Dialogando en el Café Salambó

Dialogando en el Café Salambó

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domingo, 30 de junio de 2013

Los pozos del deseo

Los pozos del deseo

Raúl Nieto de la Torre
Madrid, 2013
Poesía. Colección Baños del Carmen nº 364
Ediciones Vitrubio
ISBN: 978-84-941208-5-5

Los pozos del deseo de Raúl Nieto de la Torre es un auténtico poemario de amor. Un puñado de poemas de una profundidad y pasión tan desbocadas e irrefrenables que al lanzarlos a la inmensidad de la lectura, te dejan abandonado a la oquedad del silencio. Un amor que se hunde por el hueco de un pozo que no tiene fondo y que hace que, como la piedra que cae, recordando a la de Salinas de La voz a ti debida, produzca un sonido pequeño, ensordecido al final del viaje. Una voz debida a su motor e hilo conductor: la amada Melissa.
El libro se divide en dos partes, la primera, Sala de estar solo, cuyo título omite por error el índice, con veinticinco poemas, y la segunda, Contra todo pronóstico, con veintiséis poemas más. Cincuenta y un poemas en total, algunos de los cuales son verdaderas pedradas en la sien, que diría Ramón Irigoyen que resulta ser un buen poema.  
                La curiosidad del libro no es que la propia amada, Melissa, intervenga como motor del deseo y como actriz deseante a la vez, esto, sería lo normal, lo extraordinario es que además, intervenga con su propia palabra escrita. No sabemos si conscientemente ya que Raúl confiesa haber utilizado e incluso usurpado algunas de las palabras de su diario íntimo. El poeta y amante, cual voyeur celoso, atrapa esas palabras para perpetrar una lírica cópula en algunos de sus poemas, en un juego en el que las palabras del diario de Melissa y los poemas de Raúl, se retan, se seducen y acaban por retozar sin pudor frente al lector perplejo. Los fragmentos del diario de Melissa aparecen repetida y estratégicamente hasta once veces a lo largo del libro, de manera que aunque el poeta no hubiera confesado el delito en la presentación del libro, el lector la hubiera descubierto en cualquier caso como el hilo conductor de los pozos del deseo que habitan en muchos de los versos.
            Algunos fragmentos de ese diario, son un enigma que el poema desvela, otras veces, algunos poemas, son realmente los explicitados por los fragmentos robados por el poeta al diario íntimo de Melissa.
            Y cómo no, el libro empieza con una dedicatoria transparente de tan sencilla y sincera, a ella:
            A Melissa, mi más bella historia de amor.
            
           Y no puedo evitar recordar, como imagino que Raúl en el momento de escribirla, esos versos de Serrat en su linda canción de amor, Lucía:
            
            Vuela esta canción para ti Lucía,
            la más bella historia de amor que tuve y tendré (…)

De la primera parte, Sala de estar solo, destaco dos versos del poema que da título al libro Los pozos del deseo, y que dicen:

(Pongamos que escribir es una tierna
manera de juntar todos los trozos)

Se está refiriendo a los trozos de uno mismo, a esa suma de aspectos más íntimos del ser humano. Pero además, me gustan esos dos versos por la imagen que sugieren, porque me toca directamente como escritor y porque recuerdan también a esas otras bellas palabras del escritor uruguayo, Eduardo Galeano cuando dice aquello de:
¿Para qué escribe uno sino para juntar sus pedazos?

Y dentro de la primera parte también, es inevitable destacar otro poema excelente que viste la contraportada del libro, precisamente para darle categoría al conjunto y al libro físico. Me refiero a Si no te hubiera conocido.

Cuando llegue la gran pregunta
o nos salga de dentro, acuérdate
de que un día
elegimos ser libres y amarnos.

Acuérdate de eso –te digo-
porque los restos…
porque las cáscaras vacías…
porque qué otra cosa no arrojar a este pozo
enfrente del que vamos desnudándonos.

Qué ansiedad la del hombre
que se mira en la nada
y encuentra en ella su reflejo.

De la segunda parte, Contra todo pronóstico, destacaré tres momentos especiales, o al menos, especiales porque resumen de alguna manera la intencionalidad y el homenaje de amor al amor, y a Melissa que lo encarna, especiales simplemente porque me encantan. El primero, bellísimo y muy sensual, la imagen de la inmensidad y fetiche universal del sexo femenino.
Secreta geografía

Tu vello púbico, el principio
de un nuevo continente
del cual solo acercando bien la boca,
la nariz, el oído…
siento el mar interior que lo recorre.

El segundo es un fragmento, una estrofa, la tercera, del poema Diario enemigo dedicado al enigma del diario íntimo de la amada como hilo conductor. Cuatro versos que dicen la absoluta verdad al respecto, lo que cualquier autor de diarios y ya no digamos lo que cualquier voyeur usurpador de secretos entiende que es en realidad la verdadera utopía del formato:

III
No son tus verdaderos
secretos los que escribes en tu diario
sino los que callas
también en él.

Y finalmente, el poema Compañeros de viaje, porque explica y resume lo más bonito y sencillo a lo que puede aspirar a recibir un amante de la otra parte del sortilegio, del amado, que no es otra cosa que llegar a querer la condición humana. Como un homenaje sensorial, pasando incluso por encima de la literatura a la que casi relega en el último verso, a la condición de circunstancia menor.

Y hemos devuelto al tiempo lo que es suyo
Para salir de aquella alcoba oscura.
Dormida en el asiento delantero,
mientras deshago el nudo de las curvas
hacia un pueblecito en la montaña,
me has dado de ti algo que yo no conocía;
que tanto se parece a la confianza,
al deseo y a la lúcida locura
de amar seres humanos…

Que el resto solo es literatura.

Me apetece añadir finalmente que Raúl, el día de la presentación del libro, estuvo suelto y exultante, de una generosidad, transparencia y entusiasmos enormes. No recordaba una presentación en la que un autor fuera más espontáneo y directo, mano a mano entre caña y poema, guiño al editor y a la legión de amigos en un rincón de Don Antonio a rebosar. Y cosas así, que en parte explican la calidad literaria y humana de la obra, también se agradecen. En definitiva, huir de los academicismos para abandonarse al gozo absoluto y humilde de los versos entre lettraheridos. 

Salir ileso


Salir ileso
Raúl Nieto de la Torre
Madrid, 2011
Poesía. Ediciones Vitrubio

ISBN: 978-84-92770-97-7


Salir Ileso de Raúl Nieto de la Torre es una pequeña selección de poemas editados e inéditos desde 1996 hasta 2010. Están acompañados de fotografías de Rubén, hermano del autor, imágenes llenas de significado con las que los poemas establecen un diálogo sumamente enriquecedor.
Esto es lo que viene a decirse en la solapa del libro. A ello cabría añadir que es un libro panorámico y no sólo por estar acertadamente ilustrado por algunas fotografías de gran calidad y capacidad evocadora, sino por tratarse además de un repertorio de la obra del joven poeta. Un panorama que abarca desde su primera etapa, Primeros poemas (1996-2005), hasta los más recientes, Penúltimos poemas (2009-2010), pasando por Zapatos de andar calles vacías (2006) y Tríptico del día después (2008), estos dos últimos libros, como Salir ileso, editados también por Vitrubio.
En esos primeros poemas están la madre, la adolescencia, los primeros amores y esa autoafirmación del joven que necesita ponerle palabras al descubrimiento de la vida. Y lo hace en verso porque ya es poeta antes de ser la confirmación de un hombre. Quizás, el más representativo de esta primera parte y etapa creativa sea este poema:

Autorretrato de otro
(…)
Crecí perdiendo paraísos.
Apuntalé la noche en un cuaderno.
Una ventana obtuve por respuesta
cuando cerré la puerta a mis espaldas.
Libros, películas, domingos rotos,
llamadas telefónicas, las sábanas en blanco,
la tristeza fingida para escribir un verso.
Tuve dos perros buenos que no comían gato,
faltas de ortografía, una chupa de cuero,
retales solamente para un autorretrato.

En el segundo bloque, con poemas de Zapatos de andar calles vacías, se observa la evidencia de una evolución vital y felizmente también poética, con su consiguiente mar de incertidumbres, y poemas que sugieren los primeros estragos nutritivos de la negación, la reafirmación desde la duda. Un ejemplo es este:

En días como este
(…)
En días como este lo mejor
es andar mucho, lejos,
sin querer acordarse de la vuelta,
por calles y comercios
ebrios de lucecitas que sonríen.
Lo mismo no te acuerdas
después y tienes que inventar un mapa
como cuando eras niño para ser
pirata en una isla
(la cosa es que en días como este
ni escribo, ni sueño,
ni rompo a andar,
y mucho menos doy con el tesoro).

            El tercer bloque, de Tríptico del día después, ilustra la madurez del amor. Lo componen cuatro poemas y cuatro textos breves en prosa poética, el último de los cuales, por lo que sé de Raúl, podría representar una imagen de su viaje a Estados Unidos con su amada Melissa. Se titula Florida y de él, destaco el párrafo inicial y el final:
            
Sudor de vodka con limón, avión que derrapa en una curva de Madrid, casada rubia y lengua florecida. Viajé en tu cuerpo hacia Florida, en tu cuerpo de carreteras y playas. No recuerdo si volví.
            (…)
            Flor ya ida, despetalada entre mis dientes cuando aún no habían dado las doce en el reloj de todos los adioses. ¿Recuerdas? Hice una cruz en tu boca y en tus pechos dejando un rastro de cenizas blancas. Que sople el viento y se las lleve.
            
               Que sople el viento para que no quede más que el rastro más importante: el del recuerdo y los versos inmortalizándolo, añadiría este humilde lector.
            La selección de Penúltimos poemas, del 2009 y el 2010 es una miscelánea de siete poemas de temática diversa, en la que pierde peso el asunto amoroso en beneficio de momentos, imágenes y reflexiones que serían el colofón de ese panorama evolutivo del que hablaba al principio, y que son la antesala de una obra posterior de mayor calado, como se verá en su próximo libro de poemas, de reciente aparición, Los pozos del deseo.
            De este cuarto y último bloque destaco, obstinado en el amor, un poema y un fragmento de otro, que son dos auténticas delicias de un poeta experto ya en poesía amorosa.

Poema de amor

Ya sé que muerdo mal, mi mala dentadura
dejará rastros de mí equivocados
en frutas, panes y otros alimentos.

Sólo tú sabes lo que digo
-lo que quiero decir-
cuando muerdo.



Cena de Navidad
(…)
Debes saber que en Navidad
puede quedarse fría la sopa
mientras vemos la tele, aunque también
a veces hay que acudir a la mesa
con precipitación, atender las llamadas
de familiares y escuchar solemnes
el discurso del Rey.
                                   Pero, amor,
tú no te pongas bragas, déjame
al menos esa luz encendida.

            Título premonitorio el de este libro de Raúl Nieto de la Torre, de cuya lectura, les aseguro, yo no he salido ileso. Y por ello, habré de volver.

55 minutos...

55 minutos
Ana Ares
Madrid, 2013
Colección Baños del carmen nº 342
Ediciones Vitrubio
ISBN: 978-84-940842-4-9



55 minutos es la historia de un delito, el de amar y ser amada, que tiene como no, unos antecedentes, unos hechos probados y unos atenuantes, circunstancias necesarias a cada una de las cuales le dedica Ana Ares una parte en su libro. Tres bloques de poemas al servicio de su historia, de su condición de ángel con piel de loba, o de pantera vestida de niña buena o ambas cosas enriqueciéndose y enriqueciéndonos.
El bloque Antecedentes lo abre con unos versos de Manuel Altolaguirre, junto a Emilio Prados, el gran desconocido de la generación:

Le has dado a mi semblante, sin saberlo,
una luz interior que me hace fuerte
para vencer mayores soledades.

Una elección significativa, una declaración de intenciones sobre la génesis de la historia de amor que la sitúa, afortunadamente para los amantes, muy lejos, mucho antes de esos otros versos del mismo Altolaguirre, y que yo he recordado desde aquellos viejos y entrañables tiempos de las aulas del COU de la transición:

Creímos morir de amor,
pero vivió el amor,
y morimos nosotros…

El bloque Antecedentes viene a ser algo así como el principio de la historia, el planteamiento clásico de una novela que sirve apara situar al lector en cómo empezó todo… De los poemas de esta parte me quedo con versos sueltos que lo dicen todo, insinuándolo:

Acudí a los archivos
como quien va a la guerra.
A los frentes salvajes de tu memoria fui
para evitar entre ambos una sombra,
un recuerdo siquiera, una lamentación.

que quizás ilustren la necesidad de vencer el pasado y convertirse en la medicina el uno del otro, la que necesitan los amantes para soltar el lastre del tiempo anterior.
Y empieza el delito del nuevo amor regenerador:

Y vinieron tus manos…
demorándose en tiernas inspecciones,
destejieron
y tejieron de nuevo ovillos,
abrieron las cancelas,
poblaron escondrijos.

Le sigue el segundo bloque Hechos probados. Los poemas que lo componen son la prueba del delito, el delito mismo de un amor encarnizado.

Cuando se enredan dos
que son como tú y yo,
los dos poetas,
hay besos entre versos encubiertos,
y la guerra intestina de palabras
es un órgano más, enfebrecido.

El amante, es otro poeta, Paco Moral, protagonista también del poemario, que está lleno de él, un Paco Moral, quien como dijo alguien en la presentación, bien podría haber escrito el making off… de este libro.
Entre otros muchos hechos probados, están estos versos:

En todo caso, ambos,
cazador y pantera,
camino del trabajo.

Un camino al trabajo en el que Ana invertía exactamente 55 minutos…
Y en el tercer y último bloque, Atenuantes, quizás lo que encontramos es la voluntad de trascender al amor para perpetuarse el alma a través de la saciedad.
Y lo cierra este poema, Ojalá, todo un elogio del poso que deja el amor, como un sustrato imperecedero que nos hace mejores.

Quede entre ambos un poso,
un resto de locura,
una fuente no exenta.
Agua para mañana
que pudiera venir
… y por si acaso.

Aquí no puedo evitar recordar aquello de Ángel González: Te llaman porvenir, porque no vienes nunca…

Pueda ser el silencio
inicio de un lenguaje y alfabeto
iniciático, extenso y exclusivo.

Seamos tú y yo dos extranjeros
mudos en el mercado de las lenguas
de los otros (atroces, esos seres
tan poco parecidos a nosotros
ahora que nos amamos).

Que se quede pendiente
para un futuro incierto
alguna decisión que nos concierna.
Un párrafo sin punto,
una simiente, savia u obstinación.
La posibilidad
de transformar el mundo
solo con decidirlo. Cuando quieras.

Que incluso en el no amarnos,
en el libre ejercicio del olvido,
podamos encontrarnos.

domingo, 16 de junio de 2013

Crónica deslavazada del Café Comercial y otros fetichismos

Empecé a escribir esta crónica ya en enero pasado. Hace seis meses, menudo cronista atolondrado. Quería que fuera eso, una crónica de acontecimientos transcendentales que ilustrasen mi enfermedad literaria, y salpicarla de una serie de lecturas poéticas, de libros de amigos recientes presentados en el Café Comercial desde entonces. El Café Comercial, uno de los más antiguos de Madrid, fundado en 1887, está en la glorieta de Bilbao, un triángulo encabezado por la calle Sagasta, donde confluyen las calles Luchana y Fuencarral, delimitando los barrios de Chamberí y Malasaña. Este centro neurálgico literario de Madrid ha acogido algunos de esos acontecimientos trascendentales. Lugar de tertulias literarias en el periodo de posguerra, el café de la Edad de Oro de Madrid, se ha convertido en una especie de triángulo de las Bermudas en mi exilio madrileño, donde ocurren cosas extraordinarias. Estuve ya anteriormente algunas veces para comer churros y leer en sus ancianas mesas, pero también para asistir a la presentación del poemario de Paco Moral, Cuando la noche cayó sobre Lisboa, editado por Celesta y que ya comenté entonces en este sitio.

El primero de los acontecimientos de esta otra etapa reunida en esta crónica deslavazada, un 24 de enero, fue la presentación del libro 55 minutos de Ana Ares editado por Vitrubio. La editorial ocupa todos los viernes el rincón de Don Antonio, y se ha convertido ya en un cálido paraguas de poetas y letraheridos entre los que me encuentro, aunque en este caso me gusta además, considerarme como una especie de corresponsal catalán en Madrid. Ana Ares, estaba como una niña con vestido y zapatos nuevos. Y muy bien acompañada por los habituales Pablo Méndez de Vitrubio, Rafael Soler o Antonio Daganzo entre otros. Leyó poemas del libro de Ana Alejandro Céspedes, poeta también y gran rapsoda y la propia Ana Ares. La presentación terminó con un mano a mano de lecturas entre Paco Moral y Zhivka Baltadzhieva, poeta búlgara y profesora de la complutense que nos hizo un regalo al leer en su lengua un poema de Ana que yo, mientras lo escuchaba en búlgaro, lo leía en castellano y lo traducía mentalmente al catalán, y sonaba todo muy bello en mi imaginación de un mundo en el que las palabras no tenían fronteras políticas.


En medio de tantos versos, como actos poéticos materializados, han ocurrido unos pocos hitos en la historia de mi enfermedad de Montano. Carambolas de esas del destino, aunque hay que decir que yo soy muy de ponerle al destino algunos tropiezos en su camino, para que al chocar, como bolas de billar, resuenen con ese chasquido que recuerda a la adolescencia.  Esa noche, yo tenía un propósito extra: entregar una carta a un amigo para que se la hiciera llegar a su vez a uno de los escritores más grandes de este país y yo diría que de los más grandes de la segunda mitad del siglo pasado. Una carta que quién sabe, quizás publique algún día, en alguna parte. En ese marco propicio, cómplice, rodeado de literatura y el deseo falaz de detener el tiempo en estos mármoles centenarios, en este café decimonónico con olor a churros y a porras, a recuerdos de otros libros, de otros pasados inventados; le entregué ese mensaje en una botella al amigo, también poeta, Raúl Nieto de la Torre. El objetivo de la carta y el nombre del destinatario no los voy a desvelar en esta crónica.
El día siguiente, viernes 25 de enero al llegar a casa y abrir el correo, me encontré con un nuevo mensaje de Asunción Carandell, Ton, para los íntimos. Llevábamos desde antes de Navidad jugando al gato y al ratón para quedar a tomar un café. Este es otro ejemplo de ese juego caprichoso de carambolas. Contactar con ella se lo debo a mi relato Cruixit, incluido en el libro Propera parada: Cornellà publicado el año pasado, una obra colectiva de relatos entorno a la ciudad que da nombre al grupo Aut@rs de Cornellà al que pertenezco. Entre medias, otra carambola fue que Ton supiera de mi relato a través de Anna Salvia, directora de la biblioteca Marta Mata de Cornellà. En mi relato hablo de mi infancia y de mi etapa escolar, hace casi cuarenta años, en los inicios de la transición. Hablo de Ton, que fue maestra en mi colegio y entre otros, cito a su difunto marido, el enorme poeta José Agustín Goytisolo. Y esa misma noche nos llamamos y fijamos la cita.
La tarde del sábado 26 de enero, estuve tomando el café con Ton Carandell en su casa, la que fuera también la casa de José Agustín, en la calle Marià Cubí de Barcelona.


Me arrellané en la gentil y hospitalaria calidez de Ton, que me hizo sentir como si ya hubiera estado allí mil veces de visita. Quedamos para hablar de nuestro colegio, de aquella inolvidable transición en una ciudad obrera, catalana y muy de izquierdas como era y es Cornellà, para explicarle los detalles del relato largo en el que la cito, para contarle cosas de mi faceta de escritor, ese que ya quería ser de niño, le interesaba que le contara mis proyectos. Y así lo hice. A pesar de ello, hablamos también con toda naturalidad del difunto esposo, de José Agustín, aún tan vivo en nuestra memoria. Le llevé todos los libros que tengo de él y sobre él, y le leí alguna de mis notas para certificar cómo es de caprichoso el destino, por el recuerdo íntimo de aquel niño encantado frente al poeta y mantenido durante toda una vida.

No, no voy a citar Palabras para Julia, porque con ese poema inolvidable y la ayuda del gran Paco Ibáñez, José Agustín consiguió lo que pretendía con estos otros versos suyos:

Hay quien lee y quien canta poemas que yo hice
Y quien piensa que soy un escritor notable.
Prefiero que recuerden algunos de mis versos
Y que olviden mi nombre. Los poemas son mi orgullo.
(“El poema: no yo”)
            Quizás a él lo olvidó el común de los mortales. Pero los que hemos tenido sus poemas como una especie de banda sonora de nuestras vidas, lo recordaremos siempre.
            Y las casi tres horas me pasaron volando. Vi fotografías antiguas en las paredes, me gustó especialmente una de un José Agustín niño y sonriente, tanto, que no pude evitar pensar que la foto es anterior a la tragedia de perder a su madre, Julia Gay. Y miraba sus papeles y esos libros expuestos en vitrinas, seguramente del marido ausente hace ya catorce años. Terminaba la visita e iba dejándome llevar por la inercia descendente del adiós, triste solo por dentro, como el niño al que se le termina, siempre antes de tiempo, su paseo en tío vivo. Y nos emplazamos con Ton a una nueva visita, ya veremos cuándo. Seguramente con un nuevo libro como excusa.
            El viernes 1 de febrero, Raúl Nieto, me llamó para invitarme a tomar unas cervezas con el grandísimo escritor a quien tenía que entregar mi carta. Tenía el billete para volar a Barcelona, como cada viernes, y reunirme con mi familia, y era complicado cambiarlo para el mismo día, o para el día siguiente y era costoso el cambio en cualquier caso. Y me fui a Barcelona como tenía previsto con la sensación amarga de haber perdido una oportunidad. Hasta ese punto es de traicionero y de malicioso el fetichismo que la amargura va convirtiéndose cada vez más, en tristeza.
            El domingo 3 de febrero el admirado escritor me envía un correo que jamás olvidaré. Ha leído mi carta, ha descodificado el mensaje de la botella lanzado a la inmensidad del océano y ha convertido con su generosidad, el océano en un charco, la utopía, en una realidad mejor. Todo a su tiempo, esta crónica no termina aquí.

            El 22 de marzo, un viernes previo a semana santa, vuelvo de nuevo al Comercial. Esta vez, para disfrutar de la excelente presentación de un nuevo libro de Vitrubio: La realidad y el deseo (1924 – 1962) de Luis Cernuda. Excelente celebración por los parlamentos iniciales pero sobre todo por el repertorio de lecturas a cargo de los habituales y otros rapsodas de más porte clásico y por ello, con esa sobriedad emocionada y emocionante que rezuma un respeto reverencial a la poesía. Gran idea la del sello de goma con la firma manuscrita de Cernuda, que parecería que te acaba de firmar la obra el propio vate sevillano. El libro además está prologado por Juan Luis Panero e incluye un ensayo al final, Historial de un libro, prácticamente inédito del propio Cernuda en el que explicó el origen, la creación, los acontecimientos y los sucesivos avatares del libro, más allá incluso de su tercera edición en México el año 1958. Un ensayo en el que Cernuda cuenta, no tanto como hizo sus poemas sino, parafraseando palabras de Goethe, cómo los poemas lo hicieron a él.

No me atrevo a decir nada que no esté ya dicho sobre el dandi, incomprendido y díscolo poeta de la generación del 27. Pero sí, al menos dejar aquí una pequeña y muy personal muestra del vasto volumen de casi doscientos noventa poemas. De una etapa inicial amorosa, de Los placeres prohibidos (1931) un fragmento de uno de sus poemas más conocidos: Te quiero.



TE quiero.
Te lo he dicho con el viento,
Jugueteando como animalillo en la arena
O iracundo como órgano tempestuoso;
(…)
Te lo he dicho con el miedo,
Te lo he dicho con la alegría,
Con el hastío, con las terribles palabras.

Pero así no me basta:
Más allá de la vida,
Quiero decírtelo con la muerte;
Más allá del amor,
Quiero decírtelo con el olvido.

            El viernes 19 de abril, mi amigo, el excelente poeta Paco Moral, presenta otro libro de poesía, Frutas y banderas, con la incombustible Vitrubio y sí, en nuestro Comercial. No puedo quedarme, no estoy presente, él me disculpa, yo le compro cómo no sus versos y él cómo no, me los firma. También hablaré del libro en el apartado de lecturas.
            El 23 de abril, martes, es el gran día de Sant Jordi, día internacional del libro y diada nacional en mi Catalunya querida, un día después, el 24, tengo una visita al Colegio Alemán de Madrid para hablar con nuevos lectores de Saimon y el jueves 25, finalmente, menuda semana, vuelvo al escenario del crimen. Raúl Nieto de la Torre presenta en el Comercial su cuarto libro de poemas, Los pozos del deseo, editado también por Vitrubio. Hasta la fecha, la presentación quizás más espontánea, natural, desenfadada y visceral de las que había disfrutado en el café. De este libro hablaré, como del resto de libros de mis poetas madrileños más adelante en el apartado de lecturas. Y en esta presentación además, conozco al gran escritor cuyo nombre aún no he desvelado pero que algunos de vosotros quizás ya sepáis a estas alturas. Antes empezar, estoy tomando notas en mi moleskine para mi próxima novela cuando lo veo llegar. Cuántas lecturas placenteras, cuántas enseñanzas y pasión por el oficio han provocado en mí ese señor que ahora entra, humilde, cercano y desenvuelto en el rincón de Don Antonio. Ya hemos cruzado algunos mails, yo, obviamente lo conozco pero él, no me conoce aún y el azar hace que se siente en otra mesa y la silla que tengo a mi izquierda continúe vacía. Al final de la magnífica presentación tengo el placer de saludarlo, me identifico y zanjamos nuestro pacto. No puedo evitar encontrar tantos paralelismos, seguramente contaminados por el fetichismo, entre la situación real y la ficticia que el escritor excelente que me sonríe ahora afable ha escrito en sus muchas novelas, esos sueños irrealizables, esos cafés mitificados, esa voluntad de ser otro, o de encontrar a ese intruso que habita en nuestro interior. Ese día, también tengo el placer y el privilegio de charlar un rato con Rafael Soler, con quien ya hemos cruzado algún correo y compartido algún libro posteriormente para comentar su lectura.

Carambola ensordecedora con tacada perfecta en seco, tan fuerte y eléctrica, que el taco al apoyarse sobre el pulgar y entre los dedos índice y corazón de la mano izquierda apoyada sobre el tapete verde, se curva ligeramente por el centro de su longitud después del golpeo.  Es la jugada del día 8 de Mayo, un año después más o menos del sí, te voy a publicar, cuando  me encuentro con mi nuevo editor de Gramática Parda para acabar de cerrar nuestro acuerdo de caballeros. Nos vemos en una terraza frente al Centro de Arte Reina Sofía. Hubiera sido fácil ir al Comercial pero preferimos huir del tópico del autor y el editor en un marco obligado y decidimos deambular a la aventura. La velada es constructiva, natural, afable y esperanzadora. No necesitamos más que la voluntad de seguir gozando de esta locura literaria para continuar adelante en nuestra confabulación, en este caso con nombre propio: Las tres caras de la moneda.
Lunes 3 de junio, fallece la madre de Paco, bendita y bella señora, madre de grandes obras.
Y termino esta suerte de crónica o lo que narices sea con la recepción, el 4 de junio, de la maqueta de mi libro, y hoy 12 de junio, con la enésima relectura y el retorno del archivo pdf anotado para mi editor; que es algo así como cortarle el cordón umbilical a un hijo y emocionarse al oírlo llorar como si el mundo estuviera a punto de terminar, o de empezar.
Tenemos el verano encima, esa cálida bisagra estacional de la vida. Antes, llegará a mis manos mi libro de relatos Las tres caras de la moneda, quedaré con Raúl Nieto, ya padre, y con el admirado escritor a quién, cómo no, le entregaré un ejemplar, vanidoso, torpe y soñador, como si fuera uno de sus personajes. Después vendrá un paréntesis, ese agosto esquivo y al volver, ya nada será lo mismo. 

Solo la literatura, tampoco...


Barcelona, junio de 2013


Un leedor fósil en El Retiro


La fotografía ilustra un sortilegio.
Elena Ortega, filóloga, lectora entregada, lo de voraz está muy manoseado, promotora de literatura infantil y juvenil de Alfaguara, culta, guapa y buena amiga, me envía esta foto desde un minúsculo rinconcito de El Retiro estos días de Feria del Libro. Y no es por esto, y ella lo sabe, por lo que he de decir que Elena ha sido una de mis felices apariciones el año pasado en mi exilio madrileño y desde la publicación de Saimon.
La fotografía ilustra, fosilizándola, la imagen de una lectura sobre la hierba quiero imaginar que placentera, tanto como el marco y el momento de quietud e introspección literaria que sugiere.
El sortilegio es que no todos los días, te lee un ángel.

sábado, 8 de junio de 2013

Intemperie, de Jesús Carrasco


Intemperie
Jesús Carrasco
Barcelona, 2013
Editorial Seix Barral S.A.
Colección Biblioteca Breve
ISBN: 978-84-322-1472-1





Descubrir esta novela tan rotunda ha sido una grata sorpresa y su lectura, un gran placer. Cuando uno descubre a un nuevo escritor, sobre el que venían insistiéndome algunos amigos de un tiempo a esta parte, joven, muy joven con cuarenta y un años y tan bueno como Jesús Carrasco; se reconforta por el buen estado de nuestra literatura, a pesar de estar acribillada por la mercadotecnia de los productos que hay que vender sí o sí, venidos de grandes monstruos editoriales. Seix Barral, que no es monstruosa pero si histórica y atinada, aunque también absorbida por uno de esos monstruos, se ha marcado el mérito de poner a Jesús Carrasco en la realidad de la buena narrativa.
Elena Ramírez, de Seix Barral y algunos de mis amigos han coincidido en que la novela tiene la fuerza de Cormac McCarthy y yo, que del americano sólo he leído La carretera, premio Pulitzer en el 2007, quisiera puntualizar una cuestión formal. Porque es evidente que se refieren a esta y no a otra novela, porque hay una huida, un mundo inhóspito, una lucha por la supervivencia, una persecución, un viejo y un niño, en La carretera el viejo es el padre pero en Intemperie el viejo suplanta esa figura en el sentimiento del niño. Sin embargo, el mérito de McCarthy es montar toda la historia casi sólo con diálogos muy breves y cuyas elipsis y pausas lo dicen todo sin explicitarlo, especialmente el conflicto humano más que el escenario físico, mientras que Jesús Carrasco arma una rica narrativa elaborada, que se gusta y que se crece en la lírica y la rítmica descripción de un marco muy particular y en la que apenas hay diálogo y el que queda, es un mero apoyo imprescindible para los pocos momentos de acción fundamentales. El impresionismo frente al expresionismo resume a mi modo de ver la comparación de McCarthy versus Carrasco. Lo que también es cierto es que ambas novelas comparten de alguna manera un elogio a la relación paterno filial, en La carretera por resultar idílica y en Intemperie por idealizada debido precisamente a su ausencia.
La rotundidad de la novela ya empieza por el título. Intemperie es un nombre que denota desolación, crudeza, una palabra que nos transmite la sensación de la soledad a merced de las inclemencias irrefutables del clima. La novela es la historia de una huida, de un rebelde con causa, o casi ni eso, de un niño asustado pero valiente que se atreve un día a escapar del terror de una familia sometida a la crueldad de un padre repugnante. Pero sobretodo una huida del aún más repulsivo personaje del alguacil, un pederasta a quien lo entrega el propio padre del chico.
Con este marco truculento hubiera sido muy fácil caer en el sensacionalismo barato sin embargo, el mérito de Jesús Carrasco está precisamente en lo contrario, en ser capaz de contarnos una historia muy dura de manera transparente, donde nada sobra o es gratuito, donde todo, absolutamente todo está significando. Tensión lingüística en estado puro que diría un buen lector. Una narrativa la de Intemperie, que cuando tiene que contarnos una tortura nos cuenta directamente las cicatrices purulentas escocidas por el sudor, o cuando quiere decirnos el miedo del niño, nos sugiere la humedad de la pernera de su pantalón, o la de un círculo de tierra a sus pies, mojada repentinamente. Un lenguaje de gran riqueza sin llegar a la pesadez y a la impostura. Pero también una narrativa que combina perfectamente la sutileza en la descripción, casi la elipsis, del principal conflicto, la pederastia, con la dura descripción de la supervivencia en un medio hostil y sin concesiones a la ternura. Un lenguaje que aporta a mi modo de ver, la recuperación de un léxico, la mayoría, tan abandonado como el propio del mundo rural al que le corresponden palabras de una fuerza fonética y semántica como: piafar, sirga, trampantojo, bohordo, aguadera, cagafierro, zahorra, cerúleo o descuajaringar..
Hay que advertir también un gran dominio de las anticipaciones que hace que el lector nunca se canse, es cierto que la novela es más bien breve, 221 páginas, pero esas anticipaciones, muy bien insertadas sobre todo en los primeros cuatro capítulos, te empujan a seguir leyendo sin descanso hasta el desenlace. Aunque la última anticipación ya sea muy avanzada la novela, en la página 175 y de paso al desenlace final: (…) ninguno de los dos presintió la brutalidad de lo que había de suceder poco después. Es como si Jesús Carrasco, consciente del marco solitario y desolador, no ya rural porque no hay hombres ni tierras que explotar, sino de terruño baldío e inhóspito, fuera consciente de que tiene que acompañar al lector antes de ser vencido, hacia un túnel de luz y esperanza donde la bondad y la libertad pueden acabar venciendo al mal.
Hay un enigma que no nos deja indiferentes: el hecho de que no haya ni una sola localización geográfica, nunca sabemos dónde estamos, pero tampoco ningún nombre propio, como si la humanidad se hubiera perdido con esta historia cuya truculencia, a veces, y desgraciadamente, aún sigue siendo superada por la realidad. La narración es tan nutritiva y sensacional, que casi no eres consciente hasta que en la penúltima página, la 220, lees: Le hubiera gustado conocer el nombre del viejo.
Otro enigma es el propio personaje del cabrero, sobre el que el chico no deja de hacerse preguntas que quedarán sin respuesta, o cuya respuesta corresponde a cada lector: ¿Por qué se había volcado en su ayuda? en la página 166, o aún mejor, en la página siguiente: ¿Por qué no le habría entregado al alguacil en el castillo? Y quizás la respuesta esté insinuada en la página 172 cuando el cabrero, refiriéndose al alguacil, dice: Yo también tengo mis cuentas pendientes con ese hombre. De manera que cada lector puede buscar la razón por la que un hombre bueno, creyente y practicante, lector solitario de la Biblia sea capaz finalmente de matar a balazos al alguacil y su secuaz. Para salvar al niño, sin duda, posiblemente para vengar a otros niños anteriores, a alguien de su propia sangre quizás…
Y como en cualquier buena novela, siempre hay algunos detalles magistrales, como éste, por ejemplo: La corteza de queso sudaba su grasa sobre la tela, formando un lamparón como un arrecife coralino. (Página 42).
O éste: Imaginó un molino de agua en un hayedo y también horizontes como serruchos mellados. El cielo penetrando la tierra, derramándose sobre ella y, en dirección contraria, los picos elevándose a lo alto. Morada de los dioses. El paraíso del que tanto hablaba el cura. (Página 125)
O éste otro: Una densidad de sacristía vieja, donde los ropajes ceremoniales habían sido hilados en el comienzo mismo de los tiempos y donde las paredes habían absorbido, durante siglos, los gritos de monaguillos, huérfanos y expósitos. El dolor y la caridad. La muerte arrumbada. La podredumbre abriéndose paso entre pecados inenarrables. (Página 202)
Pero mejor no sigo o terminaré transcribiendo media novela a base de momentos de altísima calidad narrativa.
En definitiva, Intemperie tiene algo de western y de lazarillo, algo de Pascual Duarte y de Pedro Páramo, algo de atmósfera de ciencia ficción apocalíptica enmarcada en el terruño más polvoriento y castizo que jamás he leído hasta ahora, una novela ya consagrada y escrita por una pluma que estoy seguro, dará que hablar en lo sucesivo.

Junio de 2013
Ave Madrid – Barcelona (En un lugar indeterminado de los Monegros, provincia de Huesca, o de Zaragoza)