La
última vuelta del perro
Jorge Rodríguez Hidalgo
Barcelona, 1ª edición de febrero de 2016
Colección Lo real. Novela
Excodra Editorial
ISBN: 978-84-943593-3-0
Las mejores deudas pendientes son
aquellas que nadie espera, las que no debes a nadie, las que uno siente que
debe cumplir con uno mismo. Porque a uno mismo, es al primero al que uno debe
rendir cuentas. Esta es una de ellas: decir algo, de lo dicho entonces y de lo
que ahora, pudiera añadir sobre esta novela, que es una suerte de honestidad literaria
con lo ocurrido en las cloacas de aquella no tan lejana Barcelona olímpica; y
sobre su autor, Jorge Rodríguez Hidalgo, alguien por encima de las deudas,
incluso de las que la justicia de la crítica, si la hubiere; le deben a él,
olímpicamente.
Esta novela, que editó por primera vez
la Editorial Maghenta en el 2007, y que antes estuvo en las quinielas de todo
un Premio Nadal, ha vuelto a editarse ahora con Excodra de la mano de Rubén
Darío Fernández, uno de esos editores heroicos que andan flotando en el océano
del sistema. Una de las presentaciones tuvo lugar el pasado sábado 16 de abril
en la Llibreria La Malvasia de Llibres. Una librería que bien podría llamarse
La única, por serlo, en esa maravillosa población de Sitges, que a pesar de la
circunstancia, tan culta y artística fue siempre.
Cuando Jorge me invitó a sentarme junto
a él y Roberto R. Bravo para hablar de su novela, le sugerí que mi papel en
esta presentación fuera más personal, que de análisis literario. En primer
lugar porque Roberto R. Bravo ya es un experto ex profesor universitario de
literatura, y en segundo lugar porque después de tantos años, haberme
reencontrado con Jorge bien valía una intervención más emotiva que técnica. Ya
en la presentación de su poemario El
follador del puerto (Carmen adentro) en esta misma librería el pasado mes
de noviembre de 2015, me hubiera gustado evocar algunos recuerdos.
De todos modos, no pude resistirme a
decir algunas pocas cosas de la novela que entonces, volví a leer de un tirón.
Sobre el contenido.
La
última vuelta del perro es
una novela sobre el desarraigo y la explotación, sobre el sueño roto de algunos
emigrantes que creyeron que iban a encontrar el paraíso y se vieron convertidos
en esclavos de la modernidad. El contexto de la Barcelona olímpica fue un caldo
de cultivo excelente para ello. Había que terminar las obras a cualquier
precio, y luego, pagarlo entre todos, barrer la mierda, cambiarla más bien de
sitio, para no manchar la imagen de la ciudad, silenciar los primeros casos de
sida (un virus extraño, decían), esconder a las prostitutas, pero no demasiado,
para tenerlas a mano.
Pero también es una novela sobre la
osadía de quienes teniendo una preparación intelectual, como Ramiro, el
perio-poeta frustrado, decidieron no reírle las gracias al sistema, y no solo no torcer el brazo ante el
espejismo de la modernidad de una nacionalidad excluyente, sino directamente
tomar partido, elegir bando. Nótese que Jorge es periodista y poeta… por
cierto, pero no frustrado…
Estos días pensaba que a Francisco
Candel, que no pudo leer esta novela ya que falleció el mismo año de su
publicación, en 2007; le hubiera gustado leerla y habría compartido la punzada
de su denuncia. A otros les pareció una novela truculenta… cuando lo truculento
es precisamente haber silenciado esa atmósfera de submundo bajo los fastos
olímpicos que describe. Truculento es que por haber sido una novela que podría
resultar molesta, incómoda para los mangoneadores, o sea, para los manguis del poder, el poder editorial;
la dejara por dos veces, en las quinielas del prestigioso Premio Nadal, ahí es
nada…

La novela, de alguna manera también es
una novela sobre la muerte, la palabra aparece hasta seis veces en la primera
página. Una muerte sin embargo planteada como redención y rebeldía.
Sobre la forma.
Como bien sabemos, todo argumento es
banal, solo la forma en que se cuenta, importa. Pues bien, para mí, el mayor
elogio que puedo hacer a Jorge es que lo que más me interesa de la novela, es
la forma, más que el tema, y que creo que en la forma en este caso, está el
logro.
La narrativa de Jorge es precisa,
contundente, sin concesiones al artificio o al trampantojo en el que tan a
menudo solemos caer los aprendices de esto de la literatura. Cuando tiene que
denunciar el exceso, lo hace como un verdadero periodista de la realidad sin
sueldo: Ex convictos sin posibilidad de
redención; estraperlistas de Winston y Marlboro; putas; homosexuales; políticos
revolucionarios; artistas sutilísimos, algunos de ellos autores de importantes
obras que firmaban nombres ilustres; pobres cuyo aspecto afeaba la nueva
estética; ciudadanos pasivos que no acudían a os festejos populares; mujeres
estériles…. La relación de seres no afectos a los nuevos tiempos aumentaba
continuamente debido a la facilidad con que eran identificados. Una vez localizados,
el trabajo de los guardianes de la moral consistía en mostrarles el lugar en el
que debían recluirse mientras la vida oficial preparaba y festejaba su triunfo.
Es veraz cuando les da la voz a los
personajes principales, a los desarraigados, y transcribe su habla sin
complejos, lo que me parece un efecto de valentía y honestidad por su parte: Estás agilipollao, coño. Er niño t’está
devorviendo encima y tú estás ahí pasmao –gritó Rosario con tal vehemencia que
derramó parte de la manzanilla que había preparado- Mañana, sin farta, hay que
llamar ar meico, que pa eso tienes la cartilla der seguro.
O cuando Antonio, en un momento de
lucidez, le dice a un relamido profesor universitario al que visitan junto a su
amigo Ramiro: Usté perdone, pero entavía
hay luz. Y a lo que yo iba: yo pensaba que los que andáis siempre entre libros
erais… no sé, pues como la autoridá, que está siempre pendiente de los que no
sabemos hacer la o con un canuto. Pero a lo visto, ustedes sois peores aún,
porque además sus decís unas cosas mu raras o mu finas que vienen a ser como si
yo digo, y usté perdone, “me cago’n tu puta madre”, ¿verdad? Ahora, cuando sus
juntáis en maná, en igual de darle al pico sacáis la mano y si una perdía como
mi Rosario pasa por vuestra vera, ¡paf!, hostión que te crio, que hay que ver,
y no digo que usté l’haya hecho, ¡cómo me dejaron a mi Rosario!, hechica un
harapo. Y dígame usté, ¿quién le quita el susto a la criatura?, porque los
moraos, oiga usté, los moraos no hay quien se los limpie, ni ustés, que se
conoce que sois tan aficionados a la limpieza.
Y cuando tiene que ser poeta, porque lo
es, suma verdad con un delicioso lirismo elevando el texto a la categoría de
magistral: Lloraban los tres degenerados
inútilmente porque los ríos de la desdicha colmaban a esa misma hora infinitos
cauces en la ciudad. Lloraban un llanto que a nadie importaba. Incapaces de
producir compasión en quienes los veían caminar indecisos, provocaban, no
obstante, la sospecha por su sola presencia y la consiguiente repulsión. Fuera
del trabajo, los reptiles se conducían con dificultad. Después del trabajo, más
trabajo; después de los hombres, el hombre, los niños. ¿Pero en qué consiste el
tiempo, la vida, cuando nada tienes que hacer? Después de limpiarle la casa al
señorito, te cierran la puerta, y adiós. “¡Adiós, adiós!”, decían los reptiles,
embadurnados de angustia y miedo, a ese futuro que a empellones los estaba
echando de la mala vida. “¡Adiós, adiós!”, repetían, atrapados por los
incisivos hambrientos de la vida peor.
En definitiva, impecable, una línea
narrativa sin altibajos, que mantiene el discurso enrabietado y directo,
pasando por diferentes matices o registros que se enriquecen entre sí.
Sobre
el autor, sobre nosotros.
Jorge y yo nos conocimos cuando yo tenía
18 años y él 22. Hoy, cuatro años de diferencia no se notan, digo yo, pero
entonces él ya iba por delante en casi todo. Por delante incluso de la
detección de la miseria humana y política. Lo decía en su día a día, y lo
encumbraba en su poesía.
Compartíamos el barrio, y los orígenes
como hijos de emigrantes andaluces, pero la admiración absoluta era mía… Yo
empezaba a estudiar filología, él ya era periodista. Ya entonces Jorge me
parecía un gran poeta, lo más cercano a lo que hoy día uno ya es capaz de
discernir como un poeta de verdad. A él le debo haberme acercado entonces a grandes
como Blas de Otero, Ángel González, José Agustín Goytisolo y tantos otros.
Éramos tres parejas de amigos, nosotros
y Francisco, Pepi, Marisol y Ángela, compartíamos el sueño del amor y de otra
vida posible y hasta aquí hemos llegado, con los sueños en su sitio y el amor a
salvo.
Y compartimos el fútbol, hoy ya, también
en su sitio, y el flamenco, y la mili, con esas cartas inolvidables y magistrales, rescatadas
estos días de una caja de cartón que ya sabía de la inteligencia del azar.
Y vino el regreso, y el distanciamiento,
y ahora el reencuentro, inevitable.
Estar aquí después de tantos años y toda
esta historia, es un premio a la verdad. Otra cosa es haber estado a no a la
altura de la novela, pero sí de la amistad, que es lo que de verdad importa.
Compadre, nos vemos en la siguiente
caña, en el siguiente verso, en el siguiente libro, en el siguiente quejido del
alma, siempre que sea necesario y encarte.