Este fragmento de Marienbad eléctrico, no les digo las páginas para que tropiecen con
ellas y disfruten del recorrido, es una declaración de principios, y de amor.
Todo está en la literatura, la vida es literatura, y los que tenemos su virus
en las venas no necesitamos vacuna. Tan solo encerrarnos en ella e intentar la
ímproba hazaña de hacer oídos sordos al ruido, un ruido que es todo lo demás,
lo que nos despista de ese diálogo íntimo con la palabra. Leer y dialogar en
otros autores y personajes, leer nuestra lectura, leernos a nosotros mismos y a
veces, incluso escribir, escribirlo y escribirnos. Una enfermedad placentera.

Una
habitación cerrada es posiblemente, como dice un amigo, el precio que hay que
pagar para llegar a ver la luminosidad. Y ha sido mi lugar preferido para
encontrar mi vida dentro de los textos que leía. Y así, por ejemplo, hay una
escena de Tolstói que he interiorizado y en la que me veo a mí mismo leyendo:
es aquella en la que un personaje está en un tren y tiene un libro en sus
manos, y una luz en la cabina ilumina su lectura. Para mí, ésta es una imagen
de felicidad, y seguramente sólo la literatura puede darla. Pues hay que saber
que la literatura permite pensar lo que existe, pero también lo que se anuncia
y todavía no es. Y también pensar, por ejemplo, que el mundo es un texto, una
gran ficción que DGF lee con pasión todos los días.
El mundo es un pasaje, y éste es
nuestra vida; está en los libros. Sólo vivimos realmente a medida que leemos
nuestra historia, trascendiéndola. Porque sólo la literatura es verdaderamente
transcendente, nos descubre que los signos sobre una tabla de arcilla, los
signos de una pluma o de un lápiz puedan crear una persona (un Quijote, un Gregor
Samsa, una Beatrice, un Jakob von Gunten, un Falstaff, una Ana Karenina) cuya
sustancia excede en su realidad, en su longevidad personificada, la vida misma.
No hay enigma más grande que éste:
el del cuarto único. En ese gabinete, por paradójico que parezca, todos
acabamos pareciéndonos a Robinson Crusoe. Las olas alrededor, el agua infinita
como el aire, el calor de la jungla detrás: «Estoy aislado de la humanidad, soy
un solitario, alguien desterrado de la sociedad»
Uno está en ello desde siempre, llevo
toda mi vida llegando de pasear por el parque de lo cotidiano, y al entrar en
mí mismo, me sorprendo leyendo de espaldas, en un sofá orejero, como una
continuidad irrenunciable. De alguna otra manera intenté decirlo otras veces.
Por ejemplo, en mi último libro de relatos Las
tres caras de la moneda, en el siguiente fragmento:
Al principio el hombre creó la palabra. Ese
mágico sortilegio lo convirtió en su esclavo. Sin ella no había realidad.
Después vino la literatura para explicar, entender y reinventar el mundo.
Finalmente, estamos los que ya no conocemos otra forma de ser, los que, si no
hubiera libros, no sabríamos a dónde mirar.
Recordarlo ya no es siquiera una
vanidad, es un grito desesperado, un nuevo mensaje dentro de una botella
lanzada en la inmensidad del mar. Y una reflexión más, en pleno asma literario.