Dialogando en el Café Salambó

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miércoles, 11 de marzo de 2026

Reseña "La pistola de mi padre", de Rafael Soler

 

La pistola de mi padre

Rafael Soler

Valencia, 1ª edición, noviembre de 2024

Ediciones Contrabando

ISBN: 978-84-129136-6-8


Hace bastante tiempo, Rafael Soler me invitó a una reunión familiar, pero azares  ajenos a nuestra voluntad, con final redondo afortunadamente, torcieron el guion y hubo que aplazar la cita. Desde entonces pasaron muchas cosas: las de siempre y algunas nuevas, y mientras tanto yo, vanidoso amigo, le iba recordando que teníamos aquella cita pendiente. Tuve tiempo para conocer los entresijos de la familia a través de lo que sé de Soler, que dispara las palabras como si fueran balas. Pero también oí hablar mucho de ellos y leí lo muy bien escrito por otros sobre sus vidas. Lo que sí estaba en mis manos era intentar aislarme de ese zumbido inevitable, limitarme a lo que yo pienso de la familia y de Rafael Soler, y esperar mi turno. Repasando mis notas para el encuentro –esa notaría de lectura íntima de las cosas, las banderitas adhesivas con las que fui decorando esta historia–, entonces sí, llegó el momento. Y entré en el salón de los Cortázar para decir, si cabe, algo nuevo, o al menos, de otra forma.

Valió la pena esperar para una reunión familiar como esta: nueve horas él y yo con los Cortázar. El padre de familia, Aníbal Cortázar, al que llamaban «El Jefe», nos convocó el día que cayeron las Torre Gemelas de Nueva York, el pasado 11 de septiembre de 2011. Curtido en mil tinglados, al menos la tragedia que cambió el mundo le sirvió para volver a tenerlos a todos juntos por una vez alrededor de la mesa, con Rafael y yo como extras. Aníbal y los suyos se acordaron de lo del 23F, juntos también aquel día, al menos hasta que él salió de casa impelido por su sentido del deber, con esa gorra que tan mal le sentaba –decía su mujer– y, lo que era más preocupante, salió armado, –añadió la hija–. Siempre unidos a pesar de todo. Ya los puteó en su día «El Jefe» cuando se los llevó de Castellón a Madrid, en 1959. Rosario Trena, su esposa, no quería irse y Carlos e Isabel, imagínate, con diez y seis años respectivamente, se llevaron para siempre el salino recuerdo del mar junto al disgusto. Pues eso, allí estábamos Aníbal, Rosario, Carlos e Isabel, ya adultos, Rafael y yo, reunidos aquel 11S en torno al calor de una vida de familia llena de nudos. Y una pistola, la pistola del padre de familia. También hubo fantasmas de diverso pelaje, cosa inevitable en cualquier biografía familiar, e iban apareciendo a medida que volaban los reproches, los silencios y los secretos, la voluntad de poner el amor en orden a lo largo de las nueve horas. Son muchos, pero se llevó la palma, aunque ya de estado difunto –fantasma de verdad–, el tío Roberto, hermano de Aníbal. Fuerte, osado, impulsivo, jugador empedernido de póquer y turbio contrabandista embaucador, se había llevado al huerto a su hermano hasta en dos ocasiones, con sendos negocios que hundieron a la familia obligándola a recomenzar.


Reunidos todos con sus máscaras, tres de quita y pon y simultáneas –dice Rafa–: la que nos ponen los demás, la que creemos cada uno que nos representa y la auténtica, la máscara de lo que somos; fuimos repasando la historia reciente de España y cómo esta, irremediablemente, estuvo imbricada con la historia familiar. Guerra Civil y posguerra, Carrero Blanco por los aires, todo el mundo al suelo un 23 de febrero, la Transición y el guapo de Suárez, las elecciones generales de 1986 con Isidoro petándolo, mi Barcelona del 92 con su medalla de oro, o este día de nuestro encuentro, con dos aviones estrellándose contra los rascacielos del orden mundial. Me gustaría preguntarles qué piensan ahora, con el actual presidente de los Estados Unidos invadiendo y retando al mundo entero. Para la próxima reunión familiar.

La jornada fue discurriendo con altos y bajos entre conversaciones cruzadas, confesiones de la madre grabadas en cintas cuando nadie la escuchaba –pero que ese día pudimos oír–, lecturas del diario de Isabel y de cosas de Carlos, con sus borradores de relatos, bocetos de ideas o de sucesos familiares; y, eso sí, con la pistola en el centro de todas las cosas. En cambio «El Jefe» callado, ahí, de presencia aplastante pero silente. Todo lo que supe de él fue gracias a Rafa, o a lo que decía de él su familia, y al arma. Hubo momentos de todo: no siempre fueron trapos sucios familiares; también nos reímos con ganas y hablamos de cine, de música, ya saben, de cultura en medio de aquella barbarie de día que nos tuvo en vilo.

Si tengo que describirles a los personajes del encuentro uno a uno, mientras se vayan sucediendo sus responsabilidades en lo ocurrido, debo empezar por el padre de familia, cómo no, por Aníbal Cortázar. Por cierto, orgulloso está Rafa de la nada inocente coincidencia del apellido... un homenaje a Julio, ese monstruo de la narrativa, ese modelo de la forma de contar las cosas, como Rafa, que también tiene la suya, intransferible. Aníbal, os decía, era un pájaro. Comercial, dio mala vida a su señora a pesar del amor; fue infiel sin remedio pero de obligado arrepentimiento. Habría que decir en su descargo que nunca recordaba «te quieros» ni abrazos de su padre. Por eso él también era así, y pagaba con la misma moneda a su hijo Carlos, escritor. Siempre hubo una conversación pendiente entre padre e hijo sobre la escritura de este. No se atrevía Aníbal a decirle lo que pensaba a esas alturas, con tantas oportunidades perdidas: que la escritura es una trampa y que Carlos no hacía sino que esconderse tras ella. Mientras los escuchaba, pensé que no sabía yo cuál de los dos era más cobarde, porque había otra cosa que no se atrevía a decirle: que, en el fondo, sí le gustaba cómo escribía y que merecía mucho más éxito, pensaba el padre. Y otro secreto casi inconfesable: que guardó todos los recortes de prensa donde hablaban de su hijo. Nadie mejor que Rafa, trasunto de Carlos con carácter retroactivo, para entender el conflicto entre ellos.

Aníbal, Atila lo llamó a veces Rosario a lo largo del día cuando algo la enfadaba, había sido comercial de colchones cuando vivían en Castellón. Pero, después de trasladarse a Madrid, con cuarenta y dos años ya, montó un bar en la cava baja, «El Cafetal», a instancias de su hermano Roberto. Por cierto, tengo que decir que yo ya había leído y oído hablar a Rafa de este sitio; es más, me consta que en él se tomó el último gin-tonic que sirvió el bar antes de cerrar. Roberto huyó como buen cobarde y Aníbal, como buen comercial, remontó sus cuentas y su situación y montó una papelería –cómo no– con el apoyo y el esfuerzo de Rosario. Les fue tan bien que abrieron tres librerías más. Entonces el tío Roberto, con ese olfato lobuno capaz de oler la sobada fragancia del dinero a distancia, reapareció y pidió perdón. Y su hermano Aníbal, embriagado por la euforia de un noventa y dos por ciento de síes el día del referéndum por la Constitución, se lo concedió. Y lo perdonó. Esta vez, la turbia maquinaria del embaucador profesional que era Roberto trazó otro plan perfecto: convencerlo de crear una franquicia de papelerías, con  veinte inversionistas de los que recogió una pasta gansa y, si te he visto, no me acuerdo. Otra vez en la ruina. Nadie lo dijo en el encuentro, pero yo me permito salirme de todos los guiones para afirmar que la pistola –a la que, por si acaso, no quité el ojo durante todo el tiempo–, ella mutis entonces, de buena gana se habría encargado del tío Roberto de los cojones. Pero claro, cuando pasó aquello, la pistola estaba dentro de su funda y dormida en un cajón.

Rosario, dulce esposa y madre protectora, se pasó la vida –y la velada– haciendo de árbitro entre padre e hijos. Y a ella, sufridora profesional, como un testigo privilegiado y silencioso, ¿quién la cuidaba?, pensaba yo. Después de haberlos criado, ya adultos, sus desvelos siempre pasaron por hacer todo lo posible por conciliar a Carlos con su padre, y a Carlos con su hermana, que ya verán, no tiene pelos en la lengua; y de convencer a su Atila de que la niña necesitaba volver a casa. Pero «El Jefe» pensaba todo lo contrario: que Isabel estaba mejor en la residencia. La cruzada de Rosario era tan ardua, tan percutora pero silenciosa, que grababa sus pensamientos en cintas de casete para desahogarse; y en ellas, sin freno pero con amor, pintaba a la familia en rayos equis. Por eso se pasó el encuentro entero arbitrando la paz.

Vamos con los hijos. Carlos, por orden de llegada al mundo, el primero. Me sentí muy identificado con él, sobre todo por su manera de vivir la escritura y su cara Soler, que la tiene, y mucho. Aunque Rafa no ande buscando «la novela» como Carlos, porque Soler ya tiene ocho o nueve muy buenas donde suelen aparecer este y otros Carlos escritores buscándose en su voz. Por eso Carlos y yo lo estuvimos escuchando con respeto y admiración todo el día, Torres Gemelas al margen. Carlos era sensato, inteligente, equilibrado, puntal de la familia. Quería de verdad a su hermana, a quien sabía tratar sin que pareciera que la trataba como a una loca, como sí hacían los padres. Me enteré también ese día de que había participado en la campaña de Suárez, algo así como de asesor de imagen, para recuperar la presidencia. Hubo momentos trascendentales de descubrimientos y confesiones, de tensión palpable y alguno conciliador, como con Isabel, que luego explico. Pero los que recuerdo de Carlos con más cariño son aquellos en los que reflexionó sobre la escritura, mano a mano con Rafa, compartiendo el aspirante a Soler sus notas y borradores sobre la poesía, los premios y toda esa mentira de la dignidad, el éxito y su puta madre. O cuando recordaron aquel relato que escribió Carlitos... ¿cómo era?... ¡Ah, sí!, Trío de mirlos, en el que habló de aquellos pájaros jugadores de «El Cafetal», ese «caladero de ingenuos», como lo llamó Rafa. El trío creo que eran un jubilado de Pamplona, Rincón, joven estudiante en racha y un escritor a la caza de una historia que, me temo, era el propio Carlos, o Rafa, da igual... El caso es que el relato se había publicado en la revista de vida fugaz Literaducto, poesía y relatos de jóvenes autores con futuro. Recordaba también Carlos cómo ya entonces su padre le decía que terminara la carrera y se dejara de monsergas. Ahí no pude evitar hacer un Umbral con un paréntesis y desviar la atención.

—¿Literaducto? ¿Existió en realidad esa revista?

—Claro, Jorge, la fundé yo en 1978, con otros, por subscripción, con inéditos muy buenos, pero solo vivió tres números –respondió Rafa.

—Qué curioso... Lo decía porque yo me presento en las redes como literaturadicto, y me gusta pensar que he inventado la palabra literaturadicción... Se parece al título de vuestra revista.

—Ambas palabras son bonitas, y originales, sí.


Luego Rafa aclaró que, en su caso, lo de Literaducto, iba por otro lado: «Literaducto, primero Literatura y luego Acueducto», sentenció Soler mirando a Aníbal de reojo. Y a mí me dijo, en un despiste de los presentes, que lo de acueducto era por lo de la carrera de ingeniería. Una indirecta, como tantas entre padre e hijos.

Carlos, como queriendo salir del bucle y dejar a un lado el debate sobre su vocación, añadió un dato a la biografía de los hechos.

—Por cierto, ¿sabéis porqué cerró, afortunadamente, «El Cafetal»? Fue una semana después de que a algún nervioso se le escapara un disparo en una timba de cartas.

—Así es, ratificó el padre.

 —La suerte para todos, y sobre todo para el amigo de tío Roberto, Garrido, policía y habitual del garito, es que la mano temblorosa del aprendiz de matón desviara la trayectoria de la bala y le hiciera perder media oreja en lugar de la vida –sentenció Carlos.

Pero la mayor tensión entre ellos –Rafa y yo calladitos y con el corazón en un puño– vino cuando Carlos le hizo a su padre una pregunta una vida entera guardada en la recámara: si había disparado alguna vez en la guerra; si mató a alguien, en definitiva. La pistola, como nosotros, callada también, estuvo atenta a la reacción de Aníbal. Y este, bajando la mirada, con un hilo de voz, escondió el sí detrás de un no nada convincente, espantando los malos recuerdos a manotazos de su memoria sobre aquellos tres meses en el frente de Teruel. Suerte que Carlos no quiso ahondar, si es que convertir el secreto en un guion para un corto de diez minutos como hizo, no lo fuera.

No, no me olvidado de Isabel. Al contrario, me pasa lo mismo cuando como, que me dejo para el final lo mejor del plato. Isabel intervino, y mucho, a lo largo del día, a su manera, a veces lapidaria, a veces impulsiva, en momentos puntuales y siempre para ponerlos a todos a caldo, desde el cariño, pero siempre agraviada, rencorosa y en los márgenes de todo. Isabel lo tenía claro: Carlitos siempre fue el preferido de sus padres. Tenía celos de él. Quizás por eso –entre otras causas estructurales y biográficas, o por un error tras otro– tenía complejo de tonta ella, la más lista en realidad, y de desgraciada; eso sí, a lo mejor era muy desgraciada. En un loquero la tenían encerrada –se quejaba–, «una residencia» –puntualizó Rosario, madre que se sentía culpable–. «Ahí es donde tiene que estar» –sentenciaba el padre–. Esa fue una de las grandes luchas del matrimonio. Así como Rosario registraba sus sentimientos más profundos con la voz, Isabel tenía un diario. No lo dije por no ofender, pero lo pensé: anda, Carlitos, y Rafa –bueno, y yo el primero–, aprendamos a escribir. Gran capacidad expresiva la de Isabelita, ahí, a lo tonto, incisiva, precisa, anímicamente deslenguada y sin pelos en la lengua, poniéndolos a todos en su sitio mientras escribía escuchando a Los Shadows, ¿Os acordáis? Qué tiempos aquellos, años setenta y ochenta. Empezó a escribir así, me contaba Rafa, como para escucharse a ella misma –delirante a menudo–, como deberes terapéuticos en un primer diario que le regaló el psicólogo, al que ella bautizó como «Palanganas». «Labilidad emocional» era el diagnóstico de lo suyo. «Descontrol de los estados emocionales», le aclaraba un diccionario. Lábil diagnóstico en sí mismo cuando lo que le ocurría en realidad es que se sentía el último mono; que de nada le servía el litio frente al recuerdo de una violación en el frenopático, los intentos de suicidio, o la ventolera que le dio una vez con irse de stripper a los Estados Unidos. Pero no se fue, secuestrada por sus propias miserias y el cuidado de la familia, con el recaudo fácil de los médicos y los fármacos. Cómo sufría la pobre Isabel... viendo a esa pobre gente que se lanzaba por las ventanas de las Torres Gemelas antes de derrumbarse, derrumbados ellos. Ahí tendría razón el psicólogo «Palanganas»: que escribir la iba a salvar. Una auténtica joya sus diarios, decía Rafa, que los leyó todos. Fíjate, con cosas como estas, señalando a cada uno –incluido al violador– y amenazando con la ventana, la de su residencia, pero por otras razones, por otras quemaduras invisibles del alma: 

«La medusa de mamá al secarse las manos en el delantal, hijita, hijita. Vete a la mierda. El tiburón con bigote que todos sabemos. Vete a la mierda. El cangrejito. A la mierda el cangrejito, y ya van tres. Y como volváis con las vuestras ha dicho el pirindolas, ha dicho el pirindolas, ha dicho el pirindolas, extrema es poco. Y la ventana también, que lo sepáis.

Este es un texto de honda pureza sentimental. Diáfano.

Para que se entienda.

Soy escritora»

Toda una declaración. Pero tampoco quiero extenderme demasiado ahora, que quizás no es el sitio. Una superviviente desde el dolor. Una buena pieza Isabel, sin duda, «cuerda de atar», como Rafa se confiesa en un poema de Ácido almíbar, aquel libro que se presentó en 2014, cuando yo dejaba Madrid para volver a Barcelona. Una Isabel, a la que Carlos, con espíritu de «pobrecita, ahí te quedas abandonada», le escribió otro poema justo antes de descubrir sus diarios: un poema titulado «Oración en voz baja y en ayunas», que bien podría ser prestado de Rafa, de uno que había escrito para un amigo suyo también de frenopático. Acaso la expiación de la misma culpa, otra coincidencia, por cierto, entre Carlos y Rafa, que en Las cartas de debía (2011), con mayor profundidad que Carlos incluso, dedicó a ese amigo –que acabó muriendo– unos poemas bajo el subtítulo de «Al paciente de la 101, que nunca visité». Un amigo de Rafa del que no quiso hablarnos.

Y así podría seguir con la maraña de aristas en este universo familiar y el anfitrión Soler, sin el que yo jamás habría entrado a pan y cuchillo, en sus intimidades. Pero de la pistola apenas he dicho nada, y ahí está: valiente narradora por la gracia de su demiurgo, que no es la primera vez que, de su caladero de inéditos, se saca voces de debajo las piedras. Una pistola dolida porque, después de toda una vida –y desde el 23F–, Aníbal no había vuelto a verla y apenas le dirigió la palabra en toda la velada. No solo eso: que estuvo sin mirarla, frío y distante, sin una palabra de agradecimiento. Aun le decía a Carlos que un paño de cocina después de presentársela, un paño de cocina, y que volviera a esconderla.

Pero la pistola de «El Jefe» fue la moderadora y quien lo ordenó todo. Acostumbrada a la discreción y al silencio, ahí, guardada en su funda, me apuntaba para sacar lo mejor de mí –suponiendo que hubiera margen a la mejora–. Lo hizo con un «espérate aquí», un «corta allí», un «a ver qué hacemos ahora», para al final pergeñar un buen testimonio. Una pistola y tres momentos estelares en su vida con la familia Cortázar: como ya dije, cuando Aníbal en el frente de Teruel, cuando salió a la calle el 23F cargando con «El Jefe» para volverse a enfrentar a los mismos; y esta reunión que les vengo contando, conmigo de invitado. Solo añadiré –que para eso es también amigo mío– a uno de los secundarios recordados en esta velada. Me refiero a Paco Molina, soldado en servicio militar obligatorio en la Jefatura del Ejército mientras se perpetró la chapuza del 23F. Paco tuvo mucho que ver en aquella reunión de los Cortázar y en aquella huida hacia delante de «El Jefe», pistola en mano, para salir a defender la democracia, pobre de él. Porque el soldado Molina fue quien les filtró la información desde dentro –y de fiar– sobre los movimientos de los unos y de los otros. Suerte que, al final, la pistola entonces no tuvo que hablar. Por cierto, «El Jefe» nunca llegó a saber que el ya entonces poeta Paco Molina acabó convirtiéndose en tigre de la edición de poetas, porque con la poesía también se imparte justicia. Sí que lo sabe Rafa, por supuesto, aunque aún no esté en su catálogo, que no lo entiendo.

De la pistola –tan importante ella– hay que decir que circula por esos mundos de Dios una imagen de contrabando evocadora y rotunda, magnífica, en la que se la ve asomar desde debajo de la misma, y de cuyo cañón emerge un  tallo de rosal lleno de espinas, como lo suyo con los Cortázar y los avatares de sus vidas. Esa imagen, impresa, fue mi tarjeta de invitación a la velada.

En la reunión familiar hablamos también de otras personas, que nueve horas dan para mucho y los Cortázar tenían, lógicamente, sus satélites humanos. Personas como Esperanza, la esposa de Carlos, con quien tuvo mellizos. Se separaron en 1996 por la infidelidad de Carlos con una alumna, Vero –que de casta le viene al galgo–. Pero Esperanza, aunque Isabel  dijo que era una tonta, recompuso su vida sentimental con otra pareja después de Carlos. No me atreví a preguntarle a Isabel porqué pensaba así de Esperanza, pero intuyo que debía de ser por una suerte de no aceptación visceral de una derrota del hermano perfecto, educada ella en la evidencia de que ellos sí podían tener amantes y ellas, a mirar para otro lado. También se habló de los amigos de la infancia de Carlos e Isabel, como Amelia y Jerónimo, al que le picó un alacrán. De otros personajes aledaños a la familia como los Monterde; del cura Prieto, al que le dio un infarto en el confesionario; del padre Ripalda, que les dio catecismo a los niños en Castellón; o del hermano Fidel, maestro de Carlitos. De Julio Figueroa, ya mayores, amigo y cómplice literario de Carlos. De Cosmo, el novio argelino con quien Isabel perdió la losa de la virginidad. Hasta a Pilar se la recordó, la novia zaragozana de Aníbal. Y no tanto –más bien en despistes, idas y venidas de Rosario– salieron a relucir una prostituta sevillana, Norma, que el muy turbio del tío Roberto usaba como gancho en las timbas de «El Cafetal», o las nenas del Zambra, como Amapola, y aquellas juergas flamencas hasta las tres.

Bueno, Rafa, un millón de gracias por invitarme a formar parte de los Cortázar, pero habrá que ir terminando e irnos tú y yo, que esta familia querrá recogerse. E irnos con la metaliteratura a cuestas, y con la «metabida», que esta reunión sí que fue un metaverso de la realidad sin parangón, insólito. Algo parecido dijo nuestro amigo común Luís Landero aquel día en la SGAE, con foto de amigos. 


Ah, y dale recuerdos a Lucía. Muy lista Lucía, no vino porque sabe que Rosario nunca la consideró como merecía tu propietaria. Olvídate: tú ya tienes lo que querías. Ahí queda esa huida hacia adelante para la que te ha servido la familia Cortázar: tus propios silencios hechos realidad y gran literatura, y ese padre a gritos que no hablaba.

 

Jorge Gamero

Marzo de 2026






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