto a lidiar durante toda la vida con tus demonios interiores. Y esa lucha no puede ni debe ser impuesta desde afuera, sino que forma parte de la búsqueda o el encuentro personal de cada uno.
Por otra parte, sólo son opiniones mías; no es la palabra de Dios; lo mejor es usar tu propio criterio. (p.29)
Llega su idea de la libertad creativa hasta tal punto, que de repente comporta crear sus propias reglas como escritor: (…) para escribir cada cual tiene que hacer sus propias reglas. Exactamente (responde Levrero) Y si es posible, hacer las reglas después de escribir, como para no atarse ni siquiera a las propias reglas. (p.58)
Sobre el acto de la lectura y la escritura, dos fenómenos que uno concibe como sinónimos, si bien cambian a su vez en función de que quien lee o escribe sea solo lector o solo escritor, también deja su opinión Levrero sobre la mesa de disecciones. Pero es esta una opinión, cabe puntualizar, de quien escribe, claro. Un escritor no lee jamás de la misma manera que lo hace un lector por atento que este lo sea. El escritor conoce la soledad del taller, la intimidad de la cocina del escritorio, ve las costuras e hilvanes que precedieron al resultado final, lee también el borrador invisible, incluso el texto que podría haber sido en lugar del que es.
No sé dónde leí hace poco que escribir es una forma de leer; o que el escritor escribe para leer lo que va apareciendo. Por otra parte, leer es una forma de escribir; mientras leo voy construyendo el libro que viene a ser mi libro, aunque el autor sea otro. En todo esto parece imposible hallar alguna medida de lo que llaman objetividad. (p.63)
Sobre el tema universal del estilo y la forma, los esquipara y abunda en ello con alguna idea que no resultaría novedosa en principio:
(…) Volviendo al estilo personal, tema infinito, insisto en que no es lo que se cuenta, sino el cómo; y no por la perspectiva sino por la forma de contar. Desde dónde se cuenta. Si lo hacés desde el yo, el estilo suele salir convencional, o bien rebuscado o trabajoso. (p.76)
u otra más profunda y comprometida como esta:
(…) El estilo personal proviene, según mi experiencia de un otro yo, al que el yo suele molestar cuando interviene. (p.76)
Lo que significaría que para Levrero el individuo escritor siempre tiene o debería tener dos caras, la aparente, y la otra, cuando es escritor. Y no puedo estar más de acuerdo, es una sensación, o una intención, un trance que uno experimenta cuando vive y espera el momento para seguir viviendo en otro plano al escribir, al recluirse en el espacio incorpóreo de su imaginación.
Más adelante, sobre el estilo y la forma, hay un momento en el que es Levrero el que comenta un cuento de Silva, y en medio de esas valoraciones, aún será más rotundo:
(…) ¿Y qué te parece? Eso es lo esencial, es la literatura misma. La forma no es algo que se le cuelga a un texto, como quien da una mano de pintura. La forma ES el texto; los contenidos tienen una importancia menor, y siempre se pueden transmitir por otros medios. La forma y el contenido son una sola cosa; no podés forzar una sin destruir la otra. No podés cambiar arbitrariamente de envase sin alterar el producto. (p.109)
(…) El estilo es innato; sólo tenés que dejarlo manifestarse. Los que luchan por fabricarse un estilo son los que no pueden mirar hacia dentro. (p.109)
Hasta aquí, lo extraído de las conversaciones, aquello que mi lectura y mi forma de ser como lector y escritor destaca por ser una forma de certificarse a uno mismo, o también de abandonar tópicos, de “perder teorías o ideas” que podría decir otro admirador de Mario Levrero como es Enrique Vila-Matas para ilustrar la búsqueda interior.
En el segundo apartado misceláneo, algunas ideas Levrerianas vuelven con más fuerza en los textos de otros o en las entrevistas, con algún matiz que vale la pena sumar y destaco algunas otras no comentadas. Pero también se añaden las de Pablo Silva tamizadas por la omnipresencia de Levrero. Como cuando le escribe al editor chileno de Lolita Editores, Francisco Mouat, y para referirse a la manera de escribir de su compatriota dice:
(…) Dice Mario:
“La literatura propiamente dicha es imagen” (p.117)
Y sigue ahora el propio Silva:
(…) Mario le daba gran importancia a esta idea –en literatura las palabras deben comunicar imágenes-; por tanto, las reflexiones, la filosofía, la frase ingeniosa, los datos informativos no constituyen el nudo de la materia literaria. (…) (p.117)
Y más adelante Silva apoya la idea de Levrero con una célebre cita de Nabokov:
(…) En una entrevista le preguntaron a Vladimir Nabokov si al escribir él pensaba en inglés o en ruso y el autor de “Lolita” respondió: “pienso en imágenes”. (p.119)


En la carta a los editores argentinos, entre otras cosas, Pablo Silva vuelve a ilustrar lo que significaba escribir desde las imágenes:
(…) Uno de los talleristas virtuales pregunta qué quiere decir “escribir con imágenes” La respuesta, bastante larga, da una señal: la buena literatura es la que hace presente lo no dicho. (Pablo Silva)
Y muestra la explicación de Levrero:
“Que el relato surja de la imaginación, y no de la invención. Que cuentes lo que ves (o percibís, en general) cuando mirás hacia dentro, y no lo que sabés o lo que pensás. Eso es literatura en estado puro, en esencia.” (…) (p.127)
Y también se refiere a una visión muy particular de la corrección y a la voz propia. Dice Silva:
La palabra corrección está íntimamente vinculada a lo correcto, y en literatura lo correcto no siempre es lo mejor. Esto es algo que los escritores solemos olvidar. Esta anécdota de Mario también lo recuerda:
“Los textos necesitan corrección, es cierto. Yo nunca publico nada sin que por lo menos alguien de mi confianza lo haya leído y me haya señalado lo que suena mal.
Hace unos años entusiasmado con la electrónica corregí una novela eliminando repeticiones abusivas de “que”, “de” y mil cositas más. El texto quedó perfecto. Después se publicó un fragmento en una revista y cuando lo vi agarré una terrible depresión. No era mi texto. No era nada. Era un mamarracho insufrible. Por suerte había conservado la versión anterior, con una etiqueta que decía “para quemar” (y de haragán no había quemado nada), y me tomé el trabajo de restituir al texto absolutamente todo lo que había corregido. Y por suerte, así se publicó. Llena de esas imperfecciones que hacen mi estilo” (p.132)
Y sigue Pablo Silva:
(…) Personalmente la próxima respuesta de Mario, la última de la selección, es una de mis preferidas. Para alguien que se pregunta ¿cómo darse cuenta que estoy escribiendo con voz propia? Una respuesta que es un verdadero faro:
“Sabés que estás escribiendo con voz propia cuando no te reconocés fácilmente en lo que escribís; cuando el texto te parece ajeno y al mismo tiempo sabés que es propio; cuando los personajes hacen lo que quieren y no lo que vos querés; cuando el texto te llega a tal velocidad que casi no te da tiempo a ponerlo en palabras; cuando te sentís como un dios”. (pp. 132-133)
Esta explicación me hizo pensar en algo mío, escrito al menos hace veintiún años. Algo que podría parecer ajeno pero que quizás no lo sea tanto. Porque, ¿qué hay más propio que los nombres de tus hijos? Pues bien, después de nacer mi segunda hija que ahora tiene esa edad, yo, autor junto a la madre obviamente de sus nombres, escribí: cuando nacisteis os puse un hombre, y ya jamás he vuelto a ser Dios.
Viene  a continuación el epílogo de Ignacio Echavarría, titulado “Levrero y los pájaros” en el que hace un análisis exhaustivo del estilo del escritor uruguayo. En el añade visiones interesantes como el planteamiento de Levrero de la literatura como “el intento de comunicar una experiencia espiritual”, en palabras del propio autor “mis narraciones son en su mayoría trozos de la memoria del alma, y no invenciones”, un interés por todo lo onírico y el mundo de los sueños donde según el, se encuentra la esencia individual, la manera de ser única, el yo y por lo tanto ese estilo del que venimos hablando, esa voz propia. Pero al mismo tiempo reconoce el reverso trágico, la falacia, la imposibilidad de retener mediante la escritura las experiencias luminosas del espíritu, a pesar de lo cual, sabedor de ello, escribirá desde su propio fracaso para narrar la oscuridad y la necesidad de la luz. Nace así la obra quizás más representativa de Levrero: La novela luminosa. Y será esta obra, como consecuencia de todo este juego de azares y de carambolas del que hablé en la introducción, la primera que pienso leer en cuanto la tenga y le haga un hueco, a codazos, en la obesa estantería de lecturas pendientes.
Para terminar, en los Anexos, cabe destacar lo escrito por Álvaro Matus, una especie de descripción muy personal de los tics de Levrero y de sus obras, y del apartado titulado Rarezas, la reflexión sobre los mecanismos de la creación a los que Levrero relativiza e incluso resta la trascendencia que otros querrían darle, inclinándose una vez más hacia los procesos intencionales. En cuanto a las últimas dos entrevistas que Levrero concedió antes de su muerte en 2004, la última es más descriptiva, más biográfica, me interesa más la penúltima que se abre con la siguiente afirmación:
El arte es hipnosis. Es crear una especie de máquina de hipnotizar a otra persona para transmitirle vivencias o experiencias anímicas que no se traducen en hechos perceptibles. (p.179)
Y que termina con la insistencia, una vez más, de que quien pretende ser escritor debe serlo desde la libertad y desde el yo, limpio, sin más. Le están preguntando por sus talleres:
(…) El objetivo de tu taller sería que una persona escriba desde su voz interior…
Claro, Que el alumno sea lo que es.
¿Pero no se necesitan otras cosas? ¿No hay cuestiones técnicas de equilibrios, balance, proporción?
Todas esas medidas las inventaron los críticos a posteriori. Primero está la obra y después el análisis de los recursos, las técnicas y de esto y lo otro… el artista no tiene que pensar en eso. El artista tiene que pensar en lo que siente y en lo que está viviendo en su mente y ponerlo. Eso ya tiene un equilibrio propio, un equilibrio artístico que no se construye con técnicas. (…) (p.184)
Se me ocurre de repente que podríamos llamarlo alma… como la de los violines. Tenerla o no hace que suenen o no suenen. En la escritura sería lo equivalente a sugerir y a emocionar, y con ello, convencer y embaucar al lector.
Sin alma, no hay arte.